Placa de la calle Marconi. Fotografía del autor.22 de septiembre de 1977. El Eco de Canarias, el periódico de Las Palmas de Gran Canaria heredero del diario Falange y adscrito hasta el año anterior a la Cadena de Prensa del Movimiento, publica la crónica de un sorteo de la casa Domecq: coches, televisores, cafeteras, un equipo de cocina. Entre los nombres de los agraciados hay una frase que nadie leyó dos veces en su día: el equipo de cocina correspondió a un vecino de Ingenio del que este texto omite el nombre, por respeto a la privacidad de una persona viva, y del que el periódico dice, literalmente, que vive en Marconi, (Ingenio). Perdida entre un Seat 124 y una batidora, en las páginas de un diario que unos meses antes todavía respondía al aparato de prensa del régimen, esa dirección no tenía ninguna pretensión periodística. Ese periódico nunca se preguntó por Marconi. Bastante tenía con sobrevivir a la Transición sin que nadie le preguntara por su propio pasado. Y sin embargo ahí está: la prueba más antigua que tenemos de que esa calle ya existía, con su nombre y su numeración postal, medio siglo antes de que alguien se planteara por qué se llamaba así.
Este texto es, al final, la historia de esa calle y de si merece seguir llamándose así. Pero para responder a eso hay que retroceder mucho más atrás, a un hombre que en 1895 empezaba a transmitir señales de radio y que en 1901 ya las mandaba de un continente a otro. En 1909 le dieron el Nobel de Física por ello. Ese Marconi, el de los libros de texto, es real y es solo la mitad de la historia. La otra mitad empieza en Roma, en 1923, cuando esa misma ciudad empezaba a vestirse de negro.
El inventor y el fascista
Marconi fue, sin discusión, una figura capital de las telecomunicaciones. También fue fascista, y no de forma tibia ni accidental. Se afilió al Partido Nacional Fascista en junio de 1923, presidió el Consiglio Nazionale delle Ricerche en 1927 y, en 1930, la Real Academia de Italia. Ese último cargo, por imperativo de la ley 2.099 de 14 de diciembre de 1929, lo convirtió automáticamente en miembro del Gran Consejo del Fascismo, el órgano supremo del régimen.
No fue una simpatía privada, de las que se guardan para el salón de casa. En 1926 reivindicó en público ser el primer fascista de la radiotelegrafía. Como presidente del CNR escribió personalmente a Mussolini pidiendo fondos para el organismo. Desde 1934 presidió además el Istituto dell'Enciclopedia Italiana, cuya dirección intelectual llevaba Giovanni Gentile, el filósofo que puso las ideas al servicio del régimen.
Y hay algo más grave que el cargo, la carta o el titular de 1926. El periodista Riccardo Chiaberge, entonces director del suplemento cultural de Il Sole 24 Ore, localizó en archivo documentos con anotaciones raciales escritas de puño y letra por el propio Marconi como presidente de la Real Academia de Italia, y las dio a conocer en noviembre de 2013. No fue un fascista de despacho que firmó carnés y miró hacia otro lado. Usó su prestigio, ese mismo prestigio que hoy le presta una calle en Ingenio, en Agüimes, en Las Palmas de Gran Canaria, en Santa Lucía de Tirajana, en Arucas, para decidir quién podía seguir haciendo ciencia en Italia y quién no. Eso no es una mancha en el currículum. Es la aplicación práctica, contra personas concretas y no contra una abstracción, de la ideología que abrazó.
Así que no, Marconi no fue un científico que simplemente vivió bajo una dictadura, como quien vive bajo un clima que no elige. Puso su nombre, su autoridad y su cargo al servicio del fascismo, y lo hizo sabiendo exactamente lo que firmaba.
La objeción que ya viene de camino
Alguien va a leer hasta aquí y va a pensar: no se puede juzgar a un hombre de 1923 con la moral de 2026. Es un argumento cómodo, y es doblemente falso.
Falso porque en 1923 el fascismo ya tenía denuncia propia. Dos años más tarde, en 1925, un grupo de intelectuales italianos encabezado por Benedetto Croce firmó un manifiesto público en su contra. Marconi no vivió en la ignorancia de lo que apoyaba: vivió al lado de quienes se lo advirtieron y eligió el otro bando, con los ojos abiertos y con más información de la que tenía casi cualquiera.
Y falso porque nadie está juzgando su física con criterios de hoy. Se le juzga por lo que hizo con su prestigio en su propio tiempo, que es justo el rasero con el que un tribunal de responsabilidades políticas juzgó, unos años después, al maestro rural que llevaba carné de Falange. Si ese criterio sirvió para un maestro de pueblo, sirve para un premio Nobel. La genialidad técnica no compra inmunidad política, ni en 1937 ni ahora.
Contexto europeo: casos distintos, ninguno resuelto mirando hacia otro lado
Bolzano lleva desde 2014 con un museo documental instalado en el propio sótano del monumento a Mussolini de la Piazza della Vittoria, sin retirarlo de su emplazamiento original; en 2017 hizo algo parecido con el friso fascista de la antigua Casa del Fascio, añadiéndole junto al lema original una cita iluminada de Hannah Arendt. Ninguna de las dos piezas se movió de sitio: se contextualizaron donde estaban. Madrid, en cambio, sí retiró un nombre en 2017, dentro de la revisión de su callejero franquista: la calle Caídos de la División Azul, dedicada a una unidad militar que combatió junto al Eje, pasó a llamarse Memorial 11 de Marzo de 2004. Berlín es el caso más incómodo de los cuatro, y también el más heterogéneo: un estudio municipal de 2021 identificó 290 calles con nombres de figuras vinculadas a distintas formas de antisemitismo a lo largo de la historia, desde el antisemitismo teológico de Lutero, en el siglo XVI, hasta el antisemitismo cultural de Wagner, en el XIX, mecanismos históricos distintos entre sí y también distintos de la colaboración institucional fascista del siglo XX que aquí nos ocupa, aunque las tres cosas sean moralmente graves. Años después de aquel estudio, la inmensa mayoría de esas calles sigue sin cambiar, en medio de una controversia pública no resuelta, aunque sí se han renombrado varias calles y plazas vinculadas al pasado colonial alemán, con placas informativas para explicar el cambio. Y Cardiff tenía proyectada una escultura nueva, una radio abstracta de cuatro metros que nunca llegó a construirse, para honrar a Marconi en su bahía; en cuanto se conoció su papel en la exclusión de científicos judíos, el ayuntamiento rediseñó el proyecto antes de levantarlo, y la pieza que finalmente se instaló ya no lleva su nombre.
Estos cuatro casos no son intercambiables, y conviene decirlo con la misma honestidad que se le exige a los ayuntamientos canarios. Tampoco son, hay que decirlo también, cuatro historias de éxito uniforme: Berlín lleva años documentando un problema que en su mayor parte sigue sin resolver; Bolzano ha preferido explicar antes que retirar; Madrid sí retiró un nombre; Cardiff rediseñó antes de construir. No hay un modelo europeo único que copiar, y quien lo presente así está simplificando. Lo que sí hay, en los cuatro casos, es una comisión, un estudio o una decisión pública que se hizo cargo de la pregunta. Eso, precisamente eso, es lo que falta todavía en el callejero canario: no una solución concreta, sino que alguien se haga cargo de plantearla.
La placa no explica, y la ciencia no absuelve
Una placa no es un archivo. No advierte al peatón de que el homenajeado colaboró con una dictadura. Una calle es un homenaje. Si no lo fuera, bastaría con un número.
En el callejero canario, sin embargo, solo queda el inventor. Se selecciona el capítulo glorioso y se descarta el resto, como quien edita un currículum. Pero un descubrimiento científico no concede inmunidad moral. La radio no absuelve al fascismo, y ningún premio Nobel ha funcionado nunca como indulto retroactivo.
La placa dice Marconi. No dice: Marconi, inventor decisivo y fascista declarado. Esa segunda mitad de la frase es la que el ayuntamiento decide, cada día que no la escribe, que prefiere que no leas.
La ley no es coartada
La Ley 20/2022, de Memoria Democrática, se dirige principalmente a la exaltación de la sublevación de 1936, la Guerra Civil y la dictadura franquista. Su artículo 35 no obliga automáticamente a retirar nombres fascistas extranjeros. Esto hay que decirlo sin rodeos, porque es un límite real del argumento, no un detalle que conviene esconder para que la tesis quede más redonda.
Pero que la ley no obligue no significa que el silencio esté justificado. El espíritu de la norma apunta a eliminar la exaltación del fascismo en el espacio público, y Marconi no fue un simpatizante distante: fue miembro del Gran Consejo del Fascismo. Si hoy nadie recuerda ya por qué se eligió ese nombre, ahí está el síntoma: la costumbre ha sustituido a la deliberación, y ninguna calle debería sobrevivir solo porque nadie se ha parado a pensar en ella.
Una fecha, y por qué casi no importa
Volvamos al periódico de 1977. Esa mención de pasada no prueba cuándo se aprobó el nombre de la calle ni qué corporación lo hizo. Solo prueba que, para entonces, ya era una dirección real, publicada, usada por sus vecinos. La misma comprobación, calle a calle, sigue pendiente en Las Palmas de Gran Canaria, Agüimes y Santa Lucía de Tirajana, donde el nombre también figura en el callejero actual. A esa lista se suma Arucas, donde la referencia a Marconi no es una calle sino un pasaje, una vía de menor entidad pero del mismo signo.
Y sin embargo, si el nombre se aprobó en un pleno de 1971, bajo una corporación del Movimiento Nacional, o en uno de 1976, con Franco ya muerto y Adolfo Suárez en la Moncloa, importa menos de lo que parece a primera vista. En los dos casos la ausencia es idéntica: nadie comprobó quién fue Marconi antes de escribirlo en una placa. El franquismo no vetaba nombres por fascistas, los premiaba. Y la Transición, ocupada en urgencias mayores que el nomenclátor científico de los pueblos medianos, tampoco los revisó. La calle no sobrevive porque alguien decidiera activamente conservarla. Sobrevive porque, en cincuenta años, nadie se ha planteado la pregunta que este texto plantea ahora.
Esa es la historia que de verdad importa, y no necesita una fecha exacta para ser cierta: independientemente de cuándo se rotulara cada calle, su permanencia sin contextualización hoy convierte a cada ayuntamiento afectado en responsable activo, ahora, no en 1971 ni en 1976, de sostener un homenaje no matizado a un fascista declarado.
Lo que no se enseña en la escuela
Y aquí hay una responsabilidad que no es solo municipal. A Marconi se le enseña en la escuela canaria, cuando se le enseña, como se ha enseñado siempre: el hombre de la radio, con retrato en el libro de texto y una fecha para memorizar antes del examen. Casi nunca hay una línea sobre 1923, sobre el Gran Consejo del Fascismo, sobre los científicos judíos a los que cerró la puerta desde la presidencia de una academia. No es un olvido inocente, es un patrón: la escuela entrega genealogías de mérito, no biografías completas.
Un niño que crece aprendiendo que los grandes hombres se resumen en su mejor logro llega a concejal treinta años después con el mismo hueco en la cabeza con el que se lo enseñaron. Hereda el nombre de la calle igual de vacío que se lo entregaron a él: un apellido sin expediente, una placa sin archivo. El callejero fascista no se sostiene solo por inercia administrativa. Se sostiene porque, generación tras generación, no se le ha dado a nadie la información necesaria para que le incomode.
Canarias no es un almacén de apellidos
Mientras los apellidos europeos llegan al callejero con una autoridad casi automática, la toponimia aborigen y la memoria insular siguen relegadas a un segundo plano. La Ley 11/2019, de Patrimonio Cultural de Canarias, incluye entre el patrimonio cultural canario las manifestaciones inmateriales de las poblaciones aborígenes y de la cultura tradicional, con el valor lingüístico y paisajístico como categorías propias, un marco en el que la toponimia tradicional tiene un encaje natural aunque la ley no la mencione por su nombre.
No hace falta inventar una guerra entre ciencia y memoria. Hace falta preguntar por qué el callejero canario tiene que conservar el nombre de un fascista extranjero cuando existen topónimos tradicionales, como Achinech (Tenerife), Benahoare (La Palma) o Esero (El Hierro), y figuras científicas propias que nadie va a acusar nunca de simpatizar con una dictadura:
• Agustín de Betancourt y Molina (Puerto de la Cruz, 1758-San Petersburgo, 1824): ingeniero civil y militar, pionero de la telegrafía óptica y de los estudios sobre la máquina de vapor, fundador de la Escuela de Caminos y Canales en 1802. (La etiqueta de precursor de la radio, habitual en la divulgación sobre Betancourt, es en sentido estricto imprecisa: su innovación fue la señalización óptica visual, no la transmisión de ondas electromagnéticas; se cita aquí matizada por rigor.)
• Blas Cabrera Felipe (Arrecife, 1878-Ciudad de México, 1945): físico experimental, considerado padre de la física española, anfitrión de Albert Einstein en la única visita de este a España en 1923 y miembro, a propuesta de Marie Curie y el propio Einstein, del comité científico de los Consejos Solvay.
• José de Viera y Clavijo (Realejo Alto, 1731-Las Palmas, 1813): máximo exponente de la Ilustración canaria, autor del Diccionario de Historia Natural de las Islas Canarias.
• Gregorio Chil y Naranjo (Telde, 1831-Las Palmas, 1901): médico, antropólogo y fundador de la Sociedad Científica El Museo Canario, pionero en el estudio de los aborígenes canarios.
• María del Carmen Betancourt y Molina (Los Realejos, 1758-Puerto de la Cruz, 1824): pionera de la ciencia en Canarias, creadora de la máquina epicilíndrica.
El callejero no tiene por qué seguir siendo un museo de apellidos masculinos, europeos y políticamente comprometidos.
Cambiar no es borrar
Borrar la historia sería ocultar que Marconi fue fascista. Cambiar una calle es retirar un homenaje, no destruir un archivo. Marconi seguirá en los manuales de ciencia y en los museos, con Nobel y todo. Lo que desaparecería es la asunción automática de que su apellido tiene que presidir una vía pública. Una democracia no está obligada a conservar todos los honores concedidos sin contexto cuando existen alternativas más acordes con la sociedad que dice ser.
Tres salidas, y solo una es cómoda
Ante un nombre así, una sociedad democrática tiene, en esencia, tres salidas. Mantenerlo tal cual, en silencio, confiando en que la costumbre siga haciendo el trabajo que debería hacer la deliberación. Mantenerlo, pero con una placa o una nota que cuente la biografía completa, de modo que quien lea Marconi sepa también que fue miembro del Gran Consejo del Fascismo. O sustituirlo, por un referente científico no comprometido con una dictadura, o por un topónimo canario recuperado, de los muchos que la Ley 11/2019 reconoce como patrimonio a proteger.
Las tres son legítimas. Lo único que no lo es, lo único que ninguna de las tres respeta, es la cuarta opción, que es la que de hecho está vigente hoy en el callejero canario: no elegir. Dejar que el nombre siga ahí por defecto, sin que nadie lo haya decidido ni lo haya justificado, porque a nadie se le ha ocurrido plantearse la pregunta. Esa no es una postura neutral entre las tres anteriores. Es la abdicación de tomar cualquiera de ellas, disfrazada de prudencia.
Y conviene no engañarse sobre lo excepcional de esa abdicación: no lo es. Berlín, con estudio municipal, presupuesto y prensa internacional pendiente del asunto, tiene documentadas 290 calles problemáticas y la inmensa mayoría sigue sin tocarse años después. Si a una capital europea con todos los medios le cuesta tanto moverse, no hay que sorprenderse de que a un ayuntamiento canario mediano le cueste más. Pero esa comparación no exculpa, aclara: la opción por defecto es no elegir en todas partes, precisamente por eso hace falta insistir en que se elija, aquí como allí.
No hace falta un expediente para reconocer eso. Basta con mirar la placa, y con saber lo que ahora ya sabemos sobre el hombre que nombra.
La pregunta inevitable
Marconi conectó continentes mediante ondas invisibles. Hoy su apellido conecta dos memorias incompatibles: la del progreso científico y la del fascismo que él mismo abrazó, con carné, cargo y carta a Mussolini incluidos. Los ayuntamientos pueden fingir que solo existe la primera, pero la historia no desaparece porque una placa la reduzca a siete letras.
Una calle no es un pedestal obligatorio. Es una decisión política escrita en el paisaje cotidiano, aunque nadie la firme como tal. Y cada vez que una administración mantiene un nombre, está diciendo, lo declare o no, que ese nombre merece seguir ahí.
Por eso la pregunta no es si Marconi fue importante. Lo fue, y mucho. La pregunta es si, entre todos los científicos posibles, la democracia canaria necesita seguir honrando sin contexto a un fascista declarado.
Si la respuesta es sí, que los ayuntamientos lo digan en público. Que lo argumenten con su nombre y su cargo, no con el silencio del callejero.
Y si no se atreven, las placas ya han respondido por ellos.
Juan Vega Romero































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