Pensar diferente no debería tener precio

Moisés Rodríguez Gutiérrez

[Img #40837]El otro día, un conocido me dijo: “Chacho, estás loco, ¿cómo escribes ciertas cosas? Te van a cortar la cabeza”. Me quedé pensando en aquella frase y mi respuesta fue hacerle unas preguntas muy sencillas: ¿le he faltado el respeto a alguien?, ¿he dicho barbaridades?, ¿de todo lo que has leído estás de acuerdo con algo de lo que digo? Su contestación fue que el problema estaba en que cuando se critica la gestión política eso suele derivar en un estar conmigo o estar contra mí, como si cuestionar una decisión, señalar algo que no se considera correcto o simplemente tener una opinión diferente significara automáticamente ponerse en el lado contrario.

 

Ahí creo que se equivoca, porque esas posturas son de otra época, casi del Paleolítico y, en una sociedad plural como la que vivimos, debería poder opinarse sin tener miedo a las consecuencias. Se puede estar de acuerdo con lo que alguien escribe, se puede estar en desacuerdo, se puede pensar que tiene razón en unas cosas y que se equivoca en otras, se puede incluso considerar que el argumento no tiene fundamento, pero esa debería ser la única consecuencia de una opinión, estar más o menos de acuerdo con ella. Más allá de eso, creo que se acaba todo lo demás, porque una sociedad que ha conseguido avanzar tanto en derechos y libertades no debería aceptar que expresar una opinión crítica pueda traer consecuencias simplemente porque resulta incómoda.

 

La crítica política no debería convertir a nadie en enemigo, de la misma manera que cuestionar una gestión no significa estar contra quien la desarrolla. Se puede pensar que una decisión no ha sido acertada, que determinada actuación podría haberse hecho de otra manera o que algo necesita mejorar y, al mismo tiempo, mantener el respeto hacia la persona que tiene la responsabilidad de tomar esas decisiones. Una cosa es criticar una gestión y otra muy diferente atacar a quien gestiona, y creo que esa diferencia debería estar bastante clara.

 

Quizá quienes tienen una responsabilidad pública deberían recordar que el cargo también lleva aparejada una exposición pública. Quien toma decisiones que afectan a los demás debe saber que habrá personas que las aplaudan, otras que las cuestionen y otras que directamente consideren que se ha equivocado. Eso forma parte de la responsabilidad que se asume. Nadie está obligado a darle la razón a una crítica, pero sí debería existir la capacidad de escucharla, analizarla y, si se considera que no tiene razón, poco más hay que hacer.

 

El problema aparece cuando se pierde la objetividad y todo termina convertido en una cuestión de bandos. Cuando se entiende que quien no está de acuerdo está automáticamente contra uno, ya no importa tanto lo que se está diciendo como quién lo está diciendo. Si la crítica viene de alguien cercano quizá se recibe de una manera, pero si viene de alguien con quien existen diferencias políticas o personales puede interpretarse como un ataque aunque el contenido sea exactamente el mismo. Es entonces cuando se deja de valorar el argumento para empezar a valorar a la persona que lo plantea.

 

En una opinión muy personal, creo que cuando alguien se molesta en dar su punto de vista desde la objetividad, de manera educada, incluso sacando los colores o siendo crítico, lo primero que deberíamos hacer es leerlo y ver si realmente aquello que está diciendo tiene parte de razón. Si la tiene, al menos deberíamos plantearnos si hay algo que hacer al respecto. Si pensamos que no la tiene, pues quedará como una alarma, como una opinión que nos puede hacer pensar aunque finalmente no compartamos lo que plantea, o parte sí y parte no, pues habrá que actuar como corresponda, quedándonos con aquello que pueda ayudar a mejorar y dejando de lado aquello que no consideremos acertado.

 

En ocasiones, las mejores críticas vienen precisamente de alguien que no tiene ningún interés más allá del bien común, alguien que no busca sacar nada para sí mismo, ni ocupar un lugar, ni conseguir un reconocimiento, sino simplemente decir lo que piensa porque considera que algo puede hacerse mejor. En resumidas cuentas, alguien que incluso desde la discrepancia puede tener exactamente el mismo denominador común que quien recibe la crítica: el bien común. Precisamente por eso esas críticas deberían escucharse con más atención y no verse como una amenaza.

 

Aceptar una crítica no significa darle la razón a quien critica. Escuchar una opinión diferente tampoco obliga a compartirla. Significa simplemente tener la capacidad de escuchar, analizar y decidir después qué parte puede tener razón y qué parte no. Creo que ahí está una de las grandes diferencias entre una sociedad madura y una sociedad que todavía necesita colocar a todo el mundo en un lado o en otro. Nadie tiene la verdad absoluta y reconocerlo no debería ser una debilidad, sino una muestra de madurez.

 

No hace falta estar con alguien para reconocer que ha hecho algo bien, de la misma manera que tampoco hace falta estar contra alguien para decir que se ha equivocado. Se puede reconocer un acierto de quien piensa diferente y se puede señalar un error de alguien con quien se comparten muchas cosas. La lealtad no debería confundirse con estar de acuerdo con todo, porque cuando la lealtad se convierte en silencio ante aquello que no parece correcto, deja de ser lealtad y empieza a parecerse demasiado a la obligación de seguir una determinada línea.

 

Una vez dicho esto, hay otro tema que quizá no debería ni siquiera ser necesario mencionar, pero que conviene recordar: el respeto a las personas está por encima de cualquier opinión. Un artículo de opinión puede parecerle a unos un buen artículo, a otros malo y a otros incluso un artículo necesario, pero si en él se cuestiona la vida privada de una persona, su condición sexual, sus creencias religiosas, su ideología política o cualquier otra cuestión que forme parte de su esfera personal, o simplemente se utiliza para faltarle al respeto, ahí ya no hay mucho más que decir. Una cosa es cuestionar las ideas, las decisiones o las actuaciones públicas de alguien y otra muy diferente es atacar a la persona.

 

La libertad de expresión tampoco debería convertirse en una excusa para decir cualquier cosa. Se puede ser crítico, se puede ser duro, se puede sacar los colores y se puede escribir algo que resulte incómodo, pero todo ello puede hacerse desde el respeto. Cuando se entra en la vida personal o se utiliza una opinión para descalificar a alguien por aquello que es, por lo que cree o por cómo vive, el debate deja de tener sentido porque ya no estamos hablando de la cuestión que se pretendía analizar.

 

Hay comportamientos y formas de entender el poder que deberían haber quedado atrás hace mucho tiempo. Después de tantos avances sociales y de tantos derechos que se han conseguido, sería bastante triste que todavía tuviéramos que preocuparnos porque alguien pueda ser señalado simplemente por expresar una opinión crítica. Mucho más preocupante sería que desde una posición de poder se intentara callar una opinión porque resulta incómoda, especialmente cuando puede existir parte de razón en aquello que se está diciendo. Intentar que una crítica no se escuche no hace que desaparezca aquello que la ha provocado.

 

Quien tiene una responsabilidad pública debería estar más preparado para recibir críticas que quien no la tiene. No porque todas las críticas sean acertadas, ni porque haya que aceptar todo lo que se diga, sino porque formar parte de la vida pública significa precisamente estar expuesto a que los demás valoren, cuestionen y analicen aquello que se hace. El aplauso es fácil de recibir, pero la crítica también forma parte del cargo y, en ocasiones, puede ser mucho más útil que el aplauso.

 

No todo tiene que ser blanco o negro. Entre estar conmigo y estar contra mí existe un espacio mucho más amplio, el de quienes piensan por sí mismos, el de quienes pueden coincidir en unas cosas y discrepar en otras, el de quienes son capaces de reconocer un acierto aunque venga de alguien con quien no comparten ideas y de señalar un error aunque proceda de alguien cercano. Ese espacio es precisamente el que debería ocupar una sociedad plural.

 

Quizá por eso, después de aquella conversación, sigo pensando lo mismo. Si lo que se escribe está argumentado, se hace desde el respeto y busca aportar una visión sobre aquello que puede mejorarse, el problema no debería estar en quien se atreve a decirlo, sino en quienes consideran que decirlo tiene que tener un precio. En una sociedad plural, pensar diferente no debería convertir a nadie en enemigo y mucho menos debería hacer que alguien tenga que pensárselo dos veces antes de expresar aquello que considera que puede contribuir al bien común.

 

Porque quizá la verdadera madurez de una sociedad no consiste en conseguir que todos pensemos igual, sino en conseguir que podamos pensar diferente sin miedo, que quien recibe una crítica tenga la capacidad de escucharla aunque no le guste y que quien la formula pueda hacerlo sin temor a ser señalado simplemente por no compartir la misma visión. Si algún día pensar diferente empieza a tener un precio, entonces el problema ya no estará en quien piensa diferente, sino en una sociedad que haya permitido que ese precio exista.

 

Pensar diferente no debería tener precio.

 

Moisés Rodríguez Gutiérrez

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