
Hay noches en Teror en las que las calles parecen cambiar de sonido. La conversación de quienes pasean, el movimiento de los vecinos y el ambiente de las Fiestas del Pino dejan paso poco a poco a las voces, las guitarras, los timples y demás instrumentos de una parranda que comienza a caminar por el casco histórico. No hay un escenario que marque las distancias ni una separación entre músicos y público. La música está en la calle y cualquiera puede sumarse.
Así comienza una de las tradiciones más singulares de las Fiestas del Pino: la Serenata de los Balcones.
Para conocer esta celebración hay que hablar necesariamente de La Parranda de Teror, una agrupación que nació en 1989 y que desde entonces ha estado vinculada a la recuperación y divulgación de diferentes manifestaciones de la música popular canaria. En 2019 celebró sus treinta años de trayectoria y el propio Ayuntamiento de Teror señala que, a lo largo de estas décadas, la agrupación ha promovido el rescate de pasacalles y serenatas.
La Serenata de los Balcones se convirtió así en una de las expresiones más reconocibles de esa relación de La Parranda con las calles de su municipio. Una tradición que, lejos de plantearse como un concierto al uso, recupera el espíritu de aquellas antiguas rondas en las que la música recorría las noches y llegaba hasta las casas.
Y aquí está precisamente una de las particularidades que hacen diferente a la serenata.
No se trata simplemente de reunir a una agrupación sobre un escenario y ofrecer un repertorio ante un público sentado. La Parranda comienza su recorrido por las calles del casco de Teror y, poco a poco, la gente se va incorporando. Vecinos, visitantes, cantadores, tocadores y curiosos terminan formando parte de una misma comitiva. Una antigua publicación de las Fiestas del Pino llegó a definirla como uno de los secretos mejor guardados de la fiesta, precisamente por la manera en que tanta gente termina acompañando a la agrupación sin que exista una convocatoria convencional.
La noche tiene, por tanto, algo de espontáneo. La música empieza a sonar y quienes se encuentran en las calles se acercan. Una canción lleva a otra y el recorrido continúa mientras aumenta el número de personas que siguen a la parranda.
Los balcones son el otro gran elemento de esta historia.
Teror conserva uno de los conjuntos arquitectónicos tradicionales más reconocibles de Gran Canaria y sus balcones de madera forman parte de la identidad del casco histórico. Durante la serenata dejan de ser un simple elemento de las viviendas para convertirse en espectadores privilegiados de una noche en la que las canciones suben desde la calle hacia las casas.
De ahí nace precisamente el nombre de la celebración. La música se encuentra con los balcones, y los balcones se convierten en parte de la propia serenata.
El repertorio bebe de la música popular y tradicional, con piezas que forman parte de la memoria colectiva de las islas. Isas, folías, malagueñas y otras composiciones acompañan un recorrido en el que la interpretación musical se mezcla con la participación de la gente.
No hace falta conocer todas las canciones. En muchas ocasiones basta con dejarse llevar por el ambiente. Quien sabe una copla la canta, quien lleva un instrumento puede acompañar y quien simplemente ha salido a pasear termina formando parte de una noche que tiene algo difícil de explicar si no se ha vivido.
La Serenata de los Balcones se celebra dentro del calendario de las Fiestas del Pino, en los días previos a la festividad de la Virgen del Pino del 7 de septiembre. La fecha concreta cambia de un año a otro. En 2025, por ejemplo, el Ayuntamiento situó la serenata el sábado 30 de agosto, dentro de un fin de semana en el que también se celebraron otras actividades en las calles de Teror.
Esa ubicación dentro de las fiestas tampoco es casual. Septiembre convierte a Teror en punto de encuentro para miles de personas llegadas desde distintos lugares de Gran Canaria y de otras islas. La peregrinación, la romería, las canciones, las tradiciones y el ambiente que rodea a la Virgen del Pino hacen que el municipio viva durante esos días una de sus grandes transformaciones del año.
Y en medio de todo ello aparece la serenata.
Una celebración que no necesita artificios para llamar la atención porque su principal atractivo está precisamente en aquello que parece más sencillo: caminar y cantar.
Quizás ahí esté una de las claves de su permanencia. La Parranda de Teror no se limita a interpretar música tradicional, sino que la lleva al espacio donde históricamente tuvo una parte importante de su razón de ser: las calles, las casas y la convivencia entre vecinos.
Con el paso de los años, la Serenata de los Balcones ha conseguido convertirse en una de esas imágenes que muchos relacionan inmediatamente con las noches del Pino. La gente caminando detrás de los músicos, las voces llenando el casco histórico y los balcones como espectadores silenciosos de una tradición que vuelve cada año.
En una época en la que muchas expresiones de la cultura popular corren el riesgo de quedar reducidas a una representación sobre un escenario, Teror mantiene una celebración en la que el folclore sigue teniendo una relación directa con la calle y con la participación de la gente.
Porque el folclore no solamente se escucha. También se vive.
Y la Serenata de los Balcones es una buena muestra de ello. Una tradición nacida al calor de una agrupación que comenzó su camino en 1989 y que ha conseguido mantener durante décadas una manera de entender la música como encuentro, como celebración y como parte de la vida cotidiana.
Cuando la noche termina y las últimas voces dejan atrás las calles de Teror, queda la sensación de haber asistido a algo más que una actuación musical. Queda la imagen de una tradición que sigue encontrando en la gente su mejor escenario.
Teror, una vez más, habrá vuelto a cantar desde sus calles.
Y sus balcones, como testigos de tantas noches de música, habrán vuelto a escuchar.
Moisés Rodríguez Gutiérrez





























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