
“Cuando me dispararon, lo interpreté como un simple dardo y creí morir tranquilamente. Sin embargo, abracé los brazos tendidos de Morfeo, que sirvieron, además, para acoger y proteger al General: ésa era nuestra única misión: proteger su vida a costa de la nuestra.
Como no me despertaba del todo, algunos compañeros me zarandearon hasta que me percaté del ligero movimiento: había actuado con discreción y me vi sorprendido por aquel ataque fortuito y rápido que parecía sacado de una película de acción. En cambio, todo había sido real. Al lograr averiguar lo que me había sucedido, ya el General estaba lejos, muy lejos, viajando a una cárcel desconocida en un imperio alocado. Aquella organización internacional, con variado personal muy bien preparado, había sido mucho más eficaz que nosotros, acostumbrados como estábamos a esperar al enemigo continuamente que, por otra parte, nunca hizo acto de presencia. Hasta que llegó aquella noche y fuimos cayendo como moscas. Y nunca mejor dicho.
Cuando me percaté de la situación, había muerto en la temible, y terrible, emboscada. Aquel disparo fundió a negro la realidad inmediata.”
Juan FERRERA GIL



























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