La merluza estará dando sus últimos coletazos… con un ramito de perejil

Pedro Lorenzo Rodríguez Reyes.

[Img #38244]Hay días en los que uno abre el móvil o pone la televisión y parece que está leyendo o viendo capítulos distintos de una misma historia.

 

Nepal, una tragedia. Personas heridas, familias rotas, vidas que de repente quedan suspendidas entre el dolor y la incertidumbre.

 

Después, Ceuta. La frontera, la inmigración. Marruecos.

 

Las declaraciones de unos y otros. Y, como si la política española necesitara siempre un personaje conocido para completar el reparto, aparece de nuevo José María Aznar, tantos años después de aquella crisis de Perejil.

 

Nepal, Ceuta, Perejil. Tres nombres que aparentemente no tienen nada que ver. Pero quizá sí tienen algo en común: el ser humano.

 

Yo, puede leer las noticias de dos maneras, puedo leerlas buscando responsables, fechas, declaraciones, contradicciones, cifras y titulares…O puedo leerlas también con los ojos del Evangelio. Y entonces aparece una pregunta mucho más incómoda:

 

¿Dónde está el hombre que sufre? Porque detrás de una tragedia en Nepal no hay solamente una noticia internacional. Hay personas.

 

Detrás de una frontera en Ceuta no hay solamente un problema migratorio. Hay personas. Detrás de una discusión sobre soberanía, seguridad o política exterior no hay solamente banderas. Hay personas.

 

Y quizá ese sea uno de los grandes problemas de nuestro tiempo: hemos aprendido a convertir demasiado fácilmente a las personas en cifras. Migrantes. Refugiados. Extranjeros. Votantes. Electores. Porcentajes. Incidencias…

 

Pero Cristo nunca vio porcentajes, Cristo vio personas. Cuando habla del juicio final, no dice: «fui una estadística migratoria». Dice: «Fui extranjero y me acogisteis.» Y entonces el Evangelio deja de ser una frase bonita para convertirse en una pregunta dirigida directamente a nuestra conciencia.

 

¿Qué hacemos con el extranjero? ¿Qué hacemos con el que llega? ¿Qué hacemos con el que tiene miedo? ¿Qué hacemos con el que ha perdido su casa, su familia o su tierra?

 

Naturalmente, un Estado tiene fronteras. Tiene leyes. Tiene derecho a organizar sus políticas migratorias y a garantizar la seguridad de sus ciudadanos. Pero ninguna frontera puede convertirse en una frontera para la compasión. Y aquí es donde la política debería tener altura.

 

No necesitamos políticos que confundan firmeza con dureza, ni políticos que confundan humanidad con ingenuidad. Ni políticos que utilicen el sufrimiento de las personas como munición electoral. Necesitamos políticos capaces de sostener dos verdades al mismo tiempo: que un país tiene derecho a proteger sus fronteras y que una persona nunca deja de ser persona al cruzarlas.

 

Quizá por eso me preocupa tanto la pobreza del debate político, porque mientras unos gritan, otros responden, mientras unos acusan, otros contraatacan, mientras unos hablan de soberanía, otros hablan de inmigración.

 

Y en medio de todo ese ruido, el ser humano corre el peligro de desaparecer.

 

Entonces aparece la merluza, después de tantos coletazos, tantas explicaciones a medias, tantos titulares y tanto «chao pescao», alguien tenía que pensar en la guarnición.

 

Para completar el plato, el perejil.

 

Porque en cuestiones de Ceuta, Perejil parece tener una memoria especial. Veinticuatro años después, vuelve a aparecer Aznar. La historia tiene estas ironías. Pero yo me pregunto si no deberíamos dejar de mirar tanto el perejil y empezar a mirar el plato.

 

Porque quizá llevamos demasiado tiempo entretenidos con la guarnición mientras se nos enfría lo verdaderamente importante. La dignidad humana.

 

El Buen Samaritano no pregunta al herido de dónde viene antes de acercarse. No le pide el pasaporte. No le pregunta a quién vota. No calcula su rentabilidad política.

 

Lo ve y se detiene. Ese verbo, quizá, sea uno de los más importantes del Evangelio: ver.

 

Ver al que sufre. Ver al extranjero. Ver al pobre. Ver al que llega. Ver también al ciudadano que tiene miedo y al ciudadano que está preocupado por la seguridad.

 

Ver a todos.

 

Porque gobernar debería consistir, entre otras muchas cosas, en saber ver. Y nuestros políticos, sean de izquierdas o de derechas, deberían preguntarse si realmente están viendo a la sociedad que dicen representar.

 

¿Están viendo al joven que no puede acceder a una vivienda?

¿Al anciano que vive solo?

¿A la familia que no llega a fin de mes?

¿Al inmigrante que duerme con miedo?

¿Al vecino que siente inseguridad?

¿Al trabajador que se siente abandonado?

Eso es estar a la altura. No saberlo todo. No acertar siempre.

 

Sino tener la humildad de escuchar, la responsabilidad de explicar y la valentía de reconocer cuando se ha cometido un error. Por eso, quizá la pregunta final no sea si la merluza está dando sus últimos coletazos, ni siquiera si Aznar ha vuelto a poner el perejil.

 

La pregunta verdaderamente importante es otra: ¿Qué estamos haciendo con el ser humano que Dios ha puesto delante de nosotros?

 

Nepal nos recuerda que la vida puede romperse en un instante. Ceuta nos recuerda que las fronteras pueden convertirse en lugares de esperanza, miedo y desesperación.

 

La política nos recuerda que las decisiones de unos pocos pueden afectar profundamente a la vida de muchos.

 

Y el Evangelio nos recuerda que, detrás de todo ello, hay una persona. Una persona que tiene un rostro. Un nombre. Una historia. Y una dignidad que nadie debería poder quitarle.

 

La merluza seguirá dando coletazos. El perejil seguirá adornando algunos discursos. Los políticos seguirán disputándose el relato. Pero nosotros, como sociedad, deberíamos recuperar algo mucho más sencillo: la capacidad de mirar al otro y reconocer en él a un ser humano. Porque quizá, al final, esa sea la verdadera prueba de altura. No la de nuestros políticos.

 

La nuestra.

 

Pedro Lorenzo Rodríguez Reyes

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