Manos
Sucedió en mi barrio. A escasos metros de mi casa. En el escenario de un Memorial maravilloso. Un director presenta a un niño. El niño canta. No conozco la canción, pero bastan dos versos —”las manos de mi madre parecen pájaros en el aire”— para que algo, adentro, ceda sin pedir permiso.
Llego a casa. Busco. Todas las versiones son de Mercedes Sosa, esa voz que tiene la hondura de lo sagrado, de la tierra antigua. La escucho una vez. Después otra. Pierdo la cuenta. La escucho como se escuchan las canciones que ya no son canciones sino heridas con melodía. La canción sigue: “Las manos de mi madre saben qué ocurre por las mañanas, cuando amasa la vida: horno de barro, pan de esperanza”. Pienso en un texto de otra argentina irrepetible: Leila Guerriero. Habla de su madre, del último recuerdo que guarda de ella. No el rostro de la muerte, sino una carrera detrás de un cuerpo que se va, tratando de alcanzar lo único que ese corazón quiso, ”que sus hijos fueran felices, que vivieran para siempre”. Pienso en otro texto suyo, el del pan: la madre amasando en el patio, y ella, años después, hundiendo los dedos "en esa criatura que crecía como un ser vivo", repitiendo un gesto aprendido sin saber que lo aprendía.
Y yo, que cada vez recuerdo menos, que ya no distingo bien la memoria de la invención, ya no recuerdo las manos de mi madre. Creo que en casa hubo discos de Mercedes Sosa. Quizás esta canción sonó alguna vez entre esas paredes. Quizás mi madre la cantó, o la tarareó sin darse cuenta, mientras hacía cualquiera de las mil cosas que hacen las madres y que nadie anota porque se supone, equivocadamente, que van a durar siempre.
Aún suena en mi memoria la voz de un médico que cuenta, en la radio, la historia de un paciente de más de ochenta años, con alzheimer. Le da un papel y un lápiz. Le pide que escriba lo primero que se le ocurra. Cualquier cosa. Lo que sea. El hombre, que ya no recuerda casi nada, escribe cinco palabras: “Mamá, yo no te olvido.”
Ahí, en esa frase que tiembla, cabe todo lo que la memoria puede perder. Y todo lo que, contra toda evidencia, se niega a perderse.
Javier Estévez





























Normas de participación
Esta es la opinión de los lectores, no la de este medio.
Nos reservamos el derecho a eliminar los comentarios inapropiados.
La participación implica que ha leído y acepta las Normas de Participación y Política de Privacidad
Normas de Participación
Política de privacidad
Por seguridad guardamos tu IP
216.73.216.87