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La memoria es una facultad extraordinaria, especialmente en política, donde parece haber desarrollado la capacidad de conservar con enorme precisión los pecados ajenos mientras elimina, con una eficacia que ya quisiera cualquier servicio municipal de limpieza, aquello que uno dijo, escribió o exigió cuando todavía contemplaba el poder desde la acera de enfrente. Por suerte existen las hemerotecas, esos lugares antipáticos que tienen la mala educación de guardar las cosas y devolverlas años después exactamente como fueron publicadas, sin preocuparse demasiado por si entretanto alguien ha cambiado de opinión, de posición, de compañía o simplemente de conveniencia.
El 4 de octubre de 2014 quedó archivada en Gáldar una pequeña joya de esa arqueología política. Aquel día se publicó una crítica durísima del señor que va a los Goya porque el cronista oficial de la ciudad iba a acompañar durante una visita a las juventudes de Nuevas Generaciones del Partido Popular. El asunto debía de ser de una gravedad extraordinaria, porque no se presentó como una simple actividad cultural, sino como una posible demostración de implicación partidista que podía entrar en conflicto con el carácter apolítico atribuido al cargo. Al parecer, explicar la historia de Gáldar a un grupo de jóvenes era una actividad de riesgo democrático considerable y convenía vigilar muy de cerca por qué calles caminaba el cronista, quién lo acompañaba y, suponemos, hasta dónde llegaban las explicaciones antes de que el patrimonio municipal quedara contaminado ideológicamente.
La preocupación no terminó ahí, porque también se habló de utilización de la figura del cronista para hacer márketing político y se planteó que tendría que dar explicaciones ante la Corporación Municipal que lo había nombrado. Resulta enternecedor recordar aquella época en la que el listón de la neutralidad institucional estaba colocado tan alto que una visita guiada podía hacer tambalear los cimientos de la democracia galdense. Si aquella doctrina hubiese sobrevivido intacta hasta nuestros días, probablemente habría que habilitar una oficina municipal exclusivamente dedicada a estudiar fotografías, actos, publicaciones, protagonismos, acompañamientos y demás contactos peligrosos entre política e institución, aunque seguramente habría que contratar bastante personal porque trabajo no les faltaría.
El cronista respondió entonces que no militaba en ningún partido y que habría atendido exactamente igual a cualquier otra formación política que quisiera conocer Gáldar. Parecía una explicación bastante razonable, sobre todo teniendo en cuenta que enseñar patrimonio es precisamente una de esas actividades que difícilmente pueden considerarse una declaración ideológica, salvo que alguien descubra que la Cueva Pintada vota, que la iglesia de Santiago tiene carnet o que las calles del casco histórico están adscritas a alguna organización juvenil. Pero ni siquiera aquella aclaración consiguió cerrar completamente el asunto y se mantuvo abierto el debate sobre la conveniencia de que una figura institucional participara en una actividad organizada por un partido y apareciera posteriormente en sus redes sociales.
Vista desde 2026, aquella preocupación provoca una inevitable fascinación. No porque estuviera prohibido plantear el debate, sino porque permite conocer el extraordinario nivel de exigencia que algunos manejaban cuando todavía podían permitirse examinar la política desde fuera. En aquellos tiempos la separación entre institución y partido debía trazarse con escuadra, cartabón y probablemente supervisión notarial, porque cualquier proximidad despertaba sospechas. Después pasan los años, cambia el paisaje y uno descubre que aquellas fronteras aparentemente infranqueables poseían una elasticidad desconocida. Lo que ayer podía ser márketing político hoy puede llamarse comunicación institucional; lo que entonces despertaba dudas sobre la neutralidad puede convertirse después en representación pública; y aquello que parecía exigir explicaciones urgentes puede acabar integrado con absoluta naturalidad en el paisaje cotidiano.
No debe interpretarse esto como una acusación de incoherencia, porque quizá estemos simplemente ante uno de esos fascinantes procesos de maduración intelectual que casualmente coinciden con el acercamiento al poder. Hay personas que cambian de opinión leyendo libros, otras viajando y algunas, por lo visto, necesitan contemplar determinados asuntos desde un despacho para descubrir matices que desde la calle resultaban completamente invisibles. Debe de influir la altura de las ventanas municipales, porque desde allí arriba las fronteras entre promoción política, comunicación institucional, protagonismo y normalidad democrática parecen adquirir tonalidades mucho más complejas que las que tenían en 2014.
Lo verdaderamente incómodo de aquella publicación es que dejó establecido un criterio. Cuando alguien considera cuestionable que una figura institucional acompañe durante unas horas a miembros de una organización política porque su imagen podría utilizarse con fines promocionales, está colocando el listón en un lugar bastante concreto. Nadie obligó a situarlo allí. Se hizo voluntariamente y con suficiente contundencia como para pedir incluso explicaciones. El inconveniente de construir varas de medir tan largas es que algún día puede aparecer un desaprensivo con la ocurrencia de sacarlas del almacén y utilizarlas exactamente con las mismas medidas.
Sería un ejercicio entretenidísimo recuperar aquella vara de medir de octubre de 2014 y aplicarla, sin modificar un solo centímetro, a la vida institucional actual. No haría falta señalar a nadie ni acusar de absolutamente nada; bastaría con utilizar exactamente los mismos conceptos de entonces y observar el resultado. Si una visita cultural justificaba hablar de implicación partidista y márketing político, cabe preguntarse qué terminología habría que emplear para situaciones con una exposición pública bastante mayor. Probablemente necesitaríamos consultar el diccionario, porque las palabras utilizadas entonces se quedarían pequeñas.
También cabe otra posibilidad mucho más sencilla: reconocer que aquella crítica fue exagerada. Quizá el cronista tenía toda la razón cuando explicó que habría acompañado igualmente a cualquier otro grupo y quizá convertir una visita cultural en un debate sobre neutralidad política fue un exceso provocado por las ganas de encontrar munición contra determinado partido. Sería una conclusión perfectamente digna y hasta saludable. El problema es que reconocerlo obligaría también a admitir que aquel supuesto escándalo fue inflado artificialmente, y eso suele resultar bastante menos agradable que permitir que el artículo duerma tranquilamente en el archivo esperando que nadie recuerde dónde está.
Pero alguien recordó.
Y ahí comienza el verdadero problema, porque las hemerotecas no conocen los delicados códigos de cortesía de la política local. No saben que hay textos que deberían caducar cuando cambian determinadas circunstancias, ni entienden que ciertas opiniones estaban pensadas para ser utilizadas exclusivamente contra los adversarios. Tampoco distinguen entre el momento en que uno fiscaliza el poder y aquel otro en que se encuentra bastante más cómodo con él. Guardan las palabras con una literalidad desesperante y, cuando alguien vuelve a buscarlas doce años después, tienen la desconsideración de mostrarlas exactamente igual.
Por eso aquel 4 de octubre de 2014 merece conservarse como una pequeña pieza del patrimonio político galdense. No porque importe demasiado quién acompañó a quién durante una visita, sino porque retrata una época en la que algunos parecían poseer una sensibilidad extraordinaria frente a cualquier posible utilización partidista de una figura institucional. Sería injusto permitir que semejante patrimonio moral se perdiera, especialmente ahora que puede resultar tan instructivo comparar aquella severidad con la flexibilidad que proporciona el paso del tiempo.
Quizá la conclusión sea que en política local no existen varas de medir diferentes, sino una única vara telescópica que se alarga hasta el infinito cuando toca medir al adversario y se encoge discretamente hasta caber en un bolsillo cuando llega el turno propio. Es un instrumento práctico, ligero y aparentemente muy extendido, aunque tiene un pequeño defecto de fabricación: funciona estupendamente mientras nadie conserve las instrucciones originales.
Y las instrucciones originales, en este caso, siguen publicadas desde el 4 de octubre de 2014. Por eso la cuestión ya no es determinar si aquel cronista hizo bien o mal acompañando a unos jóvenes durante una visita por Gáldar. Después de casi doce años, eso tiene una importancia bastante relativa. Lo verdaderamente interesante es contemplar cómo aquello que un día parecía suficientemente grave como para cuestionar públicamente la neutralidad de una persona puede convertirse, con el paso del tiempo y las circunstancias adecuadas, en un magnífico recordatorio de que la memoria política tiene una flexibilidad extraordinaria.
Afortunadamente para la historia y desgraciadamente para quienes confían demasiado en el olvido, la hemeroteca todavía no ha aprendido esa habilidad.
Guayarmina Guanarteme
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