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Cuando hablamos de educación pensamos casi inevitablemente en los colegios, en los institutos, en las universidades y en todo lo que ocurre dentro de un aula. Y cuando trasladamos esa conversación a las administraciones públicas aparece enseguida la cuestión de las competencias, porque sabemos que en materia educativa corresponden fundamentalmente a las comunidades autónomas. Sin embargo, creo que quedarnos solamente ahí sería reducir muchísimo lo que significa educar y, sobre todo, las posibilidades que tenemos también desde lo local para utilizar la educación como uno de los grandes motores de transformación social.
Porque educar no es solamente transmitir conocimientos. Educamos también para convivir, para respetar, para despertar inquietudes, para cuidar aquello que compartimos y para entender que vivir en sociedad implica tener derechos, pero también responsabilidades. Y creo que ahí los ayuntamientos, aunque no tengan las principales competencias educativas, tienen un campo enorme en el que trabajar.
Cuando pienso en esto siempre me viene un recuerdo de mi infancia. En los años noventa, los viernes a última hora de clase conectábamos con Radio Gáldar, nuestra radio municipal, para escuchar un programa de formación musical que se había impulsado desde el Ayuntamiento durante una etapa de gobierno socialista. Recuerdo perfectamente aquellos viernes, porque esperábamos ese momento y porque era una forma diferente y divertida de acercarnos a la música, de descubrir cosas que seguramente de otra manera no habrían llegado hasta nosotros y de aprender casi sin tener la sensación de que estábamos aprendiendo.
Han pasado más de treinta años y todavía me acuerdo. Y no cuento esto por nostalgia, ni siquiera porque aquella iniciativa se desarrollara durante una etapa política determinada, sino porque creo que es un ejemplo muy sencillo de lo que intento plantear. Desde un ayuntamiento también se puede educar y se pueden poner en marcha proyectos que terminen dejando huella en las personas.
Evidentemente, los años noventa no son 2026 y los retos que tenemos delante tampoco son los mismos. Si entonces la radio municipal podía convertirse en una herramienta para acercar la música a los escolares, hoy tenemos que preguntarnos cuáles son las necesidades de nuestra sociedad y qué podemos hacer también desde Gáldar para abordarlas desde la educación.
Y podemos empezar por cosas aparentemente muy sencillas. Hablamos muchísimo, por ejemplo, del cuidado de nuestros espacios públicos. Claro que tenemos que exigir que nuestras calles, nuestros parques y nuestras plazas estén limpios y correctamente mantenidos, porque esa es responsabilidad de la administración, pero también creo que tenemos que hacer un esfuerzo por educar desde pequeños en que aquello que es de todos también es responsabilidad de todos. Que una plaza esté limpia depende de que se limpie correctamente, pero también de que nosotros colaboremos ensuciando lo menos posible, cuidando el mobiliario o entendiendo que lo público no es algo que no pertenece a nadie, sino precisamente algo que nos pertenece a todos.
Lo mismo ocurre con la convivencia. Los niños y los adolescentes no desarrollan toda su vida dentro de los centros educativos. Están en nuestros barrios, en las plazas, en los clubes deportivos, en las asociaciones, participan en actividades culturales y comparten muchos otros espacios donde también aprenden a relacionarse con los demás. Creo que ahí tenemos una oportunidad para trabajar valores como el respeto, la convivencia, la participación o la resolución de conflictos y también para desarrollar acciones de prevención y sensibilización ante problemas mucho más serios, como puede ser el acoso escolar. Evidentemente, respetando siempre las competencias y acompañando el trabajo que ya realizan los centros educativos, las familias y los profesionales.
Porque esa es precisamente una de las grandes posibilidades de trabajar desde lo local: la cercanía y la capacidad de generar redes.
Por mi profesión conozco bien la capacidad que tiene la educación para transformar realidades y también sé que sus resultados no suelen ser inmediatos. Quizás por eso los tiempos de la educación no siempre encajan demasiado bien con los tiempos de la política. Hay proyectos cuyos resultados podemos comprobar rápidamente y otros que necesitan años para que podamos entender realmente el impacto que tuvieron.
La educación se parece mucho más a plantar una semilla. Hay que sembrarla, cuidarla, dejar que enraíce y esperar. Y muchas veces los frutos aparecen cuando ha pasado muchísimo tiempo.
Por eso creo que merece la pena preguntarnos qué podemos empezar a sembrar hoy desde Gáldar para responder a los desafíos que tenemos como sociedad, utilizando para ello nuestros espacios públicos, nuestra cultura, nuestro deporte, nuestras asociaciones, nuestros medios y todos aquellos lugares en los que convivimos.
Yo sigo recordando aquellos viernes a última hora de clase, aprendiendo música a través de Radio Gáldar.
Seguramente quienes pusieron en marcha aquel proyecto no podían saber qué quedaría de aquello más de treinta años después.
En mí quedó algo.
Y creo que precisamente ahí está una parte de la enorme capacidad transformadora de la educación: nunca sabemos hasta dónde puede llegar una semilla que plantamos hoy.
Abraham Ramos Viera
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