Eulalio J. Sosa GuillénCuando conocí a Mamadou, dormía en un rincón del almacén del viejo chamarilero, en un jergón desplegable, junto al hornillo de camping y el fregadero de obra. Parecía que su destino estaba ligado al pluriempleo: mozo de almacén, chófer del anticuado Ebro y restaurador de los cachivaches de segunda mano.
Los días feriados acudía a las Ramblas, como un hombre libre, y exhibía sobre una manta los animales africanos que tallaba por las noches.
Mientras los viandantes se rifaban aquellas artísticas piezas, un runrún circulaba entre los compradores: alguien dijo que el gorila de la señora del cuarto defenestró al marido maltratador. Una abuela aseguró que su nieta, que sufría bullying, sacó el león en el recreo y los matones desaparecieron.
Atolondrado, como suelo ser, cuando quise comprar una figurita, solo quedaba una hiena. Al no poder elegir, Mamadou me la dejó a precio de saldo.
Al día siguiente se la enseñé a mi novia, y las dos rieron como dos buenas amigas.
Eulalio J. Sosa Guillén



























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