
La anciana llevaba tres días hablándole a la silla vacía que había a los pies de su cama.
—Mi marido viene a buscarme esta noche —decía.
Yo sonreía mientras le colocaba el calmante.
—Entonces tendrá que esperar a que le demos el alta.
A las cuatro de la madrugada sonó el timbre. Era ella. Cuando entré, ya había muerto.
Le cerré los ojos, apagué el monitor y salí a avisar al médico.
Antes de llegar al final del pasillo, un timbre volvió a sonar.
Habitación 114. La suya.
Volví.
La cama, vacía, pese a que ella seguía allí. Sobre la silla, dos abrigos y una nota:
«Gracias por cuidarla. Ahora me toca a mí».
Olga Valiente




























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