
Hablar del tiempo atmosférico siempre resulta un buen tema de conversación ante esporádicos caminantes. O, al menos, un recurrente inicio de conversación. Y si a ello se une la calima dichosa que cada dos por tres nos invade, mejor que mejor: la charla ocasional se amplía y se decanta por derroteros imprecisos y únicos.
Tras el parloteo inicial, el asunto deriva casi siempre al terreno personal donde algunos conocidos se empeñan en que reconozcamos a gente de antes. Y de alcurnia. Como para ellos trabajaron, ahora esos antiguos jefes viven en sus palabras y recuerdos magnificados y endulzados, hasta cierto punto, por la caprichosa memoria. Y como una cosa lleva a la otra, la conversación se sustancia debidamente y el tiempo empleado resulta agradable, precioso y preciso.
Está bien que se superen los adioses y los buenos días de turno. Lo digo porque cruzar más de una palabra con los caminantes ocasionales es como descubrir un mundo oculto, vedado, a las exigencias que provoca la sociedad de hoy.
Lo malo sucede cuando dejamos de verlos.
Y nos convertimos en partícipes de otra irrepetible ausencia.
Juan FERRERA GIL




























Normas de participación
Esta es la opinión de los lectores, no la de este medio.
Nos reservamos el derecho a eliminar los comentarios inapropiados.
La participación implica que ha leído y acepta las Normas de Participación y Política de Privacidad
Normas de Participación
Política de privacidad
Por seguridad guardamos tu IP
216.73.217.59