Una foto con banda sonora propia... imaginemos

La plaza de Santiago revela, entre sonidos y silencios, los detalles cotidianos que a menudo pasan desapercibidos bajo la rutina.

Moisés Rodríguez Gutiérrez Lunes, 24 de Agosto de 2026 Tiempo de lectura:
Imagen: Daniel MeliánImagen: Daniel Melián

Una tarde cualquiera, pasan de las 18:30 horas. El calor asfixia y parece que la tarde pesa más de lo habitual, sin embargo, en la plaza de Santiago corre algo de aire, de ese que se agradece cuando el sol aprieta y el cuerpo busca un poco de alivio. Las nubes comienzan a cubrir el cielo y, casi sin darnos cuenta, sucede algo tan sencillo como poco habitual: levantamos la mirada.

 

¿Cuántas veces nos hemos sentado en la plaza de Santiago y no hemos sido capaces de mirar hacia el cielo, de levantar la cabeza y detenernos a escuchar todo lo que está pasando a nuestro alrededor? Quizás demasiadas veces caminamos pendientes de lo que tenemos delante, de las prisas, de los pasos que damos y de aquello que reclama nuestra atención a ras de suelo, sin reparar en todo lo que permanece por encima de nuestras cabezas. Tal vez, precisamente por mirar siempre hacia delante, nos hemos perdido muchas cosas que estaban ahí, esperando simplemente a que alguien las contemplara.

 

Pero, ¿y si esta fotografía tuviera sonido? ¿Qué escucharíamos si pudiéramos cerrar los ojos y regresar por un instante a aquella tarde?

 

A lo mejor los niños correteando por la plaza, jugando sin más preocupación que la de disfrutar de una tarde de verano. O a lo mejor no habría nadie, porque también hay tardes en las que el calor vacía los espacios y deja las plazas en silencio. Tal vez se escucharían los pájaros entre las ramas de las araucarias, el ladrido de algún perro a cierta distancia y, más lejos, casi como un sonido de fondo, el agua de la fuente cayendo lentamente.

 

Posiblemente, por encima de todos esos sonidos, aparecerían las campanas de Santiago. Puede que ese día no funcionara el mecanismo electrónico y alguien tuviera que hacerlas sonar manualmente para llamar a misa. Se retrasaron algunos minutos porque alguien se percató de que el mecanismo no se había activado y tuvo que hacer sonar las campanas a mano. Entonces la plaza, aunque aparentemente quieta, tendría su propia banda sonora: el agua, los pájaros, algún ladrido, las voces de quienes pudieran estar allí y las campanas anunciando que algo estaba a punto de comenzar.

 

Porque una fotografía también puede tener sonidos, aunque no podamos escucharlos. Basta con conocer el lugar, haberlo vivido o simplemente dejar que la imaginación complete aquello que la imagen no puede mostrar.

 

Si nos detenemos en esta fotografía, aparecen pequeños detalles que quizá pasarían desapercibidos en cualquier otro momento. Las nubes dibujan un cielo cambiante, las araucarias se recortan sobre ellas y entre sus ramas se abre ese poco cielo que todavía permite contemplar la tarde. Los árboles rodean la escena como si fueran un marco natural y, en medio de todo ello, aparece la silueta de la iglesia de Santiago, observada desde una perspectiva diferente, desde abajo, desde ese lugar al que pocas veces dirigimos los ojos.

 

También está la farola, una presencia habitual de la plaza que probablemente forma parte del paisaje cotidiano hasta el punto de que ya nadie repara en ella. Hoy aparece sin sus cristales, pero no porque alguien los haya roto ni porque hayan desaparecido por algún acto de vandalismo. Simplemente fueron retirados como consecuencia de la instalación de luminarias LED, dejando al descubierto una parte de la estructura que antes pasaba inadvertida.

 

Posiblemente ahí esté lo verdaderamente interesante de esta fotografía: no hace falta ir lejos para encontrar algo que mirar ni para descubrir algo que escuchar. A veces basta con sentarse en una plaza, levantar la cabeza y prestar atención durante unos segundos.

 

Las nubes pasan, las araucarias permanecen, el agua sigue cayendo, los pájaros continúan cantando y, de vez en cuando, las campanas rompen el silencio. Todo estaba allí, formando parte de aquella tarde, aunque quizá nadie se detuviera a escucharlo.

 

Porque posiblemente eso sea lo que nos recuerda esta fotografía: que mientras caminamos mirando hacia delante, muchas veces dejamos pasar un paisaje que está justo encima de nuestras cabezas y una banda sonora que nos acompaña sin que apenas nos demos cuenta.

 

Moisés Rodríguez Gutiérrez

Foto: Daniel Melián

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