Vidal Bolaños BetancortEl niño vio aparecer al papagüevo de Pepe el Perola entre la música, los gritos y las risas de Agaete.
Era enorme, torpe y alegre. Caminaba como si cada paso estuviera hecho de fiesta. Los niños corrían delante de él, algunos con miedo, otros con carcajadas, y los mayores lo miraban con una sonrisa diferente, de esas que no nacen solo de la diversión, sino del recuerdo.
—Abuelo, ¿quién era Pepe el Perola? —preguntó el niño.
El abuelo no contestó enseguida. Se quedó mirando la figura que avanzaba por la calle, rodeada de música, como si dentro de aquel papagüevo no hubiera solo cartón, tela y pintura, sino una vida entera.
—Era uno de esos hombres que no salen en los libros —dijo al fin—, pero se quedan en el pueblo.
—¿Y por qué?
El abuelo sonrió.
—Porque hay personas que no necesitan hacer grandes cosas para ser importantes. Basta con estar. Con saludar. Con hacer reír. Con formar parte de los días de la gente.
El niño miró otra vez al papagüevo.
Ya no le pareció solo una figura graciosa.
Le pareció alguien que caminaba después de haberse ido.
Días más tarde, en Gáldar, el abuelo lo llevó al Beñesmer. Allí no había papagüevos, sino semillas, barro, palabras antiguas, piedras mirando al mar y gente hablando de cosechas, de La Guancha, de los antiguos canarios y de una fiesta que venía de mucho antes que ellos.
El niño caminó despacio por el entorno de El Agujero y Bocabarranco. Miraba las explicaciones, las manos que mostraban granos, los rostros atentos de las familias y el paisaje que parecía guardar algo bajo la luz.
—¿Esto también es una fiesta? —preguntó.
—Sí —respondió el abuelo—, pero de otra manera.
—Aquí nadie baila como Pepe el Perola.
—No todas las memorias bailan igual.
El niño se agachó y tocó la tierra. Estaba caliente por el sol.
—¿Y qué se celebra?
El abuelo cogió una semilla y se la puso en la palma de la mano.
—Que la tierra daba de comer. Que la gente dependía de ella. Que antes de nosotros hubo otros que sembraron, recogieron, agradecieron y también tuvieron miedo de perder lo que les mantenía vivos.
El niño cerró los dedos alrededor de la semilla.
—Entonces Pepe era memoria de la gente.
—Sí.
—Y esto es memoria de la tierra.
El abuelo lo miró con orgullo.
—Exactamente.
Aquella tarde, el niño entendió algo que no le enseñaron en la escuela. Entendió que los pueblos no viven solo por sus calles, sus fiestas o sus nombres. Viven porque alguien recuerda a quienes estuvieron. Porque alguien explica de dónde viene una palabra. Porque alguien cuida una semilla. Porque alguien convierte a un vecino querido en papagüevo y a una cosecha antigua en celebración.
Cuando regresaron a casa, el niño guardó la semilla en una cajita junto a una foto del papagüevo de Pepe el Perola.
—¿Por qué juntas esas dos cosas? —preguntó su madre.
Él pensó un momento.
—Porque las dos están vivas si alguien las cuenta.
Esa noche, mientras Agaete seguía sonando en su memoria y Gáldar permanecía en sus manos como un poco de tierra, el niño soñó que el papagüevo caminaba por un campo antiguo.
En una mano llevaba música.
En la otra, una semilla.
Y detrás de él venía todo un pueblo, aprendiendo que la memoria puede reír, puede bailar, puede sembrarse y también puede crecer.


























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