Las miradas de los niños son tan sinceras como sus palabras. No saben mentir. Me han dicho que cuando contaba tres añitos apareció por mi casa una tía de mi padre con problemas de estrabismo, pues sus ojos no miraban para donde se suponía. Me dio dos besos y me dijo que estaba muy guapo. Mi padre me pidió que le diera las gracias y contesté que como miraba para el techo, yo pensaba que se lo estaba diciendo a la casa. Creo que recibí la primera cachetada de mi vida y que oí a mi tía decirle a mi progenitor que no le pegara al niño.
Tenía once años cuando nació mi sobrino mayor, Jose Antonio, que está muy serio en la segunda foto de este artículo, con un caramelo, o no sé qué, entre los labios. Me encantaba la idea de ser tío y estuve esperando a mi padre hasta las tantas para oírselo decir. Al año siguiente nació mi sobrina Sandra, a la que el cura le endilgó Teresa de Jesús porque Sandra no era entonces un nombre cristiano, aunque, según parece, funciona hoy día como hipocorístico de Alejandra. Ella, en la imagen, no tenía cara de estar enfadada. Parecen verdaderos muñecos los dos.
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Ahora ya son mayorcitos.
Por cierto, en la celebración de la boda de mi hermano mayor y mi cuñada, a la que le encantaba jugar conmigo, bailamos todos el Pancho Pancho, enfilados en corro, poniendo las manos en los hombros de la persona que teníamos delante, mientras cantábamos a grito pelado.
Por suerte, salvo raras excepciones, siempre he caído bien a los niños y niñas con los que me he tropezado, que son una tonga, especialmente porque he escrito diez libros infantiles y he visitado cientos de colegios de todas las islas para hablar de ellos. Recuerdo que en uno de esos colegios, creo que fue en Los Llanos de Aridane, en La Palma, me ocurrió una anécdota simpática con una niña con el síndrome de Down. Ella de pie sobre una silla, le pregunté su edad; me respondió que contaba cinco años, y, sobre la marcha, quiso saber la mía. Jugando, le contesté que tenía un poco más, siete u ocho, y entonces ella me espetó:
-¿Qué dices? ¡Tú tienes por lo menos dieciocho!
Samuel, cuya mirada abre este relato, perdió un diente a causa mía. Estábamos jugando, yo persiguiéndolo, y se cayó, dando de boca contra una pata de mi cama. Con él y Aidan, otro de mis nietos o bisnietos putativos, que se estaba riendo conmigo, los tres viendo a Pocoyó en el ordenador, pasé muchos ratos de su infancia.
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Ahora son adultos los dos. Los suyos todavía son añitos, todo hay que decirlo, pues los míos sí que son años. Añísimos, diría yo. Y de todos es conocido el dicho que reza que sabe más el diablo por viejo que por diablo.
Esperemos que tanto los que en las fotos son niños, como yo, que ya llevo un tiempo navegando en la senectud, mantengamos siempre la mirada expectante, limpia, verdadera, espontánea y cordial, abierta siempre a un futuro esperanzador, aún sabiendo lo que nos depara el porvenir, pues está bien la aceptación de las cosas, ya que serían igual aunque uno no las aceptara.
Yo, como Fernando Pessoa, acepto las dificultades de la vida, como acepto el frío excesivo en lo agudo del invierno, apaciblemente, sin quejarme. Porque, como él, nací sujeto a defectos, pero nunca al defecto de exigir del mundo cualquier cosa que no sea mundana.
Quico Espino
Fotos: Jacob Morales Mateos y álbum familiar
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