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Después de la solemne inauguración de unas escaleras en La Montaña, el Ayuntamiento de Gáldar ha vuelto a demostrar que la realidad siempre puede superarse a sí misma. El nuevo acontecimiento institucional ha consistido en la instalación de seis puntos de luz en una calle de San Isidro. Seis farolas. Ni una obra de ingeniería, ni una infraestructura que cambie el futuro del municipio, ni una inversión capaz de transformar un barrio. Seis farolas. Y, sin embargo, el despliegue comunicativo ha vuelto a ser el de una administración convencida de que la humanidad llevaba siglos esperando ese preciso instante.
La mejora del alumbrado es una buena noticia para los vecinos. Nadie en su sano juicio puede criticar que una calle esté mejor iluminada. Lo que empieza a resultar fascinante es la necesidad irrefrenable de convertir cualquier obligación municipal en una ceremonia de autohomenaje. Ya no basta con hacer el trabajo; ahora hay que inmortalizarlo, redactarlo, publicarlo y contemplarlo con la solemnidad de quien acaba de descubrir la penicilina.
Pero si algo merece un estudio aparte no son las farolas. Son las fotografías.
Porque las fotografías del Ayuntamiento de Gáldar ya no son fotografías. Son una disciplina artística. Una representación teatral. Un ritual perfectamente coreografiado en el que nada queda al azar. El alcalde en la sombra y el concejal correspondiente parecen llevar semanas ensayando delante del espejo antes de acudir a cada acto. Jamás aparece una mano fuera de sitio (ambos con la misma pose). Jamás un brazo cae con naturalidad. Jamás una postura transmite la sensación de que dos personas simplemente estaban allí viendo una obra.
No. Todo responde a una liturgia casi religiosa.
Las manos siempre aparecen cuidadosamente entrelazadas sobre el abdomen, como si sostuvieran una pieza de porcelana heredada de la familia y cualquier movimiento brusco pudiera hacerla añicos. Los dedos se acarician con una delicadeza que haría pensar que están participando en un concurso internacional de elegancia gestual. Los codos permanecen pegados al cuerpo con una disciplina casi militar. Los hombros se colocan exactamente a la misma altura. La cabeza gira unos pocos grados hacia el objetivo, lo suficiente para transmitir cercanía institucional sin perder el aire trascendente. La sonrisa nunca llega a ser una sonrisa; es esa media sonrisa administrativa que parece diseñada por un gabinete de comunicación y aprobada en comisión de gobierno.
Uno empieza a sospechar que antes de salir del Ayuntamiento existe un protocolo interno. Primero se comprueba que las farolas estén instaladas. Después que el fotógrafo haya llegado. Y, por último, que ambos cargos públicos hayan adoptado la postura reglamentaria. Si una mano cae unos centímetros más de la cuenta o un dedo se separa del resto, probablemente se suspenda la sesión hasta recuperar la posición oficial.
Da exactamente igual cuál sea el motivo de la visita. La pose sirve para todo. Sirve para una escalera, para seis farolas, para una acera, para un banco, para un árbol recién plantado o para contemplar con emoción institucional una papelera recién atornillada. Cambia el decorado, pero los actores interpretan siempre la misma escena. Si alguien mezclara cincuenta fotografías de los últimos años y eliminara el pie de foto, sería imposible saber si estaban inaugurando una calle, inspeccionando una jardinera o despidiendo a un camión de recogida de basura. La expresión es la misma. Las manos son las mismas. La inclinación del cuello es la misma. Incluso la distancia exacta entre ambos parece medida con un metro homologado por el departamento de protocolo.
Lo verdaderamente cómico es que las farolas terminan desempeñando un papel secundario. El vecino cree que la noticia consiste en mejorar la iluminación de una calle, pero en realidad la protagonista es la fotografía. Las luminarias no son más que el atrezo necesario para justificar una nueva sesión de posado. Si mañana sustituyeran las seis farolas por seis sacos de cemento, la imagen seguiría funcionando exactamente igual. Bastaría cambiar el titular.
A este ritmo, el gabinete de comunicación tiene por delante un futuro extraordinario. En los próximos meses podremos asistir a la presentación institucional del barrendero que consiguió barrer dos calles consecutivas sin desviarse del itinerario previsto. Veremos al camión de la basura culminando con éxito la recogida de contenedores mientras dos responsables municipales observan la escena con las manos cuidadosamente enlazadas y expresión de satisfacción histórica. No faltará la visita oficial al jardinero que terminó de regar un parterre, ni la comparecencia pública junto al operario que sustituyó una señal de tráfico con la solemnidad reservada a las grandes obras nacionales.
Quizá el verdadero patrimonio de Gáldar ya no sean sus yacimientos arqueológicos, su historia o su paisaje.
Quizá sea esa pose institucional que desafía todas las leyes de la anatomía humana y consigue repetirse con una precisión milimétrica fotografía tras fotografía. Porque las farolas podrán fundirse algún día, las aceras volverán a levantarse y los bancos acabarán necesitando una mano de pintura. Lo único verdaderamente permanente parece ser esa extraordinaria capacidad para sujetarse las manos exactamente igual delante de una cámara, como si gobernar consistiera, sobre todo, en encontrar el ángulo perfecto para la fotografía.
Guayarmina Guanarteme
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