Antes de convertirse en cuero, esta piel tuvo una cabra dentro. La protegió del sol, del frío y de las piedras; sintió sobre ella la lluvia y seguramente se arañó alguna vez contra las tabaibas o las paredes de un corral. Durante años fue la frontera entre un animal y el mundo. Después llegaron unas manos, la separaron del cuerpo al que había pertenecido y comenzaron a prepararla para otra vida.
El hombre de la fotografía la sostiene abierta delante de sí. Todavía conserva una forma irregular que permite imaginar el animal del que procede, aunque ya no quede en ella movimiento alguno. Podría doblarla, cortarla o transformarla hasta hacer desaparecer casi por completo ese origen, pero mientras permanece así, extendida entre sus manos, resulta difícil contemplarla únicamente como un material. Hay algo en ella que continúa contando de dónde viene.
Quizá sea precisamente eso lo que hemos perdido: la cercanía con el origen de las cosas, porque utilizamos cuero sin pensar en la piel, comemos carne sin imaginar al animal, abrimos un grifo sin preguntarnos por el camino del agua, mordemos un pan del que apenas sabemos cuánto tiene todavía que ver con el trigo y compramos objetos cuya materia ha atravesado tantos procesos, intermediarios, envases, fábricas, fronteras y kilómetros que cuando finalmente llegan a nuestras manos ya no queda en ellos casi ningún rastro visible del lugar del que proceden ni de quienes hicieron posible que llegaran hasta nosotros.
Y así podemos comer papas cultivadas en un país que mata a otro, llenar el depósito con petróleo extraído de territorios donde caen bombas, cambiar de teléfono sin preguntarnos quién extrajo los minerales que contiene ni qué quedó alrededor de las minas, vestir una camiseta sin conocer las manos que la cosieron y sentarnos a desayunar sin saber prácticamente nada de cuanto tuvo que suceder para que todo aquello estuviera sobre la mesa, porque la distancia no solo nos ha separado del origen de las cosas, también nos ha permitido alejarnos de sus consecuencias.
Tal vez esa sea una de las grandes comodidades de nuestro tiempo: no necesitamos saber demasiado para consumir porque basta con que el pan aparezca cada mañana en el supermercado, las papas estén dentro de una malla, la gasolina salga del surtidor y el teléfono nuevo espere dentro de una caja impecable para que todo lo ocurrido anteriormente desaparezca de nuestra vista. El envase —con sus etiquetas en letra pequeña que enumeran calorías, grasas y omegas no sé cuántos— no nos cuenta nada de quién trabajó, cuánto cobró, qué tierra se agotó, qué agua se contaminó, qué bosque desapareció, qué manos cobraron una miseria o qué guerra permitió mantener abierto un pozo al otro lado de algún estrecho cuyo nombre solo recordamos cuando sube la gasolina; tampoco necesitamos que lo cuenten, porque hemos conseguido que los productos lleguen hasta nosotros convenientemente separados de aquello que podría incomodarnos, limpios de tierra, de sangre, de explotación, de distancia y, finalmente, limpios de biografía.
Pero no siempre fue así. Cuando obtener algo costaba esfuerzo, había buenas razones para aprovechar cuanto pudiera seguir siendo útil. Una cabra podía proporcionar leche, queso y carne, pero también una piel capaz de continuar sirviendo después de que el animal hubiera desaparecido. Curtirla era impedir que se pudriera, detener de alguna manera el proceso natural que habría terminado devolviéndola a la tierra y concederle otra utilidad. Nada había de romántico en ello. Era, sencillamente, una forma de entender que lo que había costado criar, alimentar y cuidar no debía desperdiciarse con facilidad.
El hombre no sostiene solamente una piel. Entre sus manos mantiene visible una manera de relacionarnos con las cosas que hemos ido alejando de nuestra vida cotidiana. La piel ya no protege a la cabra. Pero tal vez siga protegiéndonos de algo: de esa cómoda inocencia que consiste en creer que las cosas empiezan a existir justamente en el momento en que llegan a nuestras manos.
Eduardo González
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