¿Existe realmente una Gáldar a dos velocidades?
Este artículo nace, sobre todo, de conversaciones. De esas que uno va teniendo cualquier día con personas de diferentes lugares de Gáldar, muchas veces hablando de cosas aparentemente pequeñas, pero que después se te quedan dando vueltas en la cabeza porque empiezas a escuchar sensaciones parecidas en sitios diferentes.
Desde hace algún tiempo me ocurre con una idea que aparece con cierta frecuencia. No siempre se expresa de la misma manera, ni seguramente todos la compartan, pero el fondo termina siendo parecido: hay vecinos que sienten que no toda Gáldar avanza a la misma velocidad.
Uno me habla de una mejora que lleva años esperando en su calle; otro, de un punto de luz que ha solicitado varias veces porque hay una zona que por la noche queda prácticamente a oscuras. Otro me comentaba hace poco el estado de unos contenedores de su calle, deteriorados y rajados, y no me hablaba solamente de los olores, sino de algo que me llamó bastante más la atención: la sensación de abandono que, según él, termina dando el lugar donde vive.
Son cosas pequeñas, podríamos pensar. Pero cuando empiezas a juntar unas conversaciones con otras, creo que merece la pena preguntarse si realmente lo son.
Porque sería injusto negar la enorme transformación que ha experimentado Gáldar durante los últimos cuarenta años. Nuestra ciudad ha cambiado muchísimo, con distintos alcaldes, distintos gobiernos y, sobre todo, con generaciones de galdenses que han contribuido a construir la Gáldar que tenemos hoy. Se han creado servicios, construido infraestructuras, recuperado espacios y puesto en marcha proyectos que forman parte ya de nuestra identidad. Y yo quiero que eso continúe, que sigamos haciendo obras, generando actividad, recuperando espacios y teniendo ambición como municipio. Pero reconocer todo eso no debería impedirnos escuchar a quienes sienten que esa transformación no ha llegado de la misma manera hasta la puerta de su casa.
Una conversación creo que resume bastante bien lo que intento explicar. Un señor de uno de nuestros barrios de costa me hablaba de Gáldar en Flor y de lo bonita que luce la Calle Larga esos días. A él también le gustaba, pero me contaba que la pequeña zona ajardinada de su barrio llevaba tiempo necesitando atención y que, cuando veía todas aquellas flores, pensaba en lo bonito que sería que una parte de aquel cuidado llegara también hasta allí.
Aquello se me quedó dando vueltas porque a mí también me gusta Gáldar en Flor. Me gusta ver la Calle Larga llena de flores, de gente y de actividad, y me gusta además lo que representa. La celebración actual bebe de una tradición que comenzó impulsada por un gobierno municipal socialista, en una época en la que el cultivo de flores tenía un peso importante en Gáldar y daba trabajo a muchas familias. Aquella exposición servía para embellecer nuestras calles, pero también para mostrar y poner en valor algo que se producía aquí. Con los años ha evolucionado y ha sabido mantenerse, y creo que es una de esas iniciativas que merece la pena conservar. Por eso. aquel señor no me estaba diciendo que quisiera menos flores en la Calle Larga. Lo que quería era sentir también ese cuidado y ese mimo en el lugar donde vive.
Porque nuestra calidad de vida no depende solamente de las grandes infraestructuras o inversiones. También depende de poder caminar con seguridad por una acera, de tener una calle bien iluminada, de que los contenedores estén en condiciones, de encontrar cuidado el parque al que llevamos a nuestros hijos o de poder sentarnos en una plaza agradable cerca de casa. Son actuaciones que probablemente nunca tendrán una inauguración ni ocupan grandes titulares, pero para quien convive con ellas todos los días pueden ser tan importantes como cualquier gran proyecto.
Y quizás sea ahí donde empiezo a entender esa expresión de una Gáldar a dos velocidades que escucho de vez en cuando. No necesariamente como una cuestión de cuánto dinero se invierte en un sitio y cuánto en otro, sino como una sensación mucho más cotidiana: cuánto siento que se cuida mi entorno, cuánto tarda en llegar una respuesta cuando planteo una necesidad y qué veo que ocurre en otros lugares mientras sigo esperando.
Tampoco quiero caer en algo tan simple como enfrentar el casco con los barrios. No creo que esa sea la discusión. El casco tiene una función comercial, administrativa, cultural y turística que genera unas necesidades determinadas, igual que cada barrio tiene su identidad, sus prioridades y su realidad. Ni todos necesitan lo mismo ni tendría sentido pretender repartir cada inversión o cada actividad por igual.
La pregunta que me hago es bastante más sencilla: ¿estamos consiguiendo que todos los vecinos sientan que forman parte de la misma Gáldar que avanza?
No tengo una respuesta cerrada, ni quiero convertir una percepción en una verdad absoluta. Pero sí sé que esa sensación existe, porque aparece en conversaciones de aquí y de allá, en pequeñas demandas y en comparaciones que los propios vecinos terminan haciendo entre lo que ocurre alrededor de sus casas y lo que ven que sucede en otros lugares.
Porque al final una ciudad también se construye con una acera, con una luz, con unos contenedores en condiciones, con un parque cuidado o con ese pequeño jardín que alguien ve cada mañana cuando sale de su casa.
Abraham Ramos Viera





























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