Imagen Aviación DigitalHan pasado dieciocho años desde aquel 20 de agosto de 2008 en el que el vuelo JK5022 de Spanair despegó del aeropuerto de Madrid-Barajas con destino a Gran Canaria y nunca llegó. A bordo viajaban 172 personas. Murieron 154. Sobrevivieron 18. Pero ninguna cifra alcanza para explicar del todo lo que ocurrió aquella tarde.
Porque una tragedia así no cabe en un número.
Detrás de cada víctima había una vida entera. Una familia esperando. Una casa que quedó en silencio. Una maleta que no se deshizo. Una llamada que nunca llegó. Una silla vacía. Un proyecto pendiente. Un regreso interrumpido.
El JK5022 no fue solo un accidente aéreo.
Fue una fractura emocional para Canarias.
Gran Canaria esperaba aquel avión como se esperan tantos vuelos en las islas: con normalidad, con rutina, con abrazos preparados, con gente mirando paneles de llegadas, con familiares calculando la hora de salida del aeropuerto, con la confianza cotidiana de que quien sube a un avión volverá a pisar tierra.
Pero aquel día la normalidad se rompió.
Y cuando una isla pierde a tantos de los suyos en una misma tragedia, el dolor deja de ser privado para convertirse en memoria colectiva.
Durante años, las familias han tenido que sostener algo que ninguna familia debería cargar sola: el duelo, la búsqueda de respuestas, la lucha por la verdad, la exigencia de responsabilidades y la necesidad de que lo ocurrido no se pierda entre expedientes, informes, aniversarios y silencios institucionales.
Porque recordar no es solo llevar flores.
Recordar es exigir que la memoria sirva para algo.
Las víctimas del JK5022 no pueden quedar encerradas en una ceremonia anual ni en una frase repetida cada agosto. Su recuerdo debe convertirse en compromiso con la seguridad aérea, con la transparencia, con la investigación independiente y con el trato digno a las familias. Una sociedad madura no mide su respeto a las víctimas solo por la emoción del homenaje, sino por su capacidad de aprender de lo sucedido.
El dolor necesita verdad.
Y la verdad necesita instituciones que no miren hacia otro lado.
La Asociación de Afectados del Vuelo JK5022 ha mantenido durante todos estos años una lucha admirable. No una lucha sencilla, ni cómoda, ni rápida. Una lucha nacida del sufrimiento, pero también de una convicción profunda: que las 154 personas fallecidas no podían quedar reducidas a una estadística de la aviación española.
Sus familias han pedido verdad, justicia, reparación y memoria.
Han pedido algo elemental: saber, comprender, depurar responsabilidades y conseguir que volar sea más seguro para todos. Porque cada avance en seguridad, cada cambio en los protocolos, cada mejora en la investigación de accidentes y cada reconocimiento público no devuelve a quienes se fueron, pero puede evitar que otras familias pasen por el mismo abismo.
Ahí está la importancia de mantener viva esta memoria.
No para quedarse atrapados en el dolor.
Sino para impedir que el dolor sea inútil.
En Canarias sabemos lo que significa depender del avión. Para quienes vivimos en islas, volar no es un lujo ni una aventura excepcional. Es una necesidad. Volamos para estudiar, trabajar, ir al médico, visitar a la familia, volver a casa, despedirnos, empezar de nuevo o simplemente conectar con el resto del mundo.
Por eso el accidente del JK5022 nos tocó tan dentro.
Porque no era un vuelo lejano.
Era uno de esos vuelos que podía haber cogido cualquiera. Un Madrid-Gran Canaria. Una ruta común. Una puerta de regreso. Una tarde que debía terminar con abrazos en el aeropuerto y terminó convertida en una de las páginas más dolorosas de nuestra historia reciente.
Cada aniversario nos obliga a mirar de frente.
A mirar a las familias.
A mirar a los supervivientes.
A mirar a quienes siguen viviendo con secuelas físicas, emocionales y vitales.
A mirar a quienes han tenido que reconstruirse con una ausencia clavada para siempre.
También nos obliga a mirar el papel de las instituciones, de las compañías, de los sistemas de control, de los protocolos y de todos los mecanismos que deben funcionar antes de que un avión levante el vuelo. Porque la seguridad aérea no puede depender de la suerte. Debe depender de una cadena rigurosa donde cada eslabón responda.
Cuando algo falla, no basta con lamentarlo después.
Hay que saber por qué falló.
Y hay que corregirlo.
El 20 de agosto ha sido reconocido como Día Nacional de las Víctimas de Accidentes Aéreos y sus Familias. Ese reconocimiento tiene valor porque amplía la memoria más allá del JK5022, pero nace inevitablemente de aquella tragedia. Nace de una lucha que empezó en el dolor de unas familias y terminó abriendo un espacio de dignidad para todas las víctimas de accidentes aéreos.
Pero un día nacional no debe ser una etiqueta más en el calendario.
Debe ser una llamada anual a la responsabilidad.
Una sociedad que recuerda bien no lo hace por costumbre. Lo hace para mantener despierta la conciencia. Para que los nombres no se borren. Para que las víctimas no desaparezcan detrás de informes. Para que los supervivientes no queden solos cuando se apagan las cámaras. Para que las familias no tengan que repetir eternamente que su dolor merece respeto.
Han pasado dieciocho años.
Para muchos, puede parecer mucho tiempo.
Para quienes perdieron a alguien, probablemente el tiempo no se mide igual. Hay fechas que no avanzan. Hay días que vuelven completos. Hay aniversarios que no son pasado, sino presente repetido. Hay heridas que aprenden a convivir con la vida, pero no desaparecen.
Por eso conviene ser cuidadosos.
No hablar del JK5022 como si fuera solo “aquel accidente”.
No convertirlo en una efeméride fría.
No dejar que el paso de los años rebaje la importancia de lo ocurrido.
Aquel vuelo nunca llegó a Gran Canaria, pero sigue llegando cada agosto a la memoria de Canarias.
Llega en forma de nombres.
De ausencias.
De flores.
De familiares que no se rinden.
De supervivientes que cargan con lo vivido.
De una sociedad que debería recordar mejor.
Y quizá esa sea la tarea que nos corresponde: no permitir que las 154 vidas se conviertan en una cifra repetida sin alma. Cada una tuvo una historia. Cada una dejó un hueco. Cada una merece ser nombrada, respetada y recordada con dignidad.
Canarias no puede olvidar aquel vuelo.
No por vivir anclada al dolor, sino por respeto a quienes no llegaron.
Porque hay aviones que terminan su ruta en un aeropuerto.
Y hay otros que, al no llegar nunca, quedan para siempre suspendidos en la memoria de un pueblo.
El JK5022 es uno de ellos.
Un vuelo que no llegó a Gran Canaria.
Pero que sigue obligándonos a mirar hacia la verdad, hacia la justicia y hacia una memoria que no debe apagarse.
Vidal Bolaños Betancort






























Normas de participación
Esta es la opinión de los lectores, no la de este medio.
Nos reservamos el derecho a eliminar los comentarios inapropiados.
La participación implica que ha leído y acepta las Normas de Participación y Política de Privacidad
Normas de Participación
Política de privacidad
Por seguridad guardamos tu IP
216.73.217.64