¿Qué es más importante, el qué o el quién?
Comienzo este artículo con una reflexión en alto: ¿Qué derecho se tiene a opinar de los demás? ¿Quién es nadie para juzgar a otra persona?
Escribir no convierte automáticamente a nadie en escritor, tampoco hace falta pretender serlo para poder compartir pensamientos, inquietudes o una opinión sobre aquello que ocurre alrededor. El simple hecho de ponerse delante de un teclado y tratar de plasmar lo que se piensa ya supone una manera de comunicarse con los demás. Como cualquier forma de comunicación, aquello que se escribe queda expuesto a que otras personas lo lean, lo compartan, discrepen o incluso lo rechacen.
Quien publica un artículo de opinión sabe que sus palabras quedan expuestas a la crítica y debe ser así. Una opinión no tiene por qué gustar a todo el mundo, ni todas las personas tienen que estar de acuerdo con aquello que leen. Se puede compartir una parte y discrepar de otra, cuestionar los argumentos, señalar errores, aportar otros datos o defender una posición completamente diferente. Todo eso forma parte del debate y también de una sociedad plural.
El problema aparece cuando se deja de hablar de lo escrito y se comienza a hablar de quien escribe. Es entonces cuando el continente empieza a pesar más que el contenido.
En ocasiones parece importar más quién firma un artículo, qué estudios tiene, cuál ha sido su trayectoria, cómo escribe o incluso qué herramientas utiliza que aquello que realmente está diciendo. Quizá ahí se esté perdiendo de vista lo verdaderamente importante. Si un artículo está equivocado, se puede explicar por qué; si un argumento no convence, se puede rebatir; si existe un dato incorrecto, se puede señalar y, si hay otra manera de entender una cuestión, se puede exponer. No debería ser necesario recurrir a cuestiones personales para intentar restar valor a lo que se ha escrito.
Tampoco debería confundirse formación con superioridad, ya que, una titulación universitaria proporciona unos conocimientos y habilita para determinadas profesiones, algo que merece todo el reconocimiento, pero el conocimiento también se adquiere con la experiencia, con los años, con la lectura, con el trabajo, con la curiosidad y con las ganas de seguir aprendiendo. Hay personas con una amplia formación académica que continúan aprendiendo cada día y personas que, sin una determinada titulación, han adquirido grandes conocimientos a través de otros caminos, por lo que ambas maneras son legítimas.
Lo mismo ocurre con la escritura, nadie empieza sabiendo y la manera de redactar también evoluciona con el tiempo: se aprende, se cometen errores, se corrigen y se continúa. Quien lleva años escribiendo puede mirar atrás y comprobar que su manera de redactar no es la misma que al principio, esto también forma parte del aprendizaje y de entender que nunca se termina de aprender.
Para quien no lo sepa, escribir y publicar artículos no es algo que haya aparecido con la llegada de la inteligencia artificial, esto viene de mucho antes de estas herramientas ya había personas escribiendo y buscando su propia manera de expresarse. Hoy existen nuevas posibilidades y cada persona decide cómo utilizarlas, pero cuando se valora un texto, lo importante debería seguir siendo aquello que se cuenta, aquello que se argumenta y lo que se quiere transmitir.
Los artículos están hechos para ser leídos y, precisamente por eso, están abiertos a la crítica, además, una buena crítica puede hacer pensar, aportar otra perspectiva e incluso ayudar a quien escribe a darse cuenta de algo que no había tenido en cuenta. La crítica no debería ser entendida como un ataque, pienso que el problema no está en criticar, sino en aquello que se decide criticar.
La vida privada, la personalidad, las circunstancias personales o cualquier otro aspecto que no tenga relación con el artículo deberían quedar fuera del debate. Si se quiere rebatir una opinión, debería haber argumentos suficientes dentro del propio texto para hacerlo, si una información no es correcta, se puede aportar otra, si un argumento no convence, se puede explicar por qué.
Cuando para desacreditar un relato se necesita hablar de quien lo escribe, quizá habría que preguntarse si realmente se está criticando el contenido o simplemente se está intentando desacreditar a la persona. No es lo mismo decir que un artículo está mal planteado que decir que quien lo escribe no tiene capacidad para hacerlo, no es lo mismo rebatir una idea que poner en duda a la persona que la expresa.
En una sociedad que se considera plural, debería existir espacio para diferentes formas de pensar, distintas maneras de escribir y diferentes caminos para adquirir conocimientos. Por suerte para la sociedad, no todos tenemos la misma formación, ni hemos recorrido el mismo camino, pero precisamente esa diversidad debería ser una riqueza y no una razón para establecer categorías entre unas personas y otras.
Si se habla de un artículo, que se hable del artículo, si se habla de una opinión, que se debata la opinión, si se habla de un argumento, que se discuta el argumento, si existe un error, que se señale y, si existe una visión diferente, que se exponga. El debate puede ser firme, incluso intenso, pero no debería ser necesario salir del propio contenido para convertir una diferencia de opinión en una cuestión personal.
Detrás de cada texto hay una persona, pero esa persona no debería convertirse en el contenido del debate simplemente por haber decidido compartir lo que piensa. Se puede estar completamente en desacuerdo con un artículo y, al mismo tiempo, respetar a quien lo ha escrito, se puede cuestionar una idea sin convertir la discrepancia en una cuestión personal.
Porque cuando el continente pesa más que el contenido, dejamos de preguntarnos qué se está diciendo y comenzamos a preguntarnos quién lo está diciendo, quizá ahí sea precisamente donde perdemos lo más importante: la oportunidad de valorar una idea por lo que realmente aporta y no por aquello que rodea a la persona que ha decidido compartirla.
Moisés Rodríguez Gutiérrez





























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