Gáldar como plató: el cine no debe venir solo a usar el paisaje
Gáldar ha vuelto a colocarse ante una mirada exterior. Esta vez no por una fiesta, una obra pública, una noticia política o una reivindicación vecinal, sino por el cine. El municipio ha sido escenario del rodaje de El último druida, una superproducción internacional protagonizada por Russell Crowe, con localizaciones como la Cantera de Santiago, Cueva Herrera y Botija.
La noticia tiene algo de orgullo legítimo. No todos los días una producción de esta dimensión elige rincones de un municipio del Norte de Gran Canaria para construir parte de su relato visual. Que una cámara internacional se detenga en Gáldar confirma algo que quienes viven aquí ya sabían: este territorio posee una fuerza cinematográfica extraordinaria.
Sus paisajes tienen carácter. No son planos neutros. La piedra, la costa, los barrancos, las cuevas, los espacios abiertos y esa mezcla de dureza y belleza que define muchos rincones galdenses ofrecen una potencia visual difícil de fabricar en un estudio. Gáldar tiene geografía, luz, textura y memoria. Tiene lugares que parecen contar algo incluso antes de que aparezca un actor en escena.
Pero precisamente por eso conviene mirar más allá del brillo de una estrella internacional o del entusiasmo inmediato que provoca saber que una película ha rodado en el municipio.
El cine puede ser una gran oportunidad.
Pero también puede convertirse en una visita fugaz si no se piensa con estrategia.
Que una superproducción llegue a Gáldar genera movimiento. Durante unos días se activan servicios, alojamientos, comercios, transporte, contratación auxiliar, permisos, logística y una cierta emoción colectiva. El rodaje deja consumo local, visibilidad mediática y la sensación de que el municipio forma parte de algo grande.
Todo eso importa.
El audiovisual es una industria con capacidad para generar economía, empleo y proyección exterior. Canarias lo sabe bien. La diversidad de paisajes, el clima, los incentivos fiscales y la experiencia acumulada han convertido a las islas en un territorio cada vez más atractivo para producciones nacionales e internacionales.
Gáldar puede y debe formar parte de ese mapa.
Pero la pregunta importante no es solo si el cine viene.
La pregunta es qué deja cuando se va.
Un rodaje no debería limitarse a ocupar un paisaje, filmar unas escenas y desaparecer. El territorio no puede ser tratado únicamente como decorado. Los lugares tienen vida antes de que llegue una cámara y la siguen teniendo después de que se apague el último foco.
Costa Botija, Cueva Herrera o la Cantera de Santiago no valen más porque aparezcan en una película. Su valor no nace de una producción extranjera, ni de un actor famoso, ni de una mirada que llega desde fuera. Ya eran importantes antes. Forman parte del paisaje emocional, geológico, histórico y cultural de Gáldar.
El riesgo está en confundir visibilidad con reconocimiento profundo.
Salir en pantalla puede dar prestigio, pero no garantiza respeto. Una localización puede hacerse famosa y, al mismo tiempo, no ser comprendida. Puede atraer curiosidad, visitas y fotografías, pero también presión, banalización o uso superficial si no se gestiona bien.
Por eso Gáldar necesita una estrategia audiovisual propia.
No basta con celebrar que una producción haya elegido el municipio. Hay que preguntarse cómo convertir esa presencia en una oportunidad sostenida. Eso implica cuidar las localizaciones, proteger los entornos sensibles, ordenar los permisos, generar información clara, formar profesionales locales y vincular el cine con la cultura, el turismo y la educación.
Si Gáldar quiere consolidarse como plató natural, debe hacerlo sin perder el control de su relato.
El cine puede mirar el territorio, pero el territorio también debe saber cómo quiere ser mirado.
No es lo mismo aparecer como paisaje exótico que aparecer como municipio con identidad. No es lo mismo servir de fondo para una historia ajena que aprovechar esa historia para fortalecer una narrativa propia. No es lo mismo que una película use un lugar que conseguir que ese uso revierta de alguna manera en la ciudadanía.
Ahí está el reto.
Un rodaje internacional puede abrir puertas, pero esas puertas deben conducir a algo más que a una anécdota. Sería interesante que Gáldar pudiera crear rutas audiovisuales, materiales divulgativos, archivo de rodajes, formación para jóvenes interesados en el sector, acuerdos con productoras para prácticas, actividades en centros educativos y estrategias de promoción que conecten cine, patrimonio y paisaje.
El municipio tiene talento joven, fotógrafos, creadores, actores, músicos, técnicos, escritores y personas vinculadas a la cultura que podrían encontrar en el audiovisual una posibilidad de futuro. Si las grandes producciones pasan por Gáldar, también debería pensarse cómo acercar esa industria a la gente de aquí.
Porque el cine no debe venir solo a llevarse imágenes.
Debe dejar conocimiento.
Debe dejar experiencia.
Debe dejar oportunidades.
También debe dejar cuidado.
Cuando una producción entra en espacios naturales o patrimoniales, la administración tiene que garantizar que todo se haga con respeto. La actividad económica no puede estar por encima de la protección del territorio. Gáldar no puede vender su paisaje como si fuera infinito, sustituible o ajeno a la vida de sus vecinos.
Un municipio con tanta memoria debe ser especialmente prudente.
La imagen de Gáldar tiene valor, pero su dignidad tiene más.
El paisaje galdense no es una mercancía disponible sin condiciones. Es una herencia común. Es parte de la identidad de quienes han crecido mirando esas costas, esas piedras, esos caminos y esos silencios. Por eso cualquier uso audiovisual debe equilibrar promoción y respeto, economía y conservación, apertura y control.
El cine puede ser aliado si se integra con inteligencia.
Puede ayudar a que muchas personas descubran lugares que desconocían. Puede generar orgullo. Puede atraer visitantes interesados en ver dónde se rodaron determinadas escenas. Puede situar a Gáldar en mapas culturales más amplios. Puede incluso inspirar a jóvenes del municipio a imaginarse trabajando en una industria creativa.
Pero para eso hace falta planificación.
Hace falta visión.
Hace falta que Gáldar no se conforme con ser un escenario bonito.
La llegada de El último druida a Gáldar debe celebrarse, sí. Sería absurdo negar la importancia de que una producción internacional haya elegido localizaciones del municipio para formar parte de su universo cinematográfico. Hay motivos para sentir orgullo.
Pero el orgullo no debe quedarse en la superficie.
Una vez que las cámaras se marchan, queda la pregunta esencial: ¿qué hacemos ahora con esa oportunidad?
Gáldar puede dejar que el rodaje sea una noticia pasajera, recordada durante unos días y luego sustituida por otra actualidad. O puede convertirlo en un punto de partida para pensar una estrategia audiovisual más ambiciosa, más respetuosa y más útil para el municipio.
El cine necesita paisajes.
Gáldar los tiene.
Pero Gáldar necesita algo más que ser mirado.
Necesita ser comprendido.
Necesita que quienes vengan a filmar sepan que están entrando en un territorio con historia, con sensibilidad, con barrios, con memoria y con identidad propia. Necesita que sus espacios no sean tratados como fondos vacíos, sino como lugares con significado. Necesita que la ciudadanía pueda sentirse parte de esa proyección y no simple espectadora de algo que ocurre a su alrededor.
Un paisaje puede salir en pantalla.
Puede impresionar al público.
Puede viajar por el mundo a través de una película.
Pero un pueblo necesita salir también con dignidad.
Esa es la clave.
Gáldar no debe conformarse con aparecer en una superproducción. Debe preguntarse qué relato quiere proyectar de sí misma. Debe decidir si quiere ser solo una localización más o un municipio capaz de convertir el cine en cultura, economía, formación, memoria y futuro.
Porque el verdadero éxito no será que una cámara internacional haya pasado por Botija, Cueva Herrera o la Cantera de Santiago.
El verdadero éxito será que, después del rodaje, Gáldar se mire a sí misma con más conciencia de su valor.
Que cuide mejor sus paisajes.
Que aproveche mejor sus oportunidades.
Que forme a su gente.
Que proteja su identidad.
Que entienda que su belleza no empieza cuando alguien viene de fuera a filmarla.
La belleza ya estaba allí.
El reto, ahora, es no dejar que otros la usen sin que el pueblo aprenda también a contarla.
Vidal Bolaños Betancort





























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