La grieta
Estos días, mientras camino por los Dolomitas, he tenido ganas de llamar a casa. Quizá por eso he vuelto a acordarme de él. Lo conocí hace años, en unas jornadas de biogeografía en la sierra del Teleno, en la Maragatería. Él era profesor en una universidad de Barcelona y tenía una reputación que parecía acompañarlo como una segunda piel: serio, estricto, exigente. Caminaba más que nadie, a pesar de su edad. Sabía de plantas como probablemente nadie que yo haya conocido. Pasábamos los días recorriendo la montaña. Hacíamos inventarios de vegetación, transectos, dibujos, recogíamos plantas que no sabíamos identificar para buscarlas después en los libros. Por las tardes, en el trabajo de gabinete, ordenábamos las notas, discutíamos hipótesis y tratábamos de entender aquel paisaje. Él tutelaba mi grupo. Confieso que aprendimos mucho. Y también que le teníamos respeto. Pero había algo que yo esperaba cada tarde. En aquella sala había un teléfono que permitía hacer llamadas al exterior. Mientras nosotros seguíamos trabajando, él se levantaba y llamaba. Y entonces ocurría algo. Aquel hombre severo, infatigable, casi inaccesible, desaparecía para convertirse en otro. Se sentaba. Cruzaba los pies. Se echaba hacia atrás. Sonreía. No era la sonrisa del profesor. No era la sonrisa del académico, ni la que pudiera ofrecer en un congreso o delante de sus alumnos. Era una sonrisa distinta. Una sonrisa privada. Una sonrisa destinada únicamente a alguien que estaba al otro lado de la línea. A veces se inclinaba hacia delante y cubría el auricular con la mano mientras hablaba en voz baja. No quería que escucháramos aquellas palabras. Ni siquiera que pudiéramos leerlas en sus labios. Yo lo observaba en silencio. Nunca supe quién estaba al otro lado. Una mujer. Un hijo. Un hermano. Alguien a quien quería. Alguien que estaba lejos. No lo sé. Y con los años he comprendido que tampoco necesito saberlo. Porque aquella persona, fuera quien fuese, conseguía algo extraordinario. Leonard Cohen escribió: «Hay una grieta en todo, así es como entra la luz». Quizá aquella llamada era la grieta del profesor. Por ella entraba todo lo que durante el resto del día parecía mantener a raya: la ternura, el afecto, la preocupación, el deseo de escuchar y ser escuchado. Allí, al otro lado de una línea telefónica, había alguien capaz de devolverle durante unos minutos una humanidad que nosotros apenas conseguíamos ver. A veces pienso que aquella fue la lección más importante de aquellas jornadas. No aprendí solamente a reconocer plantas, a hacer transectos o a interpretar un paisaje. Aprendí algo sobre las personas. Aprendí que nunca conocemos del todo a alguien. Que detrás de la severidad puede haber ternura. Que detrás de un carácter aparentemente impenetrable puede existir un mundo entero que solo se muestra ante una persona determinada. Que incluso quienes parecen más duros tienen una puerta. Solo hay que saber cuándo se abre. Han pasado muchos años y sigo sin saber quién estaba al otro lado de aquel teléfono. Pero mientras camino estos días por los Dolomitas, lejos de aquella montaña y de aquella sala, vuelvo a imaginar al profesor sentado, con los pies cruzados, la espalda relajada y una sonrisa que nosotros no conocíamos. Y siento admiración por aquella persona desconocida. Porque quizá no necesitó hacer nada extraordinario. Simplemente estar al otro lado de la línea. Y eso bastaba para que entrara la luz.
Javier Estévez





























Normas de participación
Esta es la opinión de los lectores, no la de este medio.
Nos reservamos el derecho a eliminar los comentarios inapropiados.
La participación implica que ha leído y acepta las Normas de Participación y Política de Privacidad
Normas de Participación
Política de privacidad
Por seguridad guardamos tu IP
216.73.217.31