Gentes e Historia

Témpano: la música que salió del Instituto de Agüimes y no se derritió en treinta y dos años

El grupo canario surgió en los años setenta a partir de la amistad y el amor por la música entre jóvenes estudiantes, superando desafíos y consolidándose como referente cultural durante más de tres décadas.

Juan Vega Romero Miércoles, 19 de Agosto de 2026 Tiempo de lectura:

Portada del primer disco de Témpano, "Creció la Mar" (1984), editado por el Centro de la Cultura Popular Canaria.

 

La guagua de Agüimes a Ingenio hacía el mismo recorrido cada tarde. Lleno de estudiantes que volvían del instituto, de libros bajo el brazo, de ganas de llegar a casa. Pero había unos cuantos que no se bajaban del todo. Se quedaban en algún callejón o en algún patio, en cualquier rincón donde cupiera una guitarra y donde nadie les dijera que callaran. Cantaban música sudamericana, José Larralde, Jorge Cafrune, esa música de tierra quemada que llegaba desde el otro lado del Atlántico, y lo hacían con una seriedad que no correspondía a su inexperiencia.

 

No eran un grupo. No tenían nombre. Eran solo amigos del instituto de Agüimes que compartían algo más que el mismo trayecto de vuelta: compartían un apellido. Hernández. Y un día, entre risas de pasillo, alguien dijo lo evidente: "Somos Hernández, pues ya está". Así nació lo que al principio no pretendía ser nada más que eso: unos chicos con una guitarra y ganas de cantar.

 

Eso fue a caballo entre finales de 1971 y comienzos de 1972. Cuatro años después, en el verano de 1976, en el municipio de Ingenio, nacería Témpano. Un grupo que, durante treinta y dos años, le daría a Ingenio mucho más de lo que Ingenio, con el tiempo, le devolvería.

 

Los Hernández: El germen (1972)

 

A caballo entre finales de 1971 y comienzos de 1972, en Ingenio, un grupo de jóvenes con ganas de cantar formó lo que la prensa local llamaría el "Grupo Hernández" o, simplemente, "Los Hernández". Lo integraban los hermanos Amada y Armando Hernández Matos, Manuel Hernández Valerón y Quico Espino Sánchez, a quienes pronto se sumarían Suso Alonso y Antonio Acosta. En el verano de 1972, con apenas seis meses de existencia, Los Hernández se presentaron a un concurso de aficionados que organizaba Radio ECCA, la emisora cultural de Las Palmas. Se llamaba "Canción y Amistad". Seis meses de eliminatorias, de voces anónimas compitiendo desde salones de actos y garajes. Los Hernández llegaron a la final. El 29 de junio, en el salón de actos del colegio San Ignacio de Loyola, compartieron escenario con nueve grupos más. Frente a ellos estaban "Los Yucos" y el "Grupo Reflejos", ambos profesionales según se rumoreaba. Los Hernández, que no eran más que unos jóvenes de un pueblo pequeño, se clasificaron en un brillante tercer puesto con dos canciones: "¿Quién?" y "Samba".

 

No ganaron, quedaron terceros, pero quienes los escucharon, en directo por la mañana, en diferido por la tarde, no olvidaron aquellas voces. El periódico local lo dijo sin ambages: sencillamente admirable. Y añadía algo que hoy suena a profecía: Confiamos en que vais a continuar, sin desfallecimiento, por el camino emprendido, para alegría y orgullo de nuestro Ingenio entrañable.

 

Meses después, en Teror, vivieron una noche que no olvidaron. El quinteto local Los Hernández, como los llamó entonces la prensa, acudió al Festival Terry del Pabellón Victoria, con la promesa de un sorteo de cinco premios y un ambiente de fiesta popular. La realidad fue otra. Preguntada por el corresponsal, Amada Hernández no se guardó nada: fue, dijo, “una reunión, que no festival, a estilo oeste americano donde sólo faltaron los clásicos disparos de los revólveres y fusiles”. El acto empezó media hora tarde. El sonido, con un solo micrófono en condiciones cuando hacían falta al menos tres, se perdía entre un público que gritaba y silbaba sin descanso. “No se les oía, sino lo que es peor, se les apostrofaba con los clásicos e inelegantes gritos de: ¡Fuera!”, relató. Uno de los componentes de otro conjunto invitado, “Los Guanijai”, respondió a los abucheos con una réplica que Amada recordaba entre risas: “Fuera, no. Nos han pagado para hacerlo dentro. Si quiere, luego, cantaremos fuera”. Los Hernández no llegaron a completar su actuación: tras el segundo número, con dos canciones aún pendientes, decidieron marcharse del escenario. La noche terminó de madrugada, varados frente al teatro, hasta que un familiar de Amada pasó por casualidad y los llevó de vuelta a casa. “Bochornoso e intolerable”, lo calificó la propia Amada. Pero no se rindieron. Teror no los mató. Los endureció.

 

Témpano: El hielo que no se derrite (1974)

 

Entre 1972 y 1976, España cambió. Franco murió en noviembre de 1975. El país que había conocido cuarenta años de dictadura despertaba a un presente incierto. La Transición avanzaba a pasos tambaleantes: elecciones, partidos legales, una Constitución que aún no existía. En Canarias, la emigración masiva había vaciado pueblos enteros. El turismo empezaba a transformar la costa. Y en los institutos, los jóvenes leían a Lorca, a Machado, a Neruda, en libros que antes habían estado prohibidos o escondidos.

 

En ese contexto, Los Hernández crecieron. Dejaron de ser chicos del instituto. Incorporaron nuevas voces, nuevos instrumentos, nuevas ambiciones. El apellido que los unía al principio ya no era suficiente para definir lo que habían construido. Necesitaban un nombre que dijera quiénes eran, no de dónde venían.

 

Ese nombre llegó en el verano de 1976, en Tamadaba, durante un campamento de estudiantes de Magisterio. Allí, entre los pinos y las noches frías del noroeste de Gran Canaria, interpretaron canciones con letras del Romancero Gitano de Federico García Lorca. Alguien miró hacia arriba, hacia el cielo despejado de la cumbre, y dijo una palabra: Témpano.

 

No era solo una metáfora del frío. Era una declaración de intenciones. Un témpano es hielo que viaja y resiste, y no se derrite aunque el mundo alrededor cambie de temperatura. En 1976, en una España que todavía temblaba, elegir un nombre de hielo era elegir resistencia. Era decir: nosotros no nos derretimos cuando otros se derriten.

 

El grupo se formó con maestros. Todos maestros. Rafael Estupiñán, Juan Ramón Hernández, Vicente Rodríguez, Pancho Hernández, Armando Hernández, Conchi Ramírez, Lali Pérez, Manolo Valerón, Suso Alonso, Quico Espino. Eso era el principio. Después llegó una voz femenina que se incorporó cuando se compuso La Tierra de Alvargonzález y que durante treinta y dos años compartió escenario con el grupo.

 

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Primera actuación de Témpano: presentación del grupo en el casino de Ingenio.

 

Un estilo que nadie enseñó

 

Cuando Témpano se formó en 1976, la idea era versionar canciones. Pero componer resultaba más fácil que aprender las de otros. Así que Témpano nunca tuvo un repertorio ajeno. Sus canciones eran originales, con letras de los grandes poetas que leían en el instituto: Antonio Machado, Pablo Neruda, Federico García Lorca. Esos eran los libros que tenían. Basándose en esos textos, componían.

 

Por eso la música de Témpano no era pachanguera ni de bailar. Era otra cosa. Se sabe que en uno de sus discos hay tres canciones seguidas que son tristes. La primera habla de que apresan a alguien, la segunda de que lo matan, la tercera de que lo entierran. Como se ve, no puede ser un fandango.

 

Nadie enseñó a hacer juegos de voces. Nadie enseñó a orquestar. Todo fue descubrimiento propio, ensayo y error, curiosidad. Se sabe que en el grupo se decía que jamás se hacía música para nadie, solo para lo que gustaba. Pero lo que gustaba dentro resultó que gustaba fuera. Y así, sin pretenderlo, Témpano construyó un estilo que era inconfundible.

 

Pasaron muchos miembros por el grupo. Doce, en algún momento. Pero el sonido era siempre el mismo. Da igual que existieran unas personas u otras: el estilo, la forma y el sonido eran siempre los mismos. Porque Témpano, en el fondo, era una idea hecha colectiva. Y esa idea tenía una seña de identidad que no dependía de quién la ejecutara.

 

La mujer que aglutinaba el ritmo

 

La voz femenina que se incorporó después, Amada Hernández, no era una voz más. Era la percusión, el latido, la parte del cuerpo del grupo que mantenía el pulso. Era capaz de manejar tantísimos instrumentos, de explicar todas las canciones, de aglutinar con el ritmo todo lo que el grupo hacía. Sus compañeros recordaban que era impresionante ver cómo una mujer, que parece que no estaban acostumbrados a ver en ese papel, dominaba la percusión con tal naturalidad.

 

Treinta y dos años. Eso duró la aventura. De hermanos a compañeros, de compañeros a músicos, de músicos a algo que ya no sabían definir pero que sabían que no volvería.

 

Cinco discos y una invitación que no olvidan

 

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Componentes del primer disco de Témpano, con textos de Francisco Tarajano y música de Armando Hernández Matos.

 

Témpano grabó cinco discos. El primero, Creció la Mar (1984), con letras de Francisco Tarajano, un autor de la guerra civil y la canariedad. Lo hicieron por medio del Centro de la Cultura Popular Canaria, grabando en Tenerife. Pagaban ellos, y entre el hotel y el resto de la intendencia, moverse no era fácil. Era 1984. Un grupo de Gran Canaria grabando en Tenerife. Casi patrimonio cultural.

 

Después vinieron La Tierra de Alvargonzález (1985-86), Romance de la Guardia Civil Española (1986), Sembrando Historia (1989) y El Ingenio le dio el nombre (1995). Compartieron escenario con Los Panchos, Mestisay, Taburiente, Los Sabandeños. Pero hubo un momento que se recuerda con especial emoción: el Séptimo Festival de Los Sabandeños, donde Témpano representó a Canarias ante Argentina, el País Vasco, España. Que te inviten los Sabandeños, habiendo bastantes grupos, era un reconocimiento. Se sabe que estaban en lo mejor de su época a nivel vocal. También ganaron un festival en Guía con una canción propia, "Y vivirán".

 

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Con estos componentes se ganó el festival de Guía con la canción "Y Vivirán".

 

Al día siguiente, en el Teatro Leal de San Juan de la Rambla, cerraron la gira. La actividad era meteórica. Actuaban hoy, mañana en otro sitio, pasado en otro más. Y todos eran maestros, con profesiones que atender, con permisos que pedir, con vidas que compaginar. Muchas de las grabaciones las hacían siempre en Semana Santa. Pero en las invitaciones especiales había que pedir permiso a los trabajos. Eran dos días, tres días que había que hacerlo. Y se hacía. Muy a gusto.

 

Voces que faltan

 

Este relato no está completo. Han pasado muchos músicos por Témpano, doce, en algún momento y no todos han tenido voz aquí. Faltan quienes llegaron después, quienes vivieron la etapa de consolidación, quienes estuvieron en los últimos años antes de que el hielo decidiera, finalmente, tocar tierra.

 

Faltan las memorias de quienes no eran Hernández pero se convirtieron en Témpano. De quienes aprendieron el repertorio en ensayos que no se han documentado. De quienes subieron a escenarios que no aparecen en los periódicos. De quienes, simplemente, estuvieron allí.

 

Este artículo es una invitación a que esas voces completen lo que aquí falta. Porque Témpano no fue de unos pocos. Fue de todos los que, en algún momento, decidieron que la poesía de Lorca, la memoria de Tarajano y la voz de una mujer con pandereta en la mano valían la pena ser escuchadas.

 

Y hay algo más que falta, algo que duele más que cualquier laguna documental. Uno de las componentes de Témpano lo dijo sin rodeos: en todos estos años, a nivel local, el grupo nunca recibió ningún reconocimiento ni ningún homenaje. Treinta y dos años cantando la historia de su pueblo, llevando a Lorca y a Tarajano a escenarios de toda la isla, representando a Canarias ante Argentina y el País Vasco en el festival de Los Sabandeños, y ni una placa, ni un acto, ni una calle. Los maestros que fueron Témpano educaron a generaciones enteras de Ingenio, muchas veces sin cobrar, siempre con ese carácter altruista que todavía se recuerda. Y el pueblo, ese mismo pueblo al que tantas veces cantaron, nunca les devolvió el gesto. Cincuenta años después, este artículo no puede repararlo, pero sí puede nombrarlo, y nombrarlo, a veces, es el primer paso para que deje de ser invisible.

 

El himno que queda

 

Témpano acabó. Las cosas tienen su época. Pero antes de desaparecer, dejó algo que todavía resuena: el himno del Festival Internacional de Folclore Villa de Ingenio, "Cantar la Vida". Quienes colaboraron con el grupo lo recuerdan con gratitud: siempre trabajó con ellos sin ningún interés dinerario, con un carácter totalmente altruista.

 

Y se valora algo que define al espíritu del grupo: grandes dosis de seriedad, rigor, conocimiento y compromiso. Pero sobre todo, una gran capacidad de trabajo y de análisis a nivel grupal, donde era capaz de seleccionar lo mejor de cada uno y ponerlo en favor de la colectividad.

 

Lo que queda, cincuenta años después

 

Hoy, cuando se habla de música reivindicativa en Canarias, pocos recuerdan que en Ingenio, hace ahora cincuenta años, en el verano de 1976, cuando Franco llevaba apenas ocho meses muerto y el país todavía no sabía si sería capaz de democratizarse sin romperse, hubo unos chicos que salieron del instituto de Agüimes con una guitarra y un apellido en común. Que se llamaron a sí mismos Los Hernández sin saber que estaban fundando algo. Que quedaron terceros en un concurso de radio y se fueron indignados de un festival mal organizado. Que aprendieron, en el camino, que la música exige respeto.

 

Y que, desde el frío de Tamadaba, eligieron un nombre que los definía: Témpano.

 

Porque en los años en los que todo parecía derretirse, la dictadura recién extinguida, el miedo que persistía, el silencio que costaba romper, ellos decidieron no hacerlo. Ni cuando el calor de la política lo quemaba todo, ni cuando la moda musical cambiaba a su alrededor. Duraron treinta y dos años. Doce componentes pasaron por el grupo. Cinco discos. Un nombre que nadie en Ingenio ha olvidado.

 

Lo hicieron. Y todavía hoy, cincuenta años después, si se escucha con atención, se puede oír el eco de aquellas voces jóvenes que un día salieron del instituto de Agüimes para decirle a Ingenio, y a quien quisiera escuchar, que la poesía no muere si hay quien la cante.

 

Lo demás, los ensayos sin grabar, los villancicos que ya nadie canta, los nombres que este artículo no ha alcanzado a nombrar, sigue ahí, esperando que alguien lo pregunte. Por eso se escribe esto: no para cerrar la historia de Témpano, sino para que alguien, en algún patio de Ingenio, se anime a contar lo que falta.

 

Juan Vega Romero.

Fotografías cedidas por Armando Hernández Matos de su archivo personal.

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