Guía, una vara demasiado grande

Guayarmina Guanarteme

[Img #37008]Hay gestos que duran unos segundos y retratan una forma de ejercer el poder mejor que muchos discursos. El pasado 15 de agosto, Día Principal de las Fiestas de la Virgen de Guía, ocurrió uno de ellos. Precisamente cuando el municipio conmemora los 500 años de su vara de alcaldía, el alcalde decidió dar la espalda mientras se lanzaba una traca de voladores en honor a la Virgen. No fue un detalle sin importancia. Fue la manera elegida por el máximo representante municipal para mostrar públicamente su enfado porque se estaba incumpliendo una decisión de su propio Ayuntamiento.
 
Conviene dejar algo claro para no convertir este asunto en una pelea entre defensores y detractores de los voladores. El Ayuntamiento había emitido un bando prohibiendo su lanzamiento como medida de protección hacia las personas con hipersensibilidad sensorial y los animales. Si la parroquia decidió incumplir esa prohibición, debe responder por ello. Una tradición religiosa no está por encima de una norma municipal y, si hubo una infracción, corresponde investigarla y aplicar las consecuencias previstas. De lo contrario, los bandos municipales terminan siendo muy estrictos para unos y simples recomendaciones para otros.
 
Precisamente por eso cuesta entender todavía más la reacción del alcalde. Tenía motivos para estar enfadado y tenía, además, todos los instrumentos de una administración pública para responder. Podía solicitar informes, identificar responsabilidades y actuar al terminar la procesión. Lo que hizo fue algo bastante más elemental: darse la vuelta.
 
El problema no está en que el alcalde deba ser devoto de la Virgen de Guía. Puede ser creyente, ateo o indiferente. El problema es que aquel día no estaba allí únicamente como ciudadano. Llevaba una vara que representa a todo Guía, también a quienes piensan diferente a él. Y cuando se ocupa una Alcaldía hay momentos en los que uno tiene que aprender a tragarse el enfado, mantener las formas y comportarse como el adulto que dirige una institución.
 
Ahí está precisamente lo preocupante de aquella escena. Un alcalde no puede reaccionar ante una contrariedad como quien se enfada, cruza los brazos y decide que ya no quiere mirar. Gobernar exige bastante más madurez. Si cada vez que alguien desafía una decisión municipal la respuesta consiste en escenificar el enfado, sobran los despachos, los procedimientos administrativos y hasta la propia vara. Para mostrar una rabieta no hace falta ser alcalde.
 
Y todo esto sucede, para mayor contradicción, mientras Guía celebra cinco siglos de esa vara de alcaldía. Quinientos años deberían servir para recordar que la institución es mucho más grande que quien temporalmente la ocupa. La vara no pertenece al alcalde y mucho menos puede convertirse en la prolongación de su estado de ánimo.
 
La parroquia tendrá que explicar por qué se lanzaron los voladores si estaban prohibidos y el Ayuntamiento tendrá que demostrar que sus normas tienen consecuencias incluso cuando resulta incómodo aplicarlas. Pero nada de eso borra la responsabilidad política del alcalde por su comportamiento. Una cosa es ejercer autoridad y otra muy distinta escenificar un berrinche.
 
Si entiende que se equivocó, debería reconocerlo y pedir disculpas. No pasaría absolutamente nada. De hecho, admitir un error demostraría mucha más madurez que intentar justificar aquella escena. Pero si considera que dar la espalda fue una respuesta adecuada, que volvería a hacerlo y que así debe comportarse quien representa a Guía, entonces resulta legítimo preguntarse si la vara no le queda demasiado grande.
 
Porque Guía no necesita un alcalde que demuestre cuándo está enfadado. Necesita un alcalde que sepa qué hacer cuando lo está.
 
Guayarmina Guanarteme
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