¡Arriba las piernas!

Quico Espino

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El Sanatorio de Abona o de Abades, más conocido por la leprosería, está en el  sur de Tenerife, en el municipio de Arico, y es un complejo de casi cuarenta edificios abandonado, construido a principios de los años cuarenta del siglo pasado por José Enrique Marrero Regalado, una vez acabada la Guerra Civil Española. Con hospital, escuela, crematorio e iglesia, nunca llegó a inaugurarse a causa de una errónea orientación que hacía que los vientos favorecieran los contagios en vez de evitarlos.
 
Esto hizo que Sanidad traspasara la propiedad a Defensa, que lo utilizó para hacer maniobras de carácter militar durante años y luego todo el complejo fue comprado por una promotora italiana como escenario para rodajes. La apariencia de este conjunto formado por cerca de cuarenta edificios sin puertas ni ventanas ha ocasionado que en la actualidad sea un lugar atractivo para los grafiteros,
 
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… así como para los aficionados a la fotografía y amantes de los rituales, ya que hay rumores de que se dan presencias paranormales.
 
Yo estaba en quinto de carrera, en 1977, cuando, en primavera, creo que a principios de abril, fuimos tres amigos y yo al Porís de Abona una tarde de viernes con la idea de pasar allí el fin de semana. Dormimos esa noche en saco de dormir entre las barcas de la playa, mirando las estrellas y la luna que parecía llena, no sé si creciente o menguante, y al día siguiente desayunamos en un bar, en el que nos hablaron de la leprosería, que no andaba muy lejos, y donde había unas caletas de película.
 
Pues allá nos dirigimos, sin pensarlo dos veces, haciendo una parada para fumar con el sabor del café aún en el paladar. Después seguimos el camino, seco, árido, sin rastro de vegetación,  y, de repente, ante nuestra vista aparecieron estos pabellones
 
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…y esta iglesia con una cruz enorme en la parte superior.
 
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Nos miramos los cuatro. Nos dimos cuenta del asombro que nos embargaba, pues el panorama nos parecía fantasmagórico, y, entonces, uno de mis amigos, que estaba acabando Historia, se metió en la iglesia,
 
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… donde aún no se veía la mano del grafitero, y empezó a dar un discurso que en su momento había dado Felipe II, el Prudente, en el siglo XVI, centrado en pedir fidelidad y defensa de la fe católica a los cortesanos, y justo cuando estaba diciendo la frase que se le atribuye, tras la derrota de la Armada Invencible: “Yo envié a mis naves a pelear contra los hombres, no contra los elementos”, se presentó un hombre cargado con una escopeta diciendo: ¡Arriba las manos!

 

-¿Ustedes qué hacen aquí?
-Somos estudiantes. Vinimos de fin de semana.

 

Era el guardián del lazareto que, al final, devino amistoso y nos enseñó cientos de barcos distintos, globos aerostáticos, aviones y trenes hechos con palillos de dientes, lo cual daba buena cuenta de lo solo y aburrido, pero entretenido, que se encontraba aquel hombre, y luego nos enseñó una playa fantástica y chiquitita con cueva y todo, donde pasamos la noche del sábado.

 

Antes de dormirnos, cada uno en su saco, nos pusimos a repasar el día que habíamos vivido y los cuatro estuvimos de acuerdo en que el susto que nos llevamos cuando el guardián nos dijo: ¡arriba las manos! fue lo que más nos impactó y por eso, con el cachondeo que se creó entre nosotros en la antesala del sueño, a mí se me ocurrió decir: ¡Arriba las piernas!, pronunciando la erre como jota (no la que se canta o baila) y fueron las carcajadas de mis amigos lo último que escuché antes de entrar en brazos de Morfeo.

 

Quico Espino

Fotografías: Victor Mendoza Guillén.

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