Foto: Daniel MeliánQuizás, cuando alguien vea esta imagen, pueda pensar que se trata simplemente de un tronco, de lo que quedó de un árbol que durante años estuvo en Monte Pavón y que, al parecer, alguien cortó un día sin importarle que allí había vida, un árbol que había formado parte de aquel paisaje, que había crecido poco a poco y que, como tantos otros, había dejado pasar el tiempo entre sus ramas, sus hojas y sus raíces.
Tal vez quien decidió cortarlo pensó que, al eliminar su parte más frondosa y vistosa, también desaparecería su presencia, sin imaginar que precisamente aquello que quedó sería capaz de contar su historia mucho después. Porque basta con detenerse a mirar su tronco para descubrir que todavía guarda una historia, que sus anillos siguen hablando de los años que pasaron, de cada etapa de su crecimiento y de una vida que quedó marcada en la madera.
Es como si el propio árbol hubiera encontrado una manera de dejar escrita su memoria para que, incluso después de haber sido cortado, alguien pudiera acercarse y comprender que allí hubo mucho más que un simple tronco. En cada una de esas marcas parece quedar una parte de lo que fue, una pequeña señal de un tiempo que ya pasó, pero que todavía puede ser contemplado.
En ocasiones eso mismo ocurre muchas veces con las cosas que forman parte de nuestras vidas, porque no todo desaparece cuando deja de estar delante de nuestros ojos y no todo lo que termina consigue ser borrado por el paso del tiempo, ya que quedan recuerdos, quedan huellas y quedan pequeñas señales que, de alguna manera, siguen hablando de aquello que un día estuvo presente, aunque ya no tenga la misma forma.
Hay presencias que dejan una huella tan profunda que ni siquiera el paso de los años consigue hacerlas desaparecer. Este tronco ya no tiene las ramas que un día tuvo, ni las hojas que lo hicieron visible, ni aquella imagen de árbol vivo que un día pudo contemplarse allí, pero sus anillos continúan ahí, recordando los años que vivió y demostrando que, aunque se pueda cortar un árbol, no siempre se puede borrar la historia que dejó.
Posiblemente esa sea precisamente la contradicción de esta imagen, que aquello que parece haber quedado reducido a un simple tronco terminó convirtiéndose en la prueba de que allí hubo vida, crecimiento y tiempo. Y a lo mejor por eso esta imagen pueda decir mucho más de lo que parece a simple vista, porque a veces solo hace falta mirar aquello que quedó para entender todo lo que alguna vez estuvo allí.
Recordar que existen cosas que, aunque pierdan su vida, aunque cambien de forma o aunque alguien intente hacerlas desaparecer, permanecen en el tiempo. Porque mientras exista una huella capaz de contar lo que fueron, mientras alguien pueda detenerse a mirar y preguntarse qué hubo antes de aquello que ahora contempla, nunca habrán desaparecido del todo.































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