
Hace días que ya no veo al hombre de pasos cortos. No sé qué habrá sido de él. Y me tiene preocupado. Es que eso de ver siempre a las mismas personas, a una hora o a otra, explica una manera de ser. Es raro que no hayamos coincidido. Y así pasan los días. Desconocemos si ha cometido un nuevo asesinato o, sencillamente, ha cambiado de vida. Hemos de hablar con Margarito González para que trate de averiguar. Vamos, si puede; no vaya a ser que metamos la pata por sitio indebido.
Así que nuestro detective particular se puso en marcha: pateóse entero todo el barrio de La Goleta y el Lomo de San Pedro, preguntando en cada esquina, en cada asociación, en aquella tienda que aún sobrevive y en los esporádicos encuentros ocasionales de vecinos, como el encantador de las hermanas lectoras que nunca se cansan de leer. Y entendió el tal Margarito que las personas tenemos un ciclo: un tiempo más o menos largo que siempre aparenta más corto de lo que quisiéramos. A sus ochenta años bien despachados, el hombre de pasos cortos había convertido la acera de su casa, estrecha y pequeña, en una especie de campo de fútbol donde dar pasos alegremente. “¡Fuerte descubrimiento!” Y en eso se había convertido su existencia mientras decía aquello de “esto es lo que hay”, repetido como un mantra salomónico y como ahuyentando a los demonios que albergaba. Entonces, Margarito González sentenció: “sencillamente, se le acabó la vida”. Y lo pronunció asépticamente, como quien pregunta en una farmacia por un medicamento o aquel que pide una copa en el bar de la esquina de la plaza. Esa fue su aportación a la investigación emprendida. Nunca antes le había sido tan fácil y concluyente. Preguntó y preguntó: a la vecindad entera y a los amigos que aún lo acompañaban. Y sentenció a continuación.
No nos quedó más remedio que salir a caminar por la Avenida de Visvique o de La Charca, a otras horas, por ver si nos tropezábamos con el hombre del tiki-tiki. Pero nadie nos leía ni hubo manera. Como tenía su correo electrónico, y no me pregunten cómo, le enviamos un mensaje por ver si se producía un milagro. Nada de nada: al otro lado no hubo respuesta. Nadie. Todo se diluyó convenientemente. Y comprendimos que la historia tocaba a su fin. Más que nada por respeto hacia aquel hombre de pasos cortos, del tiki-tiki, con el que nos cruzábamos en los mañaneros paseos.
PD: a lo mejor es que solamente huye del calor empedernido de estos días. Y se reserva para en el mes de septiembre u octubre poder reanudar sus caminatas. Cuando el tiempo refresque. A lo mejor.
PD1: ¡¡hoy, por fin, lo vi de lejos con su habitual paso pachorrúo!!
Juan FERRERA GIL





























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