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Hubo un tiempo en el que discrepar formaba parte de la vida democrática. Las tertulias de café, las reuniones familiares, las asociaciones vecinales o los plenos municipales eran escenarios donde las ideas chocaban con mayor o menor intensidad, pero todavía existía una convicción compartida: el adversario político no era un enemigo personal. Se podía discutir durante horas sobre impuestos, urbanismo, educación o gestión pública y, al terminar, cada uno regresaba a su casa sin sentir que debía odiar al otro por pensar diferente.
Algo ha cambiado profundamente en muy pocos años. No ha cambiado únicamente la forma de comunicarnos.
Ha cambiado la manera en que nos relacionamos con quien discrepa. Hoy basta con publicar una opinión sobre cualquier asunto político, social o institucional para comprobar que el debate apenas dura unos minutos antes de descender al terreno del insulto. Lo que comienza siendo una conversación sobre una decisión pública acaba convertido en una competición por ver quién ridiculiza primero al otro, quién encuentra el calificativo más hiriente o quién logra que una descalificación personal obtenga más aplausos que un argumento bien construido.
Las redes sociales han acelerado esta transformación hasta convertirla en un fenómeno cotidiano. Han democratizado la posibilidad de opinar, algo extraordinariamente positivo, pero también han eliminado buena parte de los filtros que imponía la convivencia presencial. Es mucho más sencillo llamar ignorante, corrupto, vendido o miserable a alguien cuando no hay una mirada delante, cuando el destinatario es apenas una fotografía y un nombre de usuario. La distancia digital ha reducido la empatía y ha multiplicado la agresividad.
Lo verdaderamente preocupante no es que existan personas maleducadas. Siempre las hubo. Lo inquietante es que el insulto haya adquirido prestigio. Hay quienes confunden la falta de educación con la valentía, la agresividad con la sinceridad y el desprecio con la inteligencia. Cuanto más ofensivo es un comentario, más posibilidades tiene de hacerse viral. Cuanto mayor es la humillación pública, mayor parece ser el reconocimiento que recibe quien la protagoniza. Se premia el golpe rápido y se penaliza el razonamiento pausado.
Esta dinámica ha contaminado especialmente la conversación política. Ya casi nadie responde a las ideas. Se responde a la persona. Si alguien critica una obra pública, inmediatamente aparecen quienes intentan desacreditar su vida privada. Si un periodista publica una investigación incómoda, deja de discutirse la información para poner en cuestión al periodista. Si un vecino denuncia una carencia en su municipio, no faltará quien le recuerde dónde vive, con quién se relaciona o qué votó en las últimas elecciones. El mensaje desaparece bajo una montaña de ataques dirigidos al mensajero.
Se ha instalado una peligrosa costumbre: creer que quien critica una gestión odia a un pueblo. Es un razonamiento profundamente empobrecedor. Señalar un problema en un ayuntamiento no significa despreciar a sus vecinos. Cuestionar una decisión política no implica desear el fracaso de una institución. Exigir transparencia no convierte a nadie en enemigo de la administración. Sin embargo, esa simplificación resulta muy útil para quienes prefieren evitar el fondo del debate. Es mucho más cómodo etiquetar a una persona como resentida, agitadora o interesada que responder con datos a lo que plantea.
En ese ambiente han florecido los llamados palmeros digitales, perfiles que convierten cualquier crítica hacia sus dirigentes favoritos en una afrenta personal. No importa si la denuncia está documentada o si la reclamación es razonable. La reacción es inmediata: desacreditar al autor. Es una forma de militancia que no busca convencer, sino intimidar. El objetivo no consiste en ganar una discusión, sino en lograr que la próxima vez el crítico prefiera guardar silencio.
Y ese quizá sea el daño más profundo que está provocando esta cultura del odio. No afecta únicamente a quienes reciben insultos. Afecta también a quienes observan el espectáculo desde fuera. Muchos ciudadanos han dejado de participar en la conversación pública por miedo a convertirse en el siguiente objetivo. Han comprobado que expresar una opinión puede traer consigo campañas de desprestigio, burlas, capturas de pantalla fuera de contexto o una catarata de comentarios ofensivos. El resultado es una plaza pública cada vez más vacía de voces serenas y cada vez más ocupada por quienes entienden la política como un combate permanente.
Lo paradójico es que vivimos en la época de la comunicación constante y, sin embargo, escuchamos menos que nunca. Cada usuario entra en las redes buscando confirmar lo que ya piensa. Los algoritmos conocen esa tendencia y hacen el resto. Nos muestran publicaciones afines, refuerzan nuestras convicciones y nos presentan al discrepante como alguien cada vez más lejano y más incomprensible. Poco a poco dejamos de ver personas para empezar a ver etiquetas: los de un partido, los del otro, los de siempre, los de nunca. Cuando una sociedad deja de reconocer humanidad en quien piensa distinto, el insulto deja de generar remordimientos.
No conviene engañarse creyendo que este fenómeno pertenece únicamente a la política nacional o internacional. También está presente en los pueblos más pequeños, donde las redes sociales han trasladado las viejas rivalidades al escaparate digital. Allí donde antes existía un comentario en la barra de un bar, hoy aparecen decenas de perfiles alimentando enfrentamientos, exagerando diferencias y convirtiendo cualquier decisión municipal en una batalla identitaria. La proximidad, lejos de favorecer el respeto, a veces intensifica la confrontación porque los ataques ya no se dirigen contra representantes lejanos, sino contra vecinos cuyos nombres, familias y trayectorias son perfectamente conocidos.
La democracia no empieza el día en que se depositan las papeletas en una urna. Empieza mucho antes, cuando una sociedad acepta que ninguna persona posee el monopolio de la verdad y que toda decisión pública puede ser discutida. Si desaparece esa convicción, votar cada cuatro años servirá de muy poco. Una democracia donde el miedo sustituye a la libertad de expresión termina debilitándose desde dentro, no por falta de leyes, sino por falta de cultura democrática.
Convendría recuperar una idea tan antigua como sencilla: las ideas pueden ser combatidas con toda la firmeza del mundo, pero las personas merecen respeto. Criticar una gestión no autoriza a humillar a quien la defiende. Defender una administración tampoco justifica insultar a quien la cuestiona. La discrepancia no debería convertirse jamás en una licencia para el desprecio.
Quizá aún estemos a tiempo de corregir esta deriva. Porque el día en que una sociedad deja de valorar las razones y empieza a aplaudir únicamente las descalificaciones personales, no pierde solo la calidad de su conversación pública. Empieza a perder, lentamente y casi sin darse cuenta, la calidad de su propia democracia.
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