Bajo la triste mirada de nuestra Virgen de Guía

Juan Jiménez Suárez

Ante la Virgen de Guía, en el día grande de nuestras fiestas, me embargó una mezcla de emoción y tristeza.

 

Debería haber sido, sobre todo, un día de encuentro, celebración y unión de todos los guíenses en torno a nuestra Madre. Un día para dejar a un lado las diferencias y sentirnos parte de una misma comunidad.

 

Sin embargo, me duele que no hayamos sido capaces de alcanzar un acuerdo entre los distintos ámbitos de nuestro municipio y hayamos terminado mostrando nuestras diferencias precisamente hoy.

 

Las decisiones pueden ser más o menos acertadas, y es legítimo discrepar. Pero quiero pensar que siempre se toman con la intención de hacer lo mejor para nuestra gente.

 

En este caso, la decisión de evitar los voladores buscaba, o al menos así la entendí, un gesto de sensibilidad hacia quienes más sufren el ruido, personas mayores, enfermos y colectivos vulnerables. Y estoy convencido de que nuestra Virgen, como cualquier madre, también tendría esa sensibilidad.

 

También entiendo a quienes consideran que la traca forma parte de nuestra tradición y de la forma de celebrar este día tan señalado. Es una opinión legítima y respetable.

 

El problema surge cuando no somos capaces de escucharnos y de encontrar un punto de encuentro. Porque entonces, una diferencia puede transformarse en división.

 

Y, desgraciadamente, esa división se ha hecho visible.

 

Mientras unos ven la traca como tradición, otros la perciben como una falta de sensibilidad hacia quienes se pretendía proteger. Y el resultado es una comunidad dividida en un día en el que deberíamos estar más unidos que nunca.

 

Miro entonces a la Virgen de Guía, en el pórtico de la iglesia, y la imagino como una madre. Estoy convencido de que no nos preguntaría quién tiene razón, sino que nos pediría que nos escucháramos, que nos respetáramos y que supiéramos convivir con nuestras diferencias sin convertirlas en enfrentamiento.

 

Porque una madre siempre quiere lo mejor para sus hijos, y su corazón estaría con los más vulnerables.

 

Hoy me quedo con esa imagen y con esa tristeza compartida.

 

Ninguna tradición, ninguna decisión ni ninguna diferencia debería estar por encima del respeto, la convivencia y la unidad de nuestro pueblo.

 

Podemos discrepar y defender nuestras ideas, pero sin dejar de vernos como vecinos, como guíenses y como hijos de una misma Madre.

 

Y quizá ese sea el verdadero mensaje de hoy, que no se trata de imponer, ni de vencer, ni de tener razón, sino de ser capaces de encontrarnos.

 

Porque una traca dura unos minutos, pero las heridas de la división pueden prolongarse mucho más de lo que imaginamos.

 

Guía no necesita vencedores ni vencidos. Necesita un solo pueblo. Unido. Respetuoso. Y capaz de mirarse a los ojos sin dejar de reconocerse como lo que es, una misma familia bajo la mirada de su Virgen.

 

Juan Jiménez Suárez 

Concejal de Vías y Obras del Ayuntamiento de Guía

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