De incendios y de incendiarios

Juan Ramón Hernández Valerón.

[Img #32956]Desde que los seres humanos descubrieran el fuego, este siempre ha tenido una enorme y trascendental presencia en sus vidas. Tal es así que no hay cultura que no lo personificara en deidades poderosas o que no crearan relatos para explicar cómo la Humanidad logró dominarlo.
 
Ya dije una vez, en un artículo publicado en esta misma revista, que de todas las versiones mitológicas que tratan de explicar el origen del fuego me quedaba con el de la mitología griega. En ella el titán Prometeo robó el fuego sagrado de los dioses para dárselo a los mortales. Sin embargo, no deja de ser muy curiosa y llamativa la manera de explicar el origen del fuego en las distintas mitologías. Pero lo que quería resaltar era que, junto al culto al sol, la veneración al fuego fue el rasgo característico de casi todos los pueblos de la antigüedad.
 
Dejando a un lado la mitología, lo cierto es que el descubrimiento del fuego fue uno de los mayores acontecimientos que ha vivido la Humanidad, aunque nunca ha podido  dominarlo completamente. Tal es así que en pleno siglo XXI siguen surgiendo incendios que arrasan grandes superficies sin que los seres humanos podamos hacer gran cosa para evitarlo.
 
A pesar de tanto negacionista que, como cantaba Joaquín Sabina, todo lo niega: “lo niego todo / aquellos polvos y estos lodos / lo niego todo /incluso la verdad”, que sigue opinando que el cambio climático es una invención de unos pocos ilusos que viven en la inopia más absoluta, las temperaturas no dejan de subir y los cambios bruscos del tiempo se suceden con más frecuencia a lo largo del año, de tal manera que desde mayo el termómetro ya marcaba por encima de los 30º en muchas regiones españolas, provocando una serie de incendios devastadores y quemando la mayor superficie forestal registrada en años en la última quincena de julio y todo lo que llevamos de agosto.
 
Los medios de comunicación han dedicado buena parte de su programación a resaltar la noticia sobre la ola de incendios que arrasa miles de hectáreas debido a una mezcla de calor extremo y negligencia humana que han propiciado que la propagación de las llamas devore todo lo que encuentra a su paso, dejando en la ruina más absoluta a miles de personas que han tenido que ser desalojadas para salvar sus vidas.
 
Sabemos, porque los medios nos lo han repetido hasta la saciedad, que Europa es el continente que más rápidamente se está recalentando, lo que favorece la aparición de los grandes incendios. Estos emiten CO2 al liberar gran cantidad de carbono almacenado por los árboles. Dichas emisiones crecen al arder cada vez más extensiones de monte durante más tiempo y más frecuentemente. Los gases de efecto invernadero que se han generado durante los incendios forestales alimentan la crisis climática. El pez que se muerde la cola. 
 
Pero hay otro tipo de incendios que nunca terminan de apagarse por muy controlado que estén. Surgen en cualquier parte y se extienden a veces con rapidez. Todos ellos son provocados por la acción humana y basta una pequeña chispa para hacer saltar por los aires todas las medidas preventivas. Hay veces que la falta de prevención y la desidia favorecen su expansión y es entonces cuando las llamas avanzan imparables. 
 
Hay otro tipo de incendios a los cuales me quiero referir, porque si bien es cierto que no arrasan grandes superficies, sus efectos sí terminan erosionando la paz social. A lo largo del año se producen conatos que queman algunas hectáreas de rastrojos, pero que, al llegar el verano, pierden tanta fuerza que parecen extinguirse por un tiempo. En septiembre, coincidiendo con el comienzo del curso escolar y la actividad política, vuelven a reactivarse y aparecen las primeras llamas en varios puntos del país. Entonces, el fuego empieza a ser protagonista en los medios de comunicación y no hay día que no se hable de su evolución. Con el paso de los meses, el ambiente se va volviendo irrespirable, lo que provoca un enorme malestar en la ciudadanía que se queja de que los responsables de hacerle frente no terminan de ponerse de acuerdo para controlarlo.
 
Este año tendremos que soportar varios de estos siniestros sociales que se irán extendiendo con mayor o menor virulencia en función de los medios que pongan las autoridades para tratar de sofocarlos, pero lo indudable es que tendremos un otoño caliente. 
 
Espero y deseo que los que surjan en la geografía española no arrasen con todo el país y que las medidas para hacerles frente sean eficaces. De todos estos incendios sociales me preocupan especialmente tres: el sanitario, el educativo y el de la inmigración. 
 
Para controlar este último se necesita la intervención de los bomberos de los países de la Unión Europea en un esfuerzo conjunto, continuo y coordinado, pues de lo contrario será imposible apagarlo. El educativo y sanitario exigirá mucha coordinación, trabajo y esfuerzo del personal español especializado que tendrá que tener en cuenta los continuos cambios del viento. 
 
Los demás son pequeños conatos que se les podrá combatir con ciertas garantías de éxito, aunque habrá que prestar más atención a algunos desalmados que les gusta jugar con fuego y que, aprovechando la ola de calor y el fuerte viento, prendan la llama sabedores de que siempre habrá otros que se encargarán de propagar el fuego con total impunidad, haciendo irrespirable el ambiente y alterando la paz social.
 
Juan Ramón Hernández Valerón.
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