La otra mano
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«A desalambrar», decía aquella canción de Daniel Viglietti que también cantó Víctor Jara. Y uno quisiera pensar que durante todos estos años hemos aprendido algo de ella. Sin embargo, demasiadas veces parece que hemos conjugado el verbo precisamente al revés. Alambramos territorios, levantamos muros, vigilamos costas y convertimos una circunstancia tan accidental como haber nacido unos kilómetros más acá o más allá en argumento suficiente para decidir quién puede atravesar una puerta. Después llamamos seguridad a permanecer detrás del alambre y peligro a quien intenta cruzarlo. Nos tranquiliza pensar que la pobreza, el hambre y las guerras pertenecen a otros lugares, como si las líneas trazadas sobre la tierra pudieran impedir que la desgracia compartiera con nosotros el mismo planeta.
Alambrar la tierra. Alambrar el miedo. Alambrar la diferencia. Alambrarnos incluso la conciencia para no sentir demasiado lo que sucede al otro lado. Pero hay lugares donde la alambrada termina y la frontera continúa. Ceuta es, entre tantos otros, uno de ellos. Allí el alambre llega hasta el mar y parece entregarle al agua la tarea de continuar separándonos. Quien no puede atravesar una verja intenta rodearla nadando; quien encuentra cerrado el camino de tierra busca en el agua una puerta que tampoco existe. Y el mar, que no entiende de pasaportes ni conoce dónde acaba Marruecos y comienza España, termina convertido también en frontera.
Ceuta deja al descubierto una enorme desigualdad de poder entre quienes pueden decidir dónde comienza y termina una frontera y quienes carecen políticamente de cualquier capacidad para hacerlo. Porque las fronteras no se levantan solas. Alguien decide dónde colocar una alambrada, cuánto debe medir, quién habrá de vigilarla y qué hacer con quienes intenten atravesarla. Después serán otros quienes sufran esas decisiones sobre sus propios cuerpos. Existe una enorme distancia entre la mano que firma una política fronteriza y el cuerpo sobre el que termina escribiéndose esa decisión.
Reconocer que un Estado tiene derecho a establecer y controlar sus fronteras no debería impedirnos preguntarnos qué ocurre con quienes llegan hasta ellas, ni convertir cualquier decisión adoptada en nombre de la seguridad en una decisión moralmente indiscutible. Podemos discutir legítimamente sobre inmigración, capacidad de acogida, leyes, seguridad o control fronterizo. Lo que resulta más difícil de aceptar es que esa discusión termine haciéndonos olvidar que al otro lado de cualquiera de esas palabras continúa habiendo personas.
Y quizá esa sea una de las consecuencias menos visibles de toda desigualdad: unos poseen el poder de establecer bajo qué condiciones puede atravesarse una frontera; otros apenas conservan el poder de ponerse en camino y enfrentarse a esas condiciones. Unos hablan de flujos migratorios, presión fronteriza, mafias, seguridad o control; otros caminan, nadan, esperan, se esconden o mueren. Las palabras pertenecen casi siempre a quienes tienen el poder. Los cuerpos, demasiadas veces, a quienes carecen de él.
Pero las palabras también hacen cosas. Y quizá por eso deberíamos preocuparnos cuando el lenguaje político deja de hablar de personas para comenzar a hablar solamente de amenazas, invasiones o enemigos. O cuando alrededor de la inmigración llega incluso a aparecer una palabra tan terrible como «cacería». Porque una cosa es discutir cómo debe gestionarse una frontera, qué capacidad de acogida tiene un territorio o qué política migratoria consideramos adecuada, y otra muy distinta convertir a quien llega en alguien sobre quien descargar nuestros miedos. Las palabras no levantan por sí solas una alambrada, pero pueden enseñarnos a mirar de otra manera a quien permanece detrás de ella. Y cuando dejamos de ver una persona para empezar a ver solamente un peligro, quizá hayamos colocado ya el primero de los alambres.
Ya ocurrió en la playa del Tarajal, donde quince personas murieron en febrero de 2014 intentando alcanzar Ceuta a nado. Y tantos años después hemos vuelto a contemplar cuerpos buscando en esas mismas aguas una entrada hacia este lado. Este mismo verano han vuelto a morir personas intentando llegar a Ceuta por mar. Cambian los años, cambian los nombres de quienes llegan, cambian las circunstancias, pero permanece algo difícil de aceptar: hay seres humanos que terminan confiando su cuerpo al mar porque aquello que esperan encontrar delante les parece todavía preferible a aquello que dejaron detrás.
Quizá sea eso lo que más debería inquietarnos. No que alguien quiera atravesar una frontera, sino preguntarnos qué puede haber ocurrido antes para que una persona considere razonable caminar durante días, enfrentarse a una alambrada, lanzarse al agua o confiar su vida al mar.
Después de todo esto, cuesta volver a mirar la mano del dibujo de la misma manera. Ya no sabemos con certeza si intenta atravesar el alambre o si es la alambrada la que la atraviesa a ella. Tal vez sean ambas cosas. Porque las fronteras que levantamos para impedir que determinados cuerpos pasen terminan dejando su marca precisamente sobre esos cuerpos. Y mientras nosotros podemos permitirnos discutir dónde debería celebrarse la final del próximo Mundial o cuál será el mejor lugar para contemplar un eclipse, hay quienes tienen que resolver una cuestión geográfica bastante más urgente: por dónde atravesar una alambrada, desde qué playa echarse al agua o cuánto mar serán capaces de nadar para alcanzar la otra orilla.
La mano, entretanto, continúa abierta. Ha atravesado caminos, alambradas y, demasiadas veces, también el mar. Quizá ya no le corresponda hacer nada más. La otra mano es la nuestra. Y tendremos que decidir si la extendemos o seguimos utilizándola para alambrar.
Eduardo González


























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