
Hay lugares que guardan su historia en archivos, fotografías, libros o documentos. Otros permiten recorrerla a pie, siguiendo sus calles, sus plazoletas y aquellos rincones donde el paso del tiempo ha dejado una huella visible. Caleta Arriba pertenece a estos últimos. Este pequeño núcleo costero, compartido territorialmente por Gáldar y Santa María de Guía, posee una singularidad que quizá para quienes viven allí forma parte de la cotidianeidad, pero que no deja indiferente a quien llega desde fuera: un conjunto de esculturas, murales y otros elementos artísticos relacionados, en buena medida, con el mar, sus gentes, sus oficios, sus especies y los recuerdos que durante generaciones han formado parte de la vida de este enclave.
Las calles de Caleta Arriba se convierten así en una especie de museo sin puertas, una sala de arte popular donde no existen vitrinas ni horarios de visita y donde las obras conviven con las viviendas, los caminos hacia la playa y el paisaje atlántico. Precisamente por formar parte de la vida cotidiana, algunas pueden pasar desapercibidas para quienes las contemplan cada día, pero vistas en conjunto adquieren una dimensión extraordinaria. No se trata simplemente de esculturas repartidas por un barrio, sino de un patrimonio construido durante décadas a través de la participación de vecinos, asociaciones, artistas e instituciones.
Esta realidad fue estudiada y documentada por el historiador Carlos Delgado Mujica en su trabajo “El mar como patrimonio de la tierra”, presentado en septiembre de 2019, una investigación que realiza una aportación catalográfica de las manifestaciones artísticas realizadas en Caleta Arriba entre 1980 y 2016. Su trabajo permitió poner sobre el papel un patrimonio que, precisamente por estar al aire libre y formar parte del paisaje cotidiano, corre el riesgo de ser contemplado como algo normal cuando en realidad constituye una manifestación singular de arte popular, participación ciudadana y memoria de un barrio marinero.
Los primeros pasos de este paisaje artístico estuvieron relacionados con la propia vida festiva de Caleta Arriba. Los llamados Pórticos de las fiestas, realizados durante la década de los ochenta, fueron algunas de las primeras expresiones de un espacio público que poco a poco comenzó a incorporar elementos vinculados a la celebración y a la identidad comunitaria, esta información se consiguió gracias a los programas festivos de la época. En 1980 llegó además la imagen de Nuestra Señora del Mar, patrona del barrio, procedente de Caleta de Abajo y realizada por el escultor Juan Borges Linares. La imagen fue sufragada por Roberto Suárez, vecino del barrio y concejal del Ayuntamiento de Gáldar, reforzando esa relación entre comunidad, mar y territorio que posteriormente estaría presente en muchas de las obras.
En 1997, Cristóbal Guerra, junto a vecinos del barrio, realizó “El Rayo Verde”, situado en el Mirador del Pescador y relacionado con la creación original de Antonio Padrón, quien había abordado el motivo del Rayo Verde o El Emigrante alrededor de 1965. El mural recoge el drama de la emigración canaria de la posguerra y muestra a una mujer agitando un pañuelo mientras despide a quien marcha hacia otro horizonte, convirtiendo el Atlántico en frontera, despedida y camino.
La participación vecinal en esta obra resulta especialmente significativa. Los caleteros no fueron simples espectadores, sino parte de la creación. El mural fue realizado durante las fiestas del barrio, restaurado en 2008 y retocado posteriormente en 2019. Su historia demuestra también que el patrimonio no es estático: vive, envejece y necesita cuidados.
En 1998 se inauguró, a la entrada del barrio, una barca que da la bienvenida a Caleta Arriba y representa el sentir pescador y marinero que ha acompañado a este lugar desde tiempos remotos. Antes de que el núcleo estuviera urbanizado, pescadores llegados desde diferentes puntos del municipio acudían hasta esta costa y utilizaban las cuevas existentes en la zona para guardar sus aparejos y otros útiles relacionados con la actividad pesquera. La embarcación se convierte así en algo más que un elemento ornamental: es un símbolo de aquel pasado marinero y de la estrecha relación que siempre ha existido entre Caleta Arriba y el mar.
La creación artística siguió vinculándose a la historia marinera del barrio. En 2008, junto a “Marisqueo”, se incorporó a la entrada de Caleta Arriba un ancla de mil kilos, descubierta el 16 de agosto de aquel año, que recuerda la profunda relación del lugar con el mar. Su presencia evoca el pasado de Caleta como fondeadero y lugar de desembarco, la antigua actividad de carpintería de ribera que hacia 1760 se dedicaba a la construcción y calafateado de embarcaciones, el desembarco de losas destinadas a la construcción de la Iglesia de Santiago y, finalmente, su condición de refugio y cala de pescadores. El ancla fue donada al barrio por la empresa Kímica Ecológica Canarias, S.L.
A esta memoria se suman otros elementos repartidos por el barrio, como el ancla y un noray, ambos donados por el vecino Francisco Bolaños Suárez, “Pacuco”, para la ornamentación del barrio y como una nueva muestra de ese sentir marinero que forma parte de la identidad de Caleta Arriba.
Pero sería con el cambio de siglo cuando el proceso adquiriría una dimensión especialmente significativa. En 2001, durante la etapa de Juan Miguel Molina Hernández al frente de la Asociación de Vecinos Nuestra Señora del Mar, comenzó un proyecto de embellecimiento que terminaría convirtiendo buena parte del espacio público en escenario para el arte popular. La iniciativa fue construyendo un lenguaje propio, con el mar como principal hilo conductor y con obras que dialogan con los lugares donde fueron instaladas.
De aquella etapa forma parte “El Pulpo”, realizado por Molina Hernández en piedra de cantería azul de Arucas, donde aparecen representados el anagrama de Caleta Arriba, el ancla como símbolo del mundo pesquero y las siete estrellas de la corona de Nuestra Señora del Mar. También “La Vieja”, homenaje a una especie estrechamente vinculada a la cultura pesquera y gastronómica de Canarias; “El Erizo”, realizado en madera; “Marisqueo”, situado junto al embarcadero; y “El Faro”, concebido como símbolo de orientación y guía.
Ese mismo año, Pedro Martín Gómez realizó “Rincón de las Abuelas”, un mural situado en el linde municipal entre Gáldar y Santa María de Guía. La escena muestra a una mujer caletera contemplando el mar mientras unos niños juegan en la playa, con las viviendas del barrio como parte del paisaje. Una imagen que representa también el paso de las generaciones y la continuidad de la memoria de Caleta Arriba. En 2018, el conjunto incorporó un arco de medio punto realizado con piedras de la propia playa y dos gaviotas talladas por Juan Miguel Molina.
En 2008 también apareció “Marisqueo”, una pieza situada junto al embarcadero y relacionada con una actividad que durante generaciones formó parte de la vida de las costas canarias. Realizada sobre una piedra traída expresamente desde Los Dos Roques, representa una gran lapa y un burgado, acompañados por otros moluscos naturales. La obra fue inaugurada el 16 de agosto, coincidiendo con las fiestas del barrio, junto al ancla y otros elementos que fueron reforzando la relación entre celebración, identidad y patrimonio.
En 2009 apareció “El Faro”, otra de las piezas de Juan Miguel Molina. Realizada en madera e inspirada en un radiofaro localizado en Yucatán, introduce en el paisaje la idea de orientación y guía. Su estructura se eleva hasta una pequeña cabina donde una luz eléctrica ilumina durante la noche, integrada en el funcionamiento cotidiano del barrio y encendida junto con el alumbrado público.
En 2010 aparecieron dos obras que profundizan todavía más en la memoria social de Caleta Arriba. “Homenaje a los Pescadores” recuerda a las mujeres que recibían el pescado, lo colocaban en bañaderas metálicas y se trasladaban hasta los lugares de mayor actividad comercial para venderlo y contribuir al sustento de sus familias. La pieza ocupa además el espacio donde anteriormente se encontraba “Mujer Pescadora”, realizada en 1997 por Juan Borges Linares y desaparecida aproximadamente en 2005. La nueva obra recupera así una memoria que podría haberse perdido.
Ese mismo 19 de agosto de 2010 fue inaugurado “El Mero”, situado en la bajada hacia la playa. Su ubicación permite que la escultura mantenga una relación visual directa con el Atlántico, continuando ese recorrido por las especies marinas que han formado parte de la experiencia pesquera y alimentaria de las comunidades costeras.
En 2012, el paisaje artístico incorporó “La Sirena”, una pieza que recupera las antiguas leyendas transmitidas oralmente entre generaciones. La figura femenina, mitad mujer y mitad pez, representa ese universo de relatos que durante décadas acompañó a quienes vivieron ligados al océano. Esta tradición marinera continúa también presente en la creación literaria de una vecina del barrio, Rita Macías, hija de un pescador de Caleta Arriba y autora del libro “La séptima hija del pescador”, una obra en la que el mar, las leyendas, las sirenas y el mundo de quienes han vivido vinculados a él vuelven a ocupar un lugar protagonista. El mar deja aquí de ser únicamente realidad física para convertirse también en territorio de imaginación, memoria y creación.
En 2016, Juan Miguel Molina incorporó “La Ballena”, inicialmente concebida como una orca, pero cuyo nombre terminó siendo elegido por los propios vecinos. La escultura, elevada sobre un pedestal y acompañada por un fondo que recuerda las olas rompiendo contra la costa, cerraba al menos hasta entonces el recorrido catalogado por Carlos Delgado Mujica.
Cada obra cuenta una historia distinta, pero todas forman parte de una misma narración. El mar aparece como sustento, trabajo, pesca, emigración, paisaje, leyenda, recuerdo y nostalgia. Esa es precisamente una de las grandes riquezas de Caleta Arriba: no se ha representado únicamente aquello que se ve desde sus calles, sino también aquello que el mar ha significado para quienes han vivido junto a él.
El trabajo de Carlos Delgado Mujica recogió las manifestaciones artísticas realizadas hasta 2016, pero Caleta Arriba no se detuvo entonces. Después de aquella investigación, las obras han continuado creciendo y se han incorporado nuevas piezas al particular museo al aire libre del barrio.
Una de ellas es “El Viento”, obra de Juan Miguel Molina Hernández, cuya historia encierra incluso una curiosa paradoja: terminó siendo derribada por el propio viento. Puede parecer inverosímil, pero sucedió. Según cuenta su autor, fue un vecino quien le informó de que la escultura llevaba ya varios días tirada en el suelo.
Han pasado aproximadamente seis meses desde que, allá por febrero del presente año, la obra fuese derribada. Desde entonces, la obra continúa tirada en un parterre, sin haber sido restaurada ni repuesta en el lugar para el que fue concebida. La pieza está localizada pero desprotegida, a la espera de que alguien se preocupe de recuperarla y devolverla al paisaje del que forma parte.
Lo más preocupante es que “El Viento” no es un caso aislado. Casi la totalidad de las obras que forman actualmente este conjunto artístico comienzan a mostrar signos de deterioro. El paso del tiempo, la exposición permanente a las condiciones ambientales y la falta de un mantenimiento continuado están dejando su huella sobre unas piezas que fueron creadas para permanecer en el espacio público y formar parte de la vida cotidiana de Caleta Arriba.
Y aquí surge una reflexión que debería abrir un debate: quizás, antes de seguir llenando los municipios de nuevos monumentos y obras, debería primar la conservación de los que ya existen.
Crear patrimonio es importante, pero conservarlo debería ser una responsabilidad todavía mayor. No parece coherente continuar incorporando nuevas piezas mientras otras, creadas con el esfuerzo y la generosidad de artistas y vecinos, permanecen deteriorándose o incluso en el suelo durante meses.
Una de las conclusiones más interesantes de “El mar como patrimonio de la tierra” es precisamente la fuerza del arte popular sobre el paisaje habitado. Caleta Arriba representa un caso especialmente singular porque muchas de estas obras fueron realizadas y entregadas a la comunidad sin que los artistas cobrasen por su trabajo.
Los materiales sí necesitaron financiación, en la que participaron los ayuntamientos de Gáldar y Santa María de Guía, la Asociación de Vecinos y particulares, pero detrás de cada pieza hubo también trabajo, colaboración y generosidad. El artista puso su capacidad al servicio del barrio, los vecinos colaboraron, las instituciones aportaron recursos y las fiestas sirvieron en numerosas ocasiones como escenario para presentar nuevas obras.
En determinados casos, varias generaciones de caleteros participaron conjuntamente en la elaboración de un mural. Es difícil encontrar una definición más clara de lo que significa hacer comunidad.
Cada escultura representa algo concreto, pero el conjunto representa algo mucho mayor: una época en la que la participación vecinal permitió transformar un espacio cotidiano en un paisaje cultural. Un patrimonio que no nació exclusivamente de grandes proyectos institucionales, sino de la voluntad de una comunidad que decidió dejar escrita su historia en las calles.
Contar con todo este conjunto en un núcleo poblacional tan reducido es algo excepcional. La concentración de piezas, la diversidad de autores, la variedad de técnicas y, sobre todo, la relación existente entre las obras y la historia social del barrio convierten a Caleta Arriba en un espacio patrimonial singular.
El propio Carlos Delgado Mujica reclamaba en su investigación la conservación de este patrimonio para las generaciones venideras, con la idea de que las piezas continuaran siendo motivo de orgullo, difusión y encuentro comunitario. Aquella reflexión adquiere hoy todavía más importancia.
En la inmensa mayoría de estas obras, la mano de obra no supuso un coste para los ayuntamientos de Gáldar y Santa María de Guía. Fueron los artistas quienes pusieron su trabajo, los vecinos quienes colaboraron y las asociaciones quienes impulsaron muchas de las iniciativas. Las instituciones, junto a particulares y entidades, contribuyeron fundamentalmente con materiales y recursos para hacer posible aquel proyecto comunitario.
Hoy la responsabilidad es diferente. Aquella generación creó el patrimonio; a las generaciones actuales corresponde conservarlo.
No sería deseable que dentro de unos años hubiera que volver a las páginas de El mar como patrimonio de la tierra únicamente para contemplar, a través de sus fotografías y descripciones, obras que ya no existan o que hayan perdido buena parte de su esplendor. Sería entonces cuando llegarían los lamentos y los remordimientos de conciencia, cuando se recordaría aquello que un día estuvo en las calles de Caleta Arriba y que se dejó desaparecer por no haber actuado a tiempo.
Todavía no se ha llegado a ese punto. Las obras siguen ahí. Algunas necesitan atención, otras mantenimiento y otras, como “El Viento”, una intervención que permita restaurarlas y devolverlas al lugar que ocupaban. El patrimonio todavía existe y, por tanto, todavía puede conservarse.
Los ayuntamientos de Gáldar y Santa María de Guía tienen ante sí una responsabilidad compartida con un legado que pertenece a la historia de ambos municipios. No se trata únicamente de mantener unas esculturas instaladas en la vía pública, sino de proteger un conjunto excepcional nacido de la propia comunidad y estrechamente vinculado a la identidad de un barrio costero.
Porque Caleta Arriba no posee solamente unas esculturas repartidas por sus calles. Posee un relato. Un relato construido durante décadas, en el que aparecen pescadores y pescadoras, emigrantes, abuelas, niños, viejas, pulpos, erizos, meros, ballenas, sirenas, faros, mariscadores y vecinos. Un relato en el que las fiestas tuvieron un papel fundamental, en el que la Asociación de Vecinos actuó como motor de muchas iniciativas y en el que numerosos artistas decidieron regalar su trabajo a una comunidad que esperaba cada nueva pieza como una aportación más a su paisaje.
Todo ello convierte a Caleta Arriba en algo más que un barrio costero compartido entre Gáldar y Santa María de Guía. Lo convierte en un espacio donde la historia se puede caminar, donde el patrimonio no está encerrado detrás de una puerta, sino que acompaña a quien recorre sus calles, donde el arte popular se mezcla con la vida cotidiana y donde el Atlántico continúa siendo el gran protagonista de una historia escrita en piedra, madera y pintura.
Caleta Arriba convirtió la unión vecinal en arte y el arte en memoria. Ahora corresponde que esa memoria no se pierda.
Porque dentro de unos años sería demasiado triste tener que hablar de todo aquello que Caleta Arriba tuvo y ya no tiene, cuando todavía estamos a tiempo de conservarlo y permitir que vecinos y visitantes puedan seguir disfrutándolo en su máximo esplendor.
Quizá esa sea la mejor manera de cerrar el círculo iniciado décadas atrás: que quienes un día tuvieron la generosidad de regalar su trabajo al barrio encuentren en las generaciones actuales la misma generosidad para cuidarlo.
Que Caleta Arriba siga siendo, también mañana, ese museo al aire libre donde el mar, la piedra y la memoria continúen contando la historia de su gente.
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Moisés Aday Rodríguez Gutiérrez
Bibliografía y fuentes
DELGADO MUJICA, Carlos. El mar como patrimonio de la tierra. Breve revisión al patrimonio artístico público del barrio de Caleta Arriba. 2019. Trabajo de investigación y catalogación de las manifestaciones artísticas de Caleta Arriba realizadas entre 1980 y 2016 (Publicado en Infonortedigital.com).
RODRÍGUEZ GUTIÉRREZ, Moisés. Archivo documental de Entre Chácaras y Tambores. Recopilación de documentación, fotografías, testimonios y materiales relacionados con la historia, la cultura y el patrimonio de Caleta Arriba.
FUENTES ORALES. Testimonios y aportaciones de vecinos de Caleta Arriba y de personas vinculadas a la creación, historia y conservación de su patrimonio artístico, entre ellos Juan Miguel Molina Hernández, autor de diversas obras del barrio.
DOCUMENTACIÓN FOTOGRÁFICA Y HEMEROGRÁFICA. Fotografías de José María Aguiar Sosa y propias, documentos y materiales recopilados para la investigación sobre el patrimonio artístico, la memoria marinera y la evolución de Caleta Arriba.
Nota sobre las fuentes
El trabajo de Carlos Delgado Mujica constituye la principal referencia documental para las obras realizadas y catalogadas hasta 2016. La información posterior a ese estudio, así como los datos relativos a la evolución del conjunto, “El Viento”, el noray, la barca, el ancla y otros elementos del patrimonio del barrio, procede de documentación propia, archivo de Entre Chácaras y Tambores y fuentes orales vinculadas a Caleta Arriba





























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