Una fiesta sin fuegos también puede brillar

Vidal Bolaños Betancort

[Img #38239]Una tradición que nunca cambia puede parecer fuerte, pero a veces solo está quieta. En cambio, una tradición capaz de adaptarse demuestra que sigue respirando. Que escucha. Que se pregunta. Que no vive encerrada en la frase de siempre: “esto se ha hecho así toda la vida”.

 

Esa frase ha servido muchas veces para conservar cosas valiosas.

 

Pero también ha servido para no revisar nada.

 

Y los pueblos que cumplen años, que acumulan historia y que quieren seguir siendo relevantes, necesitan distinguir entre conservar el alma y repetir la forma sin pensar.

 

Guía vive además un año especial con sus quinientos años de historia. No es una fecha cualquiera. Cinco siglos no deberían celebrarse únicamente mirando hacia atrás. También deberían servir para demostrar que una ciudad con tanta memoria puede mirar al futuro sin miedo a cambiar algunas formas.

 

Una ciudad antigua no tiene por qué ser una ciudad inmóvil.

 

Al contrario.

 

Una ciudad con historia debería tener más capacidad para entender que todo lo vivo se transforma. Las calles cambian. Las familias cambian. Las fiestas cambian. Las formas de convivir cambian. Y lo importante no es que todo permanezca exactamente igual, sino que aquello que cambia siga teniendo sentido.

 

La víspera de una fiesta grande puede seguir emocionando sin fuegos artificiales tradicionales.

 

Puede hacerlo con luz.

 

Puede hacerlo con música.

 

Puede hacerlo con una puesta en escena cuidada.

 

Puede hacerlo creando belleza sin sobresalto.

 

Puede hacerlo invitando a mirar el cielo sin que nadie tenga que taparse los oídos, esconder a su mascota, encerrar a un niño en casa o vivir la celebración como amenaza.

 

Ese es el fondo de la cuestión.

 

No se trata de enfrentar a quienes aman los fuegos con quienes los rechazan. No se trata de convertir una decisión festiva en una batalla entre tradición y modernidad. Se trata de comprender que los pueblos avanzan cuando son capaces de hacerse preguntas sencillas y valientes:

 

¿Podemos celebrar causando menos daño?

 

¿Podemos emocionar incluyendo a más personas?

 

¿Podemos mantener la magia sin depender del estruendo?

 

¿Podemos cuidar mejor a quienes viven la fiesta desde otra sensibilidad?

 

Si la respuesta es sí, entonces vale la pena intentarlo.

 

También conviene reconocer algo: muchas personas echarán de menos los fuegos. Es normal. La memoria afectiva no se sustituye de un año para otro. Hay recuerdos ligados al sonido, al olor, al temblor del cielo, a esa mezcla de miedo y fascinación que acompañó tantas noches de fiesta.

 

Pero la nostalgia no debe impedir la empatía.

Podemos amar una tradición y aceptar que necesita transformarse. Podemos recordar con cariño los fuegos de antes y, al mismo tiempo, entender que hoy existen alternativas más respetuosas. Podemos mirar la fiesta con gratitud por lo vivido y con responsabilidad por lo que viene.

 

La cultura popular no pierde dignidad cuando se vuelve más inclusiva.

 

La gana.

 

Porque una fiesta que piensa en las personas sensibles al ruido, en los mayores, en los niños, en los animales y en quienes viven con dificultades sensoriales está diciendo algo muy poderoso: aquí cabemos todos.

 

Y esa frase, en una fiesta patronal, debería ser central.

 

Las fiestas no pertenecen solo a quienes más resisten el ruido, la multitud o el exceso. Pertenecen también a quienes participan desde una ventana, desde una silla, desde una calle más tranquila, desde una familia que cuida, desde una casa donde hay un niño que se asusta o un perro que tiembla bajo la cama.

 

La inclusión no siempre consiste en grandes discursos.

 

A veces consiste en bajar el volumen.

 

A veces consiste en cambiar una costumbre.

 

A veces consiste en mirar a quienes antes no se miraba.

 

Guía, con esta decisión, lanza un mensaje que va más allá de una noche concreta. Recuerda que las fiestas pueden ser espacios de convivencia responsable. Que celebrar no significa olvidarse del impacto que producimos. Que la alegría colectiva debe buscar equilibrio con el descanso, la salud, el bienestar animal y el respeto al entorno.

 

Una ciudad que cumple quinientos años no debe tener miedo a demostrar sensibilidad.

 

De hecho, esa puede ser una de las mejores formas de honrar su historia. Porque la historia no se honra repitiendo todo sin pensar. Se honra haciendo que el pueblo siga siendo habitable para quienes lo viven hoy.

 

El espectáculo de luz y sonido tendrá que demostrar su capacidad de emocionar. Tendrá que estar bien diseñado, cuidado y a la altura de una víspera importante. Pero la idea de fondo ya merece ser valorada: buscar una belleza menos agresiva, una emoción más compartida, una fiesta que no deje fuera a quienes sufren con el estruendo.

 

Quizá dentro de unos años esta decisión ya no parezca novedosa.

 

Quizá otras fiestas sigan el mismo camino.

 

Quizá llegue un momento en que nos preguntemos por qué tardamos tanto en entender que la alegría no necesitaba hacer daño para ser verdadera.

 

Las tradiciones cambian cuando alguien se atreve a dar el primer paso.

 

Y ese paso, muchas veces, incomoda antes de convencer.

 

Pero los pueblos no avanzan solo conservando lo que fueron. Avanzan también cuando se preguntan qué tipo de comunidad quieren ser. Una comunidad que escucha. Una comunidad que cuida. Una comunidad que entiende que el brillo de una fiesta no está únicamente en el cielo, sino en la forma en que trata a quienes la habitan.

 

Una fiesta no brilla más porque suene más fuerte.

 

Brilla más cuando consigue que nadie tenga que esconderse para soportarla.

 

Brilla más cuando una persona sensible puede quedarse en la plaza.

 

Cuando un niño no se tapa los oídos con miedo.

 

Cuando un mayor descansa sin sobresaltos.

 

Cuando los animales no tiemblan en silencio.

 

Cuando la belleza se comparte sin imponer sufrimiento.

 

Guía ha decidido cambiar el ruido por otra forma de luz.

 

Y quizá esa sea una imagen hermosa para una ciudad que celebra quinientos años: entender que la tradición no se apaga por hacer menos ruido.

 

A veces, al contrario, se ilumina mejor.

 

Vidal Bolaños Betancort

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