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Los puertos tienen una extraña capacidad para fabricar leyendas. No ocurre de un día para otro, sino despacio, casi con la misma lentitud con la que el salitre desgasta la piedra. Al principio todo responde a una lógica sencilla: un hombre cuida del faro, enciende la lámpara cada tarde y vela para que los barcos encuentren el camino de regreso cuando el mar decide complicarse. Con el paso de los años, sin embargo, la memoria colectiva empieza a jugar malas pasadas.
El farero continúa haciendo el mismo trabajo de siempre, pero el pueblo deja de hablar del faro para hablar exclusivamente del hombre que ocupa la torre, como si la luz no hubiera existido antes de su llegada y como si estuviera condenada a desaparecer el mismo día en que decidiera marcharse.
Nadie corrigió aquella confusión porque resultaba cómoda para casi todos. Al farero le agradaba escuchar que el puerto le debía cuanto era, y a quienes frecuentaban la torre les resultaba mucho más rentable elogiar al guardián que preocuparse por el estado de la linterna. Así fue creciendo una idea tan absurda como persistente: el faro ya no era una institución al servicio del puerto, sino una prolongación de la voluntad de quien llevaba años custodiándolo. Bastó repetir aquella ficción durante el tiempo suficiente para que muchos terminaran aceptándola como una verdad evidente.
El cambio más profundo no se produjo en la torre, sino en la plaza. Cada vez que un marinero comentaba que uno de los cristales necesitaba una limpieza o que la luz parecía llegar con menos intensidad a determinada parte de la costa, la conversación dejaba de girar alrededor del faro para concentrarse en la supuesta falta de gratitud de quien había formulado la observación. El problema ya no consistía en comprobar si el cristal estaba realmente empañado, sino en averiguar quién se había atrevido a decirlo. Poco a poco, la costumbre de discutir sobre el estado del faro fue sustituida por otra mucho más estéril: discutir sobre la legitimidad de quienes lo observaban desde el puerto.
Aquella transformación tuvo consecuencias inesperadas. Los aprendices dejaron de interesarse por el funcionamiento de la lámpara porque comprendieron que el verdadero camino hacia la torre no pasaba por conocer el oficio, sino por dominar el arte del elogio.
Aprendieron muy pronto que una felicitación oportuna abría más puertas que una propuesta de mejora y que el silencio ante los errores proporcionaba una tranquilidad imposible de alcanzar a quienes insistían en hacer preguntas incómodas. Sin necesidad de que nadie lo ordenara, el puerto fue llenándose de personas convencidas de que la mejor manera de proteger el faro consistía en evitar cualquier conversación sobre sus defectos.
El viejo farero observaba aquella escena con una satisfacción comprensible. Después de tantos años al frente de la torre había terminado creyendo que el respeto hacia la institución era, en realidad, respeto hacia su persona.
Es una confusión frecuente en quienes permanecen demasiado tiempo ocupando un cargo. La rutina acaba disfrazándose de derecho adquirido y el reconocimiento recibido durante años termina pareciendo una propiedad privada. Sin mala intención, casi sin darse cuenta, el guardián deja de sentirse responsable de una institución para empezar a comportarse como si la institución le perteneciera.
Lo verdaderamente llamativo es que el faro nunca participó en aquel malentendido. Continuó haciendo exactamente lo que había hecho siempre: proyectar su luz sobre cualquier embarcación que la necesitara, sin preguntar quién gobernaba el barco, a quién había votado el capitán o qué opinión tenía la tripulación sobre el farero. Los faros, por fortuna, no entienden de fidelidades personales. Su única obligación consiste en iluminar.
Quizá por eso los puertos sobreviven a todos sus fareros. Unos dejan mejor recuerdo que otros, unos trabajan con mayor acierto que otros y algunos pasan a la historia con méritos suficientes para ocupar un lugar destacado en la memoria colectiva. Pero ninguno posee el derecho de confundir las llaves de la torre con las escrituras del faro.
Las instituciones permanecen precisamente porque pertenecen a todos y porque son demasiado importantes para quedar reducidas a la biografía de quien las dirige durante un tiempo.
Hay pueblos que olvidan esa diferencia y terminan dividiéndose entre quienes consideran que cualquier observación constituye una ofensa personal y quienes creen que señalar una grieta equivale a desear el derrumbe del edificio. En esos lugares el debate deja de centrarse en cómo mejorar el faro para convertirse en una interminable discusión sobre la figura del farero.
Cuando eso ocurre, el problema ya no es la intensidad de la luz ni el estado de la torre. El verdadero problema consiste en haber aceptado que una institución pública pueda llegar a confundirse con el ego de quien circunstancialmente la administra.
Quizá esa sea la advertencia que esconden todos los puertos antiguos. Los faros no se construyen para satisfacer el orgullo de los fareros, sino para servir a quienes navegan. El día en que se invierte ese orden y el guardián empieza a creer que la luz existe para engrandecer su propia figura, el puerto deja de cuidar una institución y comienza, casi sin advertirlo, a rendir culto a un hombre.
Guayarmina Guanarteme
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