Memorias de un diario

Juana Moreno Molina

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Años sesenta del pasado siglo: valga el siguiente relato extraído del Diario de mi marido, maestro rural de 20 años, donde refleja su vocación de enseñante para ofrecer, una vez más, el merecido homenaje a las maestras y maestros rurales que llevaron el saber a sitios recónditos de la geografía isleña a pesar de las dificultades existentes en aquella época, sin caminos, sin luz, sin agua corriente y el aislamiento, donde imperaba el analfabetismo y su gente clamaba por la instrucción de sus hijos.
 
Mis pies avanzaban con dificultad por el camino pedregoso y lleno de baches y por la mochila pesada que llevaba a mi espalda. Llevaba una hora de camino desde donde me dejó en Los Garajes la destartalado guagua de Tovar y aún me faltaba otra hora y media para llegar a mi destino: Barranco Hondo de Abajo.
 
Era un lunes, finales de septiembre, y recuerdo bien que, a pesar del pesado bulto que llevaba, lo sentía ligero por la ilusión del cambio que iba a experimentar en mi vida y me extasiaba viendo el rústico paisaje de campos arados, ansiosos de las primeras lluvias y, en la lejanía los prados, donde cabras y ovejas pastaban las raquíticas hierbas agostadas. 
 
Me detuve bajo unos castañeros del camino y, mientras observaba un cernícalo inmóvil recortado en el cielo limpio y azul, di buena cuenta del bocadillo que me preparó mi madre con el pan recién sacado de la hornada de esa temprana mañana.
 
Seguí mi camino por aquellas veredas flanqueadas por pequeños muros que albergan huertos de millo y rezagadas papas de verano a punto de cosechar. A derecha e izquierda del camino, entre pardo arbolado, se divisaba algunas blancas casitas. La gente del lugar suspenden sus tareas a mi paso y me saludan curiosos. Una mujer con un pañuelo atado a la barbilla y gran sombrero se acerca mí para decirme que si me dirigía a Barranco Hondo de Abajo había equivocado el camino. Tenía que bajar el sendero que había dejado atrás y ya pronto vería las primeras cuevas. Le di las gracias y me dispuse a seguir sus indicaciones, pero ella llamó a un niño que llevaba una cesta vacía al hombro y le indicó que me guiara. El muchacho, de apenas diez años insistió en llevarme la mochila dentro de su cesta, pero yo no lo consentí, agradeciendo su amabilidad.
 
Íbamos bajando por el serpenteante y estrecho camino, dejando a mi derecha casas cuevas adornadas con macetas floridas y latadas de parras, higueras y tuneras que daban aspecto de dignidad a pesar de la pobreza que se adivinaba en su interior y, a mi izquierda, el profundo y umbroso barranco que flanqueaba el inmenso risco salpicado de pinos. 
 
A poco, el chico se detuvo en una destartalada casa de techo a dos aguas situada en la explanada de un recodo y observé que faltaba tejas en el hueco por donde salió en ese instante una paloma volando. Y todo mi cuerpo se encogió suponiendo más males además de las supuestas carencias de agua y electricidad, porque también iba a vivir en ella. 
 
Dejé la mochila en el suelo y me la quedé mirando desalentado, acordándome de mi confortable vida en la casa de mis padres. El chico, después de un rato, me dijo que la llave la tenía la mujer de la cueva de al lado y con la mirada baja y removiendo la tierra con su desnudo pie me dijo: maestro, quiero aprender a leer. 
 
Mi desaliento desapareció al momento y la ruinosa casa la volví a ver como la esperanza del Saber en aquellos alejados pagos y la culminación de mi vocación.
 
Estuve tres años enseñando a los hijos de estos Altos a la vez que aprendí mucho de ellos: dignidad, fortaleza y generosidad.
 
Juana Moreno Molina
Ilustración: Antonio Juan Valencia Moreno
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