Microrrelatos. Safari administrativo

Una sátira ingeniosa sobre la fauna laboral que habita en las oficinas públicas, donde cada trabajador asume el papel de un animal distinto en este peculiar ecosistema burocrático.

Olga Valiente Miércoles, 12 de Agosto de 2026 Tiempo de lectura:

Dedicado a quien trabaja en una oficina, rodeado de mesas, papeles, correos y teléfonos, porque, aunque le cueste asumirlo, en el fondo sabe que basta cinco minutos observando el entorno para reconocer que, en realidad, más que oficina es un zoológico.

***

Cada día, de lunes a viernes, el zoológico abría sus puertas a las siete menos cuarto de la mañana, pero no era un zoológico normal porque no había jirafas, elefantes o rinocerontes… bueno, al menos no oficialmente.

 

En la entrada, un cartel grande, de color blanco, daba la bienvenida: «Parque Natural de la Administración Pública. Prohibido alimentar a los funcionarios».

 

Los visitantes jamás podían acceder antes de las nueve de la mañana debido a que, durante años, aquel había sido un hábitat protegido donde cada especie necesitaba su momento para evolucionar y alcanzar el equilibrio perfecto entre la dosis de café necesaria y el nivel de simpatía que le permitiera sonreír ante las inclemencias del ser humano… aparte de necesitar tiempo para responder correos y preparar fotocopias.

 

Nada más cruzar las puertas de aquel lugar, se podía apreciar de manera clara la figura resultona del pavo real. Era fácil identificarlo por su caminar de pecho hinchado, su traje colorido impecable y esos aires de saber estar. Pasaba la mañana desplegando sus plumas delante de todo aquel que quisiera —o no— escucharlo.

 

A pocos metros vivían los perezosos que, poco a poco —y sin mucho esfuerzo—, habían perfeccionado el arte de parecer ocupados mientras contemplaban la pantalla del ordenador durante horas, haciendo como que trabajaban arduamente siempre que alguien se les acercaba. Y así, desde dios sabe cuándo.

 

En la esquina sur, el territorio de los suricatos, acostumbrados a asomar la cabeza solo cuando ocurre algo que precisa de su atención, como el abandono de uno de los animales del zoo o algún cambio obligatorio de jaula. Eran capaces de detectar un chisme incluso antes de que sucediera. Y, tras ellos, los loros, encargados de repetir exactamente lo mismo que escuchaban decir a los suricatos una y otra vez.

 

Nadie sabía de dónde procedía la frase original o si realmente había sido cierta en algún momento. Lo más probable es que se viniera repitiendo desde los tiempos de algún animal prehistórico cuyo historial ya había quedado archivado desde hacía años.

 

En el despacho del fondo vivía el búho. Era considerado el más inteligente de todos los animales, pero también el más silencioso. Cuando surgía algún problema imposible, todos acudían a él y solía solucionarlo en dos minutos. Luego desaparecía entre montañas de papeles sin recibir reconocimiento alguno, más bien lo contrario.

 

Era una especie en peligro de extinción.

 

En una de las jaulas más grandes se situaban los camaleones, que merecen más de un capítulo pues son bastante especiales: tenían la capacidad, según quién se acercara y, sobre todo, según cómo les cogiera el día, de cambiar automáticamente de color —y de cara—. Normalmente, con el jefe del zoológico solían ser eficientes; con los usuarios del zoo, comprensivos; con los compañeros animales, víctimas; con los recién llegados, ejemplos de motivación laboral y del buen hacer… Ni siquiera ellos mismos sabían cuál era ya su verdadera personalidad.

 

Y, por supuesto, no podían faltar las hormigas, aquellas que no hacían ruido y trabajaban sin descanso: solucionaban problemas, acataban órdenes, enseñaban a los nuevos, se adaptaban a los cambios y respondían correos que nadie más parecía ver. Y, sin embargo, todos los demás las odiaban.

 

Todo un misterio evolutivo.

 

Frente a ellas, los gatos. Entraban cuando querían, salían cuando querían, dormían donde y cuando querían. Y, aun así, todos salían en su defensa. Ojalá supiera cómo conseguir semejante estatus dentro de la cadena alimenticia —pero en la vida real—.

 

A la cabeza del zoo, el león. El animal que rugía con más fuerza de todo el lugar, especialmente cuando llegaba algún visitante conflictivo. Aparentaba estar descansando o manteniéndose al margen dejando que todo siguiera su curso, pero, en cuanto aparecía algún problema, ahí estaba él para poner orden y recordar que aquel territorio era suyo.

 

A veces, por los pasillos, se dejaba ver algún mono colgando de aquí para allá de árbol en árbol. De hecho, siempre solía haber dos o tres contando chistes, enseñando vídeos y organizando planes improvisados. Paradójicamente, eran los que mantenían alta la moral del resto de los animales, aunque en el fondo eran los que más trabajaban y a los que menos se les agradecía.

 

En los archivos, residían las arañas, tejiendo una red burocrática tan compleja que hacía que cualquier documento tardara semanas en ser encontrado, aunque lo único que se necesitara fuera una simple firma. Se llevaban muy bien con las hienas porque, al igual que ellas, no solían hacer mucho durante el día, pero, en cuanto veían que algún animal cometía un error, se reunían en grupo para idear un plan de ataque que duraba semanas.

 

En cambio, los perros eran la especie más fiel. Siempre estaban dispuestos a ayudar y aparecían cada vez que alguien necesitaba una mano. No se les escuchaba, pero, en cuanto faltaban, se notaba su ausencia. Y, como suele suceder siempre, casi nadie los tenía en cuenta.

 

Por último, estaban las cebras. Las que acababan de llegar y entraban con nuevas ideas, ilusión y ganas de cambiar el mundo hasta que, al cabo de unos días, comenzaban a perder las rayas. Al año ya habían elegido grupo y se comportaban igual que el resto. Y es que la adaptación al ecosistema era extraordinariamente rápida. De hecho, todavía hoy hay científicos empeñados en estudiar el fenómeno del zoológico —algunos los llaman «departamento de Salud Pública»—.

 

Por la tarde, el zoológico cerraba sus puertas porque se quedaba sin animales. Los pavos reales abandonaban el lugar creyendo que seguían siendo los salvadores de la empresa; los perezosos aseguraban haber tenido el peor día de sus vidas; las hormigas se llevaban trabajo pendiente a casa; los suricatos comentaban los acontecimientos del día de camino al aparcamiento; los monos organizaban el desayuno del día siguiente; y el búho… el búho organizaba los correos y las reuniones del león del día siguiente.

 

Entonces, el edificio se quedaba completamente en silencio deseando la llegada del día siguiente.

 

Olga Valiente

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