
Es tanto el poder que ejercen los teléfonos móviles que ya algunas personas que caminan, la mayoría jóvenes, no se pueden desprender de él. O no quieren.
Y mientras avanzan hablan y hablan y hablan… en una lucha constante y aparente por comunicar y dar a entender que la charla telefónica no se puede posponer ni retrasar lo más mínimo. Me llama mucho la atención. Pero no son solo personas jóvenes, sino de cualquier edad. Les confieso que yo mismo he retrasado la marcha para comunicarme con conocidos que están lejos. Y me he despistado tanto que he llegado a tropezar con el caminante que venía en sentido contrario. O sea: que es difícil sustraerse al poder embaucador de los teléfonos móviles. Es tan desmesurado su poder de atracción que consigue aislarnos del entorno y, al mismo tiempo, deriva nuestra mirada. De la misma forma que no entiendo a caminantes hiperconectados permanentemente, tengo la sensación de que no disfrutan, tampoco comparto la extrema necesidad de charlar e ir gesticulando al mismo tiempo que sostenemos el aparatejo en posición casi incómoda. Si lo hiciéramos así todos los días, convertiríamos la dichosa postura en una enfermedad laboral. Como cuando el vecino me dijo que llevaba años con el brazo izquierdo apoyado en la ventana del coche y había desarrollado una dolencia propia de taxistas. Nunca lo hubiese imaginado.
Pero así es la vida. Continuamente ofrece y presenta nuevas oportunidades y no todas buenas. ¿No creen?
Juan FERRERA GIL




























Normas de participación
Esta es la opinión de los lectores, no la de este medio.
Nos reservamos el derecho a eliminar los comentarios inapropiados.
La participación implica que ha leído y acepta las Normas de Participación y Política de Privacidad
Normas de Participación
Política de privacidad
Por seguridad guardamos tu IP
216.73.217.128