Mi abuelo

Quico Espino

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Se llamaba Agustín y nació a principios de la década de los ochenta del siglo XIX, cuando en España reinaba Alfonso XII y gobernaba el conservador Antonio Cánovas del Castillo, en plena Segunda Revolución Industrial. Mientras crecía, aumentaba el número de trenes y mejoraban otros medios de viaje, así como la economía de los países occidentales y, paralelamente, se incrementaba el número de  rascacielos, que se convirtieron en iconos de las ciudades modernas. Él, sin embargo, no alcanzó el uno sesenta.  
 
 Aún no había cumplido los tres años cuando, ya entrado el año 1884, tuvo lugar la Conferencia de Berlín, donde se dio comienzo al reparto de África y su colonización, que, para mí, fue algo tan deleznable como el hecho de que durara la esclavitud en Cuba hasta 1886.
 
 Mi abuelo, que, por supuesto, no era consciente de nada de esto, se desarrolló en medio de un loco mundo y, debido a que su padre se lo inculcó, adquirió la costumbre de decir, por lo de su nombre, que estaba a gustito, y también que pertenecía a los Agustinos, esa orden mendicante fundada por San Agustín un montón de tiempo antes. Y, aparte de dibujarse figuradamente un nimbo de santo alrededor de su cabeza, se reía mucho con lo que él consideraba una gracia de las suyas, sobre todo por el hecho de que no era nada religioso y un tanto irreverente. 
 
No iba a misa los domingos ni guardaba las fiestas e imprecaba cada dos por tres por boberías. Por ejemplo, se cagaba en Dios y en el chocho de la virgen cada vez que echaba el ron por encima de la raya que tenía el vaso. Debe ser por eso que mi padre cogió la misma costumbre, aunque, la verdad, todos los hombres que conocí en mi infancia descolgaban el santoral con facilidad.
 
Un día, yo con siete u ocho años, allá por finales de los cincuenta o principios de los sesenta del siglo pasado, lo oyó blasfemar el cura párroco de mi pueblo, que era más soberbio que decirlo y que pasaba por El Sequero, el barrio de Ingenio donde mi abuelo tenía el minúsculo bar, y se espantó con sus improperios. Después de sermonearle, el sacerdote le preguntó que por qué no aparecía por misa y él respondió que no quería ver una película repetida todos los domingos.
 
-Si usté pone un mostrador a la entrada de la iglesia con una botellita de ron y un enyesque de carne de cochino frita, me tiene allí todos los días, cristiano. 
 
También jugaba con su apellido, que era Espino, aunque posteriormente, cuando ya tenía más de sesenta años y no le quedaba sino un hijo varón (mi padre), se enteró de que en realidad era Díaz, lo cual llevó a sus diez hijas a cambiarse el apellido Espino por Díaz, aunque algunas se pusieron Díaz Espino Caballero. Él, como mi padre, prefería el Espino porque le gustaba conjugarlo con Clavón, pues le encantaba el juego de llamarse Espino Clavón.
 
Era muy supersticioso mi abuelo. Creía en el mal de ojo, en que no se podía pasar bajo una escalera, en las desgracias que traía encontrarse con un gato negro, en verle la cara a una persona muerta, en los espíritus (que él llamaba fantasmas), en los martes y treces y en romper espejos en los que uno se había mirado. De hecho la primera novia que tuvo, lo dejó porque se empeñó en que ella tirara a la marea un espejo que él había roto, para romper el maleficio.
 
Mi abuela, con la que se casó a los dieciocho años, se aprovechaba de que fuera tan supersticioso y le hacía perrerías a cuento de eso, pues era una mataperras terrible. No obstante lo quería mucho. Según ella, él era chiquito pero matón pues antes de cumplir los cuarenta ya la había dejado embarazada dieciocho veces.
 
En mis recuerdos siempre lo veo detrás de la barra del bar que tenía, sirviendo piscos y enyesques y sumido en sus cuentas, tanto aritméticas como geométricas, pues, como no sabía leer ni escribir, dibujaba un palote cuando apuntaba una peseta, (hasta cuatro palotes perfilaba), y un redondel cuando se refería a un duro.
 
De los padres de mi madre no me acuerdo de nada, pero los de mi padre dejaron en mí grandes recuerdos que nunca se borrarán de mi memoria.
 
Quico Espino
Ilustración: Antonio Juan Valencia Moreno.
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