Canarias también viajará en los nuevos billetes de euro
Hay amistades que nacen de la forma más inesperada y que, sin saberlo, terminan inspirando una reflexión años después.
Allá por 2012, tras mi llegada de Nueva Orleans con Los Cebolleros, un espontáneo me abordó en la calle Guayres, esquina con Guillén Morales, para preguntarme si me habían sobrado monedas o billetes del viaje y, si era así, si se los vendía para su colección. Le respondí que sí, y aquel encuentro dio paso a una amistad que perdura hasta el día de hoy.
A lo largo de estos años he tenido la oportunidad de aportar a su colección pesos uruguayos, yenes japoneses, libras egipcias, monedas de euro conmemorativas del Vaticano y del Principado de Andorra, forintos húngaros, dinares jordanos y coronas suecas, tanto en monedas como en billetes. Y seguro que alguna otra divisa se me escapa de la memoria.
Gracias a esa amistad he descubierto que un billete puede ser mucho más que un medio de pago. Detrás de cada uno hay una historia, una cultura y una forma de representar a un pueblo. Los coleccionistas no solo guardan papel o metal; conservan memoria, patrimonio y pequeños fragmentos de la historia de la humanidad.
Con esa reflexión seguí con especial interés el proceso de renovación de los billetes de euro impulsado por el Banco Central Europeo. Después de más de veinte años con una misma serie inspirada en puentes, ventanas y puertas imaginarias, Europa ha decidido dar paso a unos billetes que reflejen mejor su riqueza cultural y humana. La renovación responde no solo a la necesidad de incorporar nuevas medidas de seguridad frente a la falsificación, sino también al deseo de que los billetes representen mejor la diversidad de quienes forman parte de la Unión Europea.
Las propuestas incorporan figuras universales como Miguel de Cervantes, Marie Curie, Ludwig van Beethoven o Leonardo da Vinci, acompañadas de escenarios relacionados con la educación, la cultura, la ciencia y el patrimonio. Por primera vez, los billetes dejarán de ser únicamente un elemento de seguridad y de intercambio económico para convertirse también en un escaparate de la historia, la cultura y la diversidad de Europa. Millones de personas los tendrán en sus manos cada día sin imaginar que, detrás de cada diseño, también hay un mensaje. Son billetes que, además de servir como medio de pago, aspiran a convertirse en una pequeña ventana abierta a la historia y a los valores compartidos de Europa.
Sin embargo, los primeros diseños despertaron una comprensible decepción. En ellos no aparecían representadas las regiones ultraperiféricas y, entre ellas, las Islas Canarias. Aquella ausencia generó un intenso debate que puso de manifiesto que los símbolos también importan. Porque un billete no solo tiene un valor económico; también transmite identidad, pertenencia y reconocimiento.
Afortunadamente, el proceso continuó y una de las propuestas dedicadas a Miguel de Cervantes incorpora un paisaje volcánico inspirado en las Islas Canarias. No aparece el nombre de Canarias ni el perfil del archipiélago sobre el billete. No hace falta. Basta un paisaje volcánico para que muchos canarios sepamos reconocer un pedazo de nuestra tierra. Ese guiño supone un reconocimiento a las regiones ultraperiféricas y a la singularidad de unas islas que también forman parte de Europa.
Ese guiño tendrá un valor especial para el mundo del coleccionismo. Cada nueva emisión de billetes despierta el interés de miles de aficionados que buscan conservar aquellas piezas que marcan un momento histórico o incorporan elementos singulares. No me cabe duda de que, cuando estos billetes entren en circulación, muchos coleccionistas canarios querrán conservar uno sin estrenar. No por su valor económico, sino porque será la primera vez que puedan señalar un billete de euro y decir: “Ahí también está representada mi tierra”. Del mismo modo, muchos coleccionistas de otros países descubrirán, quizá por primera vez, que ese paisaje volcánico representa una parte de Europa situada en pleno océano Atlántico.
Pero su importancia va mucho más allá del coleccionismo. Cada día millones de billetes cambian de manos en decenas de países. Viajan en bolsillos, carteras y cajas registradoras, cruzan fronteras y llegan a lugares donde quizá nunca haya estado una persona canaria. Que uno de esos billetes incluya un guiño a nuestras islas significa que Canarias también viajará con ellos. Es una forma silenciosa de proyectar nuestra identidad, de recordar que Europa no termina en el continente y de hacer visible un territorio que ha sido, desde hace siglos, un puente entre Europa, África y América.
Canarias no necesita privilegios; necesita reconocimiento. Merece ser reconocida como lo que es: una parte inseparable de Europa, con una identidad propia, una riqueza natural única y una historia que también contribuye a construir el proyecto europeo.
Quizá, en alguno de mis próximos viajes, vuelva a repetirse aquella escena de 2012. Tal vez, mientras recorro cualquier rincón del mundo, algún coleccionista me pregunte si tengo algún billete o moneda para vender o intercambiar. Ese día espero poder responder que sí. Y, entre ellos, sacar uno de los nuevos billetes de euro y decir con orgullo: “Mira, precisamente en este está representado el lugar de donde soy: las Islas Canarias”. Entonces comprenderé que no estaré enseñando solo un billete de euro. Estaré enseñando un pequeño símbolo de reconocimiento hacia la tierra donde nací. Porque, a veces, los detalles más pequeños son los que terminan teniendo el valor más grande.
Moisés Rodríguez Gutiérrez






















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