Gáldar: ecografía de una oposición sin pulso

Guayarmina Guanarteme

Dentro de nueve meses los vecinos de Gáldar volverán a decidir quién gobierna el municipio durante los próximos cuatro años. Nueve meses. Exactamente el tiempo que tarda en gestarse una nueva vida. Sin embargo, mientras el reloj electoral avanza con una puntualidad implacable, buena parte de los partidos que proclaman querer desalojar al actual gobierno siguen comportándose como si las elecciones fueran una cita lejana y no una realidad que exige trabajo, organización y liderazgo desde hace mucho tiempo.
 
Lo preocupante no es que todavía no hayan presentado oficialmente a su candidato/a. Lo verdaderamente alarmante es que ni siquiera parece existir una candidatura alrededor de la cual construir una alternativa. Antes de buscar el nombre de la criatura hay que saber si existe embarazo. Y, a día de hoy, lo único que transmite buena parte de la oposición galdense es una preocupante esterilidad política.
 
Durante años han repetido que el gobierno municipal está agotado, que el municipio necesita aire nuevo y que ha llegado el momento del cambio. Son frases que aparecen puntualmente cada cuatro años, como las luces de Navidad o los fuegos de Santiago. Lo que nunca aparece es aquello que debería acompañarlas: un proyecto serio, un equipo preparado y una hoja de ruta capaz de convencer a quien todavía no les vota.
 
La política municipal no consiste en aparecer cuando se convocan elecciones. Tampoco consiste en publicar un comunicado cada vez que el alcalde inaugura una obra o en escribir un comentario indignado en las redes sociales. La oposición tiene una función mucho más exigente: fiscalizar, proponer, estudiar, recorrer los barrios, escuchar a los vecinos y ofrecer soluciones. Si durante cuatro años no se ha hecho ese trabajo, resulta ingenuo pensar que cuatro semanas de campaña van a borrar cuatro años de ausencia.
 
Mientras tanto, el gobierno continúa marcando la agenda. Guste más o guste menos, es quien fija el debate público, anuncia inversiones, inaugura actuaciones y monopoliza el espacio político. La oposición, en cambio, parece haber aceptado un papel mucho más cómodo: comentar lo que otros hacen. Ha renunciado a liderar la conversación pública para limitarse a reaccionar cuando ya todo está decidido. Esa no es la actitud de quien aspira a gobernar; es la resignación de quien se ha acostumbrado a perder.
 
Resulta especialmente llamativo comprobar cómo algunos partidos dedican más tiempo a discutir nombres que a elaborar ideas. Se habla de quién encabezará la lista, de quién ocupará el número dos, de quién pactará con quién y de qué siglas resultan más rentables. Pero casi nadie habla del municipio. Casi nadie explica qué pretende hacer con la vivienda, con la movilidad, con los barrios que sienten que siempre llegan los últimos, con el pequeño comercio, con el patrimonio histórico o con el futuro económico de Gáldar. El debate interno parece reducirse a repartir un poder que todavía no han conquistado.
 
Quizá por eso cuesta encontrar ilusión. Porque la ciudadanía percibe cuando detrás de unas siglas existe un proyecto y cuando únicamente hay expectativas personales. Los vecinos pueden perdonar errores; lo que difícilmente perdonan es la improvisación. Y la improvisación empieza a convertirse en la seña de identidad de quienes pretenden presentarse como la gran alternativa.
 
Lo paradójico es que algunos siguen convencidos de que el gobierno acabará cayendo por el simple desgaste del tiempo. Como si veinte años de mandato fueran suficientes para provocar automáticamente un cambio político. La historia demuestra exactamente lo contrario. Los gobiernos no suelen perder solo porque envejezcan; pierden cuando enfrente encuentran una oposición mejor preparada, más creíble y con mayor capacidad de generar confianza. Si esa alternativa no existe, el desgaste deja de ser un problema para convertirse en una ventaja.
 
Después de dos décadas, la gran pregunta ya no debería dirigirse únicamente al gobierno. También merece ser formulada a quienes llevan veinte años aspirando a sustituirlo. ¿Qué han construido durante todo este tiempo? ¿Qué estructura política han levantado? ¿Qué equipos han formado? ¿Qué modelo de ciudad han explicado? ¿Qué trabajo constante pueden mostrar más allá de los meses previos a unas elecciones?
 
Porque la oposición también tiene responsabilidades. Gobernar no es la única forma de servir a un municipio. Hacer una oposición seria, rigurosa y útil también lo es. Y cuando esa oposición desaparece, cuando vive pendiente exclusivamente del calendario electoral o de las negociaciones internas, deja de ser un contrapoder para convertirse en un actor irrelevante.
 
Las elecciones están mucho más cerca de lo que algunos parecen creer. Nueve meses pasan rápido. Lo suficiente para traer una nueva vida al mundo, pero demasiado poco para improvisar el proyecto que no se ha trabajado durante cuatro años. Los vecinos no elegirán únicamente entre unas siglas y otras. Elegirán entre la continuidad y la credibilidad de una alternativa. Y esa credibilidad no nace de la noche a la mañana.
 
Tal vez el mayor éxito del gobierno municipal no resida exclusivamente en su capacidad para mantenerse en el poder. Quizá su auténtica victoria haya sido encontrarse, elección tras elección, con adversarios incapaces de construir una opción que merezca disputarle el gobierno de igual a igual. Porque cuando una oposición pasa más tiempo buscándose a sí misma que buscando soluciones para el municipio, deja de competir por gobernar y empieza, aunque no lo admita, a colaborar involuntariamente con la permanencia de quien dice querer desalojar.
 
El reloj electoral no espera a nadie. Tampoco los vecinos. Y mientras unos siguen preguntándose quién encabezará la candidatura, muchos ciudadanos empiezan a hacerse una pregunta mucho más incómoda: si después de veinte años todavía no han sido capaces de construir una alternativa reconocible, ¿por qué habría que creer que serán capaces de construir un municipio mejor?
 
Guayarmina Guanarteme
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