Campus de VallesecoHay veranos que se recuerdan por los viajes, otros por la playa. En Valleseco, muchas niñas y niños recordarán este verano por haber dado de comer a una cabra, haber descubierto que los abejorros no pican, haber regado un huerto o haber construido, entre juegos y risas, una pequeña caseta en plena naturaleza.
Es el espíritu del Campus de Verano de Valleseco, una acción municipal organizada por la empresa pública Somdevalle que se desarrolla hasta el próximo 31 de agosto y que este año reúne a alrededor de 120 niños y niñas entre los dos meses. El área recreativa de La Laguna y las instalaciones deportivas municipales se convierten en un gran espacio de aprendizaje al aire libre, donde jugar, descubrir, convivir y cuidar forman parte de la misma aventura.
Aquí, la jornada comienza entre sonidos muy diferentes a los habituales: el balido de las cabras y las ovejas, el cacareo de las gallinas o el rebuzno de los burros. Las niñas y los niños participan en su alimentación, ayudan a mantener limpios sus espacios y descubren, a través del contacto directo, la responsabilidad que implica cuidar de otros seres vivos.
“Lo que más me gusta, aparte del recreo, son las actividades en la naturaleza y echarle de comer a los animales”, explica uno de los participantes. Para muchos, es su primera oportunidad de acercarse de esta manera al mundo rural y descubrir una realidad que hasta entonces quizá solo habían visto de lejos.
Aprender con las manos en la tierra
El huerto es otro de los grandes protagonistas del campus. Regar, plantar, observar y esperar forman parte de una experiencia que permite a la infancia comprender que los alimentos no aparecen simplemente en las estanterías de los supermercados, sino que detrás de cada hortaliza hay tierra, agua, cuidados y trabajo.
Calabacines, habichuelas, lechugas o col rizada crecen estos días en un huerto que los propios participantes ayudan a cuidar. “Regamos el huerto y también vamos a una caseta que estamos haciendo en la naturaleza”, cuentan. Y es precisamente en esas pequeñas tareas donde surge otro de los aprendizajes que más valoran: hacer las cosas juntos.
“Nos gusta hacer mucho las casetas y trabajar en equipo”, explica uno de los niños. Una frase sencilla que resume buena parte de la filosofía del campus: aprender a colaborar mientras se juega, asumir pequeñas responsabilidades y descubrir que aquello que se construye entre todos también se disfruta de otra manera.
El contacto con la naturaleza despierta además su curiosidad. “Me encanta conocer las cosas de la naturaleza que no sabía”, cuenta otra de las participantes, que este verano ha descubierto, entre otras cosas, que “los abejorros no pican”. Son pequeños descubrimientos que nacen de la observación directa y que convierten el entorno en un aula viva.
Un verano para hacer amistades y descubrir
Junto a las actividades vinculadas al sector primario y la naturaleza, cada jornada combina deporte, juegos, talleres, piscina, rutas y dinámicas al aire libre. También están previstas distintas salidas, entre ellas a la playa de Las Alcaravaneras, Ilusiona Los Alisios, el cine, el Cenobio de Valerón o el Poema del Mar.
Pero más allá del programa de actividades, el campus es también un espacio para relacionarse, ganar autonomía y hacer nuevas amistades. “Aquí hacemos cosas variadas y nos divertimos mucho”, nos explican, que destacan especialmente la posibilidad de compartir cada día con otros niños y niñas.
Para quienes llegan por primera vez, además, el campus se convierte en una oportunidad para descubrir un entorno nuevo y sentirse parte de él. “Para ser la primera vez que vengo, me estoy familiarizando mucho con las personas que están aquí, con la naturaleza y con los animales”, relata una de los pequeñas.
La experiencia, así, va dejando algo más que fotografías de verano. Deja aprendizajes que no aparecen en ningún libro: aprender a cuidar, a observar, a respetar, a esperar, a compartir y a trabajar en equipo.
La concejala de Educación, Genita Rodríguez Santana, destaca que el Campus de Verano “es una iniciativa plenamente consolidada que acerca a la infancia a la naturaleza y al sector primario desde la experiencia”. “Queremos que las niñas y los niños disfruten del verano, pero también que desarrollen valores como el respeto, la cooperación, la responsabilidad y el cariño por el entorno que nos rodea”, señala.
Cerca de dos décadas después de su puesta en marcha, el Campus de Verano de Valleseco continúa demostrando que el aprendizaje también puede ocurrir mientras se juega, se corre, se riega una planta o se acaricia un animal.
Porque, para estos niños y niñas, el verano no solo consiste en pasar las vacaciones. También es descubrir que una semilla necesita cuidados para crecer, que los animales dependen de nosotros, que la naturaleza está llena de cosas por conocer y que trabajar juntos hace que cualquier aventura sea mucho más divertida.
Y quizá ese sea el recuerdo que se lleven cuando llegue septiembre: haber crecido un poquito mientras jugaban.


























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