
A las siete de la mañana de este cinco de agosto, Badayco,porque le apeteció, ofreció una Diana en la Placilla, que a Tata que lleva ya cuarenta y un años vistiendo de Reyuna, le supo a gloria, ya que la transportó a los días de su infancia, en los que la Diana solo era música sin baile.
Así, con este regalo inesperado, comenzó en Agaete, el Día de Las Nieves, con la alegría del día de Rama en el corazón, y con el deseo de que la Señora regresara, después de un año, al pueblo.
Comenzando la mañana, se vivió el transitar de los vecinos hacia el puerto, para acompañar a la Virgen, en esa subida llena de fe y devoción.
A pesar del intenso calor que quemaba el asfalto, muchos hicieron el camino descalzo, ya que hay que pagar las promesas y hay mucho que pedir a la Virgen de Las Nieves.
Desde la iglesia de La Concepción partió la imagen de San José para recibir a la Señora, con ese inclinar tres veces el trono, que saca las lágrimas y conmueve el corazón.
Y la Virgen cruzó el puente, recibiendo el canto de su salve, y con la traca de bienvenida, con la que Agaete siempre la recibe.
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Procesionó su imagen por las calles del pueblo, con el fervor de los vecinos en flor de pie, con las ventanas y balcones abiertos, para verla pasar.
Mary, Emilio y Javier, se colocaron en la trasera de la iglesia, en el sitio de siempre, al que también regresaron Elisa y Sary, porque en esa calle crecieron.
Tras recibir a la Virgen, llegó el momento de compartir con los amigos, caso de esa pandilla de Amigos del Norte, que ya tienen la tradición de hacerse la foto en la plaza.
Y en las casas se preparó la mesa, para disfrutar de la carne mechá, que el cinco de agosto siempre sabe a gloria.
Elena, Alejandra, Eli y Pety, volvieron abrir las puertas de la casa del Puente, y este año no fue fácil, pues fue el primero sin la querida y añorada Mary Carmen. Pero por ella se tuvo que estar, ya que ella tenía siempre esas puertas abiertas en estos días de fiesta, ofreciendo el botellín y el bocadillo a los amigos y a los que no lo eran.
La hospitalidad de Mary Carmen, su alegría vital, esa sonrisa que enternecía el corazón, ese decir. “espera que me voy a poner guapa para la foto”, ese siempre estar dispuesta aunque estuviese agotada, y ese cálido recibimiento que ofrecía a los que la visitaban, está para siempre en la vivencia del cinco de agosto.
Para ella porque no la olvidamos, y con todo el cariño para Elena, Alejandra, Ely y Pety, les dedicamos está crónica del regreso de la Virgen de Las Nieves a su pueblo.
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(Infonortedigital)
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(Juan Lorenzo Santana Medina)

































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