
El verano tiene una manera extraña de engañarnos. Creemos que dura tres meses, cuando en realidad apenas cabe en un puñado de recuerdos: el olor de la crema solar, la sal pegada a la piel, una persiana bajando mientras el calor aprieta al otro lado de la ventana. Los días se difuminan; esas cosas, no.
Cada año prometemos aprovecharlo. Anotamos sitios a los que ir, algún libro pendiente, gente con la que deberíamos quedar más. Y luego, sin darnos mucha cuenta, dejamos que los días se nos escapen igual que se escapa el agua del mar entre los dedos: sin ruido, sin que podamos señalar el momento exacto en que se fueron.
Puede que por eso nos guste tanto. El verano tiene la costumbre de recordarnos que la felicidad rara vez llega como un plan cumplido; llega más bien de refilón, en un helado que se derrite antes de tiempo, en una conversación que se alarga más de lo previsto al caer la tarde, en esa noche concreta en la que alguien propuso bañarse sin haberlo planeado y nadie dijo que no.
Y entonces, una mañana cualquiera, el aire cambia sin avisar. Las playas empiezan a vaciarse, las toallas dejan sitio a las mochilas del colegio, y el calendario nos reclama de vuelta.
Ahí es cuando de verdad se entiende: el verano no acaba el día que dice septiembre. Se queda, más callado, en la memoria de quien tuvo la suerte —o la cabeza— de pararse un momento a notarlo mientras pasaba.
Olga Valiente

























![«El cielo retratado en el tríptico de Las Nieves [Agaete]»](https://infonortedigital.com/upload/images/08_2026/4851_cielo1.jpg)




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