A Pedro Sánchez también se le va el baifo

Moisés Rodríguez Gutiérrez

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Hay decisiones que, por pequeñas que parezcan, terminan diciendo mucho de quienes las toman. Y recomendar una canción puede ser simplemente eso, una recomendación musical, pero cuando quien la hace es una persona con una enorme exposición pública, inevitablemente también abre la puerta a la opinión. Pedro Sánchez ha elegido ‘El Baifo’, de Quevedo, como una de sus recomendaciones musicales y, desde Canarias, resulta imposible no detenerse precisamente en ese título.

 

Aquí sabemos perfectamente lo que significa que a alguien se le vaya el baifo. Y quizá por eso la elección tiene una ironía difícil de pasar por alto. Pero más allá del juego de palabras, hay algo que me resulta especialmente llamativo: que se haya convertido a Quevedo en una especie de referencia obligada cada vez que alguien quiere acercarse a Canarias, a sus jóvenes o a la cultura popular de las islas.

 

Quevedo es canario, nadie puede discutirlo. Su éxito ha sido enorme, ha conseguido una repercusión internacional extraordinaria y ha situado el nombre de Canarias en escenarios musicales donde durante mucho tiempo no estuvo con esa fuerza. Eso merece reconocimiento. También merece reconocimiento su capacidad para movilizar a miles de personas y para conectar con una generación que ha encontrado en sus canciones una forma de expresión propia. Pero reconocer el éxito de un artista no obliga a compartir sus gustos musicales, ni mucho menos a considerar que todo aquello que hace debe ser automáticamente celebrado.

 

Y en mi caso, precisamente, la música de Quevedo no me gusta. No me gusta especialmente la manera en la que aparecen determinadas relaciones en algunas de sus letras ni la imagen que, desde mi punto de vista, se proyecta en ocasiones sobre la mujer. Hay canciones y mensajes que considero que atentan contra la dignidad de la mujer o que normalizan determinadas formas de entender las relaciones personales que no comparto. Que una canción tenga millones de reproducciones no significa que todo lo que diga tenga que ser aceptado sin crítica. La popularidad puede explicar un fenómeno, pero no convierte automáticamente una propuesta artística en intocable.

 

Tampoco comparto, en ocasiones, la manera en que aparecen determinados canarismos y referencias a Canarias. Y aquí conviene hacer una diferencia importante: nadie puede cuestionar las raíces canarias de Quevedo. Son parte de su historia y de su identidad. Lo que sí puede cuestionarse es la manera en que determinadas palabras, expresiones o referencias aparecen incorporadas a algunas canciones. Para quienes hemos vivido siempre en Canarias, algunas pueden sonar artificiales, poco naturales o incluso colocadas con calzador, como si fuera necesario introducir constantemente una referencia canaria para recordar al público de dónde procede el artista.

 

Canarias no necesita que le pongan un canarismo encima para demostrar que existe. Canarias existe mucho antes de que una palabra nuestra aparezca en una canción que alcanza millones de reproducciones. Existe en nuestra manera de hablar, en nuestras costumbres, en nuestras fiestas, en nuestra gastronomía, en nuestra música, en nuestro folclore, en nuestra historia y en la forma particular que tenemos de entender y vivir la vida. Nuestra identidad no necesita ser empaquetada, adornada ni convertida en una etiqueta comercial para tener valor.

 

Y precisamente por eso me parece importante poder decir que Quevedo puede gustar muchísimo y, al mismo tiempo, no gustar a todo el mundo. Puede ser un fenómeno musical extraordinario y existir personas que no se sientan representadas por sus canciones. Puede llevar el nombre de Canarias por el mundo y, al mismo tiempo, haber canarios que no encuentren en su música la representación de la identidad de las islas que sienten como propia. Una cosa no invalida la otra.

 

Lo que sí resulta evidente es que Quevedo mueve masas. Y cuando alguien consigue esa capacidad de convocatoria, la política tampoco tarda demasiado en fijarse. No es el primer político que intenta acercarse al fenómeno, realizar afirmaciones sobre el artista o aprovechar de alguna manera la enorme repercusión que tiene entre las generaciones más jóvenes. Es comprensible desde la lógica de la comunicación política: allí donde hay millones de personas mirando, siempre habrá quien quiera hacerse un hueco.

 

El problema aparece cuando el fenómeno cultural se convierte en una herramienta para conseguir rédito político y se empieza a hablar del artista desde una realidad que no siempre coincide con lo que realmente representa. Porque Quevedo no necesita que ningún político le explique a Canarias quién es. Tampoco Canarias necesita que ningún político utilice a Quevedo como certificado de modernidad, juventud o conexión con las nuevas generaciones. La cultura no debería convertirse en un atajo electoral.

 

Quizá por eso convendría dejar de confundir popularidad con identidad. Quevedo tiene millones de seguidores, pero Quevedo no es Canarias. Quevedo es una parte de Canarias, un artista nacido en esta tierra que ha alcanzado un éxito extraordinario. Pero Canarias es muchísimo más grande que cualquier artista, por enorme que sea su éxito. Canarias también son sus barrios, sus pueblos, sus mayores, sus jóvenes, sus tradiciones, sus escritores, sus artesanos, sus músicos, sus grupos de folclore, sus fiestas populares y todas aquellas personas que mantienen viva una cultura que no necesita millones de reproducciones para tener valor.

 

Y quizá ahí esté la verdadera reflexión. No todo lo que triunfa representa necesariamente aquello de donde procede. Un artista puede llevar el nombre de Canarias por el mundo y eso debe celebrarse, pero nadie debería utilizar su éxito para definir por completo lo que somos. Canarias no cabe en una canción, ni en un álbum, ni en una playlist. Mucho menos cabe en un canarismo colocado estratégicamente para que una canción suene más isleña.

 

Por eso, cuando Pedro Sánchez coloca ‘El Baifo’ entre sus recomendaciones, más allá de la canción y de los gustos personales, lo que queda es una reflexión inevitable sobre cómo se utiliza hoy la cultura popular. Quevedo es un fenómeno enorme, pero precisamente por eso convendría dejar que su música sea eso: música. Que guste a quien tenga que gustarle, que otros la critiquen, que se debata sobre sus letras y que cada persona decida qué quiere escuchar. Lo que no necesitamos es convertir a un artista en una especie de símbolo político, ni utilizar su popularidad como una vía rápida para acercarse a una generación.

 

Y sí, a Pedro Sánchez también se le va el baifo. No por escuchar a Quevedo, ni por elegir ‘El Baifo’, ni porque una persona tenga que pedir permiso para decidir qué música escucha. Se le va el baifo, en todo caso, porque la elección termina siendo una perfecta metáfora de una política que en demasiadas ocasiones parece necesitar subirse a aquello que mueve masas para sentirse cerca de la gente.

 

Quevedo seguirá llenando escenarios, acumulando reproducciones y haciendo que miles de personas canten sus canciones. Y Canarias seguirá siendo mucho más que eso. Porque nuestra identidad no necesita una playlist para existir, ni un artista para demostrar que tenemos voz. Canarias ya tiene su propia música, su propia manera de hablar y su propia historia. Y no necesita que nadie le ponga un canarismo encima para demostrar que existe.

 

Moisés Rodríguez Gutiérrez

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