Pepe el Perola ya tiene papagüevo: cuando un pueblo convierte a su gente en memoria

Vidal Bolaños Betancort

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Agaete ha presentado el papagüevo de Pepe el Perola, que se estrena este año en las Fiestas de Las Nieves. La noticia puede parecer simpática, festiva, incluso anecdótica. Pero en realidad dice mucho sobre cómo los pueblos construyen memoria.

 

Un papagüevo no es solo una figura grande que camina entre la música y la risa.

 

Puede ser una manera de convertir a una persona querida en presencia colectiva.

 

Las fiestas populares tienen esa capacidad extraordinaria de transformar lo cotidiano en símbolo. Lo que para alguien de fuera puede ser una figura colorida, exagerada y divertida, para un pueblo puede ser mucho más: una forma de decir que ciertas personas no se van del todo mientras sigan caminando por las calles en el recuerdo de los demás.

 

Pepe el Perola pertenece a esa clase de nombres que no necesitan demasiada explicación dentro de un pueblo. Hay personas que forman parte de la vida local no por cargos, títulos o discursos, sino por haber estado ahí. En una esquina. En un bar. En una conversación. En una rutina compartida. En una frase repetida. En una manera de saludar. En miles de recuerdos que parecen pequeños hasta que faltan.

 

Esa es la memoria más humilde y, muchas veces, la más verdadera.

 

La memoria oficial suele escribirse con fechas, expedientes, actos institucionales y nombres reconocidos. Pero los pueblos también se cuentan a través de personajes populares, vecinos entrañables, personas con carácter, con humor, con forma propia de estar en la vida. Gente que no necesitó subir a un escenario para formar parte del escenario emocional de su comunidad.

 

Cuando Agaete saca un papagüevo con el nombre de Pepe el Perola, no solo añade una figura más a sus fiestas.

 

Está diciendo: esta persona forma parte de nosotros.

 

Y eso tiene una belleza enorme.

 

Porque no todos los homenajes necesitan solemnidad. No todos los recuerdos deben hacerse en silencio. A veces un pueblo recuerda mejor bailando. A veces la risa también es una forma de cariño. A veces una figura festiva, con su tamaño desmedido y su caminar entre la gente, expresa más ternura que una placa fría colocada en una pared.

 

El papagüevo tiene algo de infancia y de eternidad popular. Aparece entre la música, sorprende a los niños, provoca sonrisas, se deja fotografiar, avanza con torpeza alegre y convierte la calle en un lugar donde la memoria puede tocarse casi con la mano.

 

Los pueblos necesitan ese tipo de símbolos cercanos.

 

Porque no toda identidad nace de grandes gestas. También nace de los nombres que se dijeron mil veces en la plaza, de los vecinos que todos reconocían, de quienes tenían una manera única de reír, de hablar, de caminar o de aparecer cuando había fiesta.

 

Pepe el Perola, convertido ahora en papagüevo, entra en esa categoría especial de personas que pasan de ser recuerdo privado a formar parte del imaginario común. Ya no estará solo en la memoria de quienes lo trataron directamente. También estará en la mirada de quienes lo descubran a través de la fiesta.

 

Un niño que vea ese papagüevo quizá pregunte:

 

—¿Y ese quién es?

 

Y ahí empieza lo importante.

 

Porque cada pregunta abre una historia. Alguien contará quién fue Pepe el Perola, por qué se le recuerda, qué tenía de especial, qué anécdotas dejó, qué lugar ocupaba en la vida de Agaete. Y entonces la fiesta cumplirá una de sus funciones más hermosas: transmitir memoria sin que parezca una lección.

 

Las fiestas de Las Nieves tienen una fuerza popular inmensa. Son música, Rama, Puerto, familias, barcos, papagüevos, promesas, recuerdos, salitre y emoción colectiva. Pero también son una gran escuela de identidad. En ellas los niños aprenden, casi sin darse cuenta, quiénes fueron importantes para su pueblo, qué se celebra, por qué se vuelve cada año y qué nombres no deben perderse.

 

Por eso hay que cuidar estas formas de recuerdo.

 

Un papagüevo dedicado a una persona querida no debe convertirse en caricatura vacía. Debe mantener afecto, respeto y contexto. La exageración festiva forma parte del lenguaje popular, pero detrás debe haber cariño. Los niños que lo vean bailar deberían saber quién fue. Los visitantes deberían entender que detrás de esa figura hay una historia compartida.

 

Donde otros ven solo folclore, el pueblo reconoce biografía.

 

Donde otros ven una máscara, los vecinos ven un rostro.

 

Ahí está la diferencia entre una fiesta viva y una fiesta convertida en simple espectáculo. Una fiesta viva tiene nombres propios. Tiene gente detrás. Tiene memoria. Tiene detalles que solo se entienden del todo si alguien los explica desde dentro. Una fiesta vacía, en cambio, se limita a repetir formas sin alma.

 

Agaete ha sabido muchas veces convertir la memoria en calle. Lo hace con su música, con sus tradiciones marineras, con sus bandas, con su Rama, con sus papagüevos y con esa manera tan suya de vivir la fiesta como si el pueblo entero respirara al mismo compás.

 

La presentación del papagüevo de Pepe el Perola confirma algo que conviene valorar: la cultura popular no se conserva únicamente en museos, archivos o documentos. También se conserva cuando un pueblo decide sacar a bailar a sus recuerdos.

 

Y eso, cuando se hace con cariño, es una forma hermosa de inmortalidad popular.

 

Porque hay personas que no necesitan estatua de bronce para seguir presentes. Les basta con que alguien las nombre. Con que alguien cuente una anécdota. Con que alguien sonría al recordarlas. Con que un papagüevo salga a la calle y, de pronto, muchas miradas reconozcan algo más que una figura festiva.

 

Reconozcan una vida.

 

También debemos aprender una lección más amplia. Los pueblos deberían cuidar mejor a su gente mientras está viva. No esperar siempre a la ausencia para valorar lo que ciertas personas aportan al alma colectiva. Cada municipio tiene sus Pepes, sus Carmelas, sus Juanes, sus Marías, sus nombres populares, sus vecinos irrepetibles, esos seres humanos que no figuran en los manuales pero sin los cuales el pueblo sería menos pueblo.

 

La memoria popular se alimenta de ellos.

 

Y si no se recoge a tiempo, se pierde.

 

Por eso sería bueno que cada figura, cada papagüevo, cada homenaje popular, viniera acompañado de relatos, fotografías, testimonios y pequeñas historias. No para quitarle espontaneidad a la fiesta, sino para darle más profundidad.

 

La risa puede convivir con la memoria.

 

La alegría puede ser una forma de homenaje.

 

El humor, cuando nace del cariño, también dignifica.

 

Pepe el Perola ya tiene papagüevo. Eso significa que, cuando suene la música y la figura aparezca entre la gente, Agaete no solo estará celebrando una fiesta. Estará diciendo que su memoria no está hecha únicamente de monumentos, sino de personas.

 

Personas que estuvieron.

 

Personas que dejaron huella.

 

Personas que un día se fueron, pero que el pueblo, terco y agradecido, se niega a dejar desaparecer del todo.

 

Y quizá esa sea una de las misiones más nobles de las fiestas populares: recordarnos que nadie muere del todo mientras una comunidad lo siga sacando a bailar.

 

Vidal Bolaños Betancort

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