LA BRISA DE LA BAHÍA (294). El hombre del tiki-tiki (II)

Una confesión inesperada revela el trasfondo de un crimen y la compleja relación entre el hombre del tiki-tiki y el detective Margarito González.

Juan Ferrera Gil Lunes, 03 de Agosto de 2026 Tiempo de lectura:

El hombre de pasos cortos ha ido a hacerse una analítica.

 

Como es muy respetuoso, señala que la improvisación, cargada de falta total de experiencia, se ha adueñado de su situación una vez más. Y se expresa así, como si no hiciera daño. Al menos, no es su intención. Y ahí lo deja, como una fruta madura recién caída del árbol. Para cuando decidió hacer lo que hizo, nunca pensé, ni llegué a imaginar, que fuera un asesino vulgar y mediocre. Eso sí: se encargaba de apartar de este mundo a los incompetentes con que se iba tropezando en la vida. Nunca me sentí incluido; sin embargo, los caminos del Señor son inescrutables y nunca se debe mantener aquello de “éste agua no beberé ni aquel muchacho es hijo de un cura”. Así que no me quedó más remedio que apechugar con el penúltimo desenlace. Cuando el joven que extraía sangre en el Ambulatorio apareció muerto con la cara desleída y medio deslenguado, nunca imaginé que sus sospechas descansaran en él. Pero el investigador Margarito González era muy Margarito. ¡Y ya se sabe que los detectives privados obedecen a motivaciones varias y a extrañas circunstancias! Como la policía local y municipal era partidaria de no entrar en detalles, nunca se mojaba más allá de donde podía y quería, movilizó a su detective estrella, que le sacaba siempre las castañas del fuego.

 

De cómo llegaron a mezclarse ambas cosas, como el aceite y el agua, nunca lo llegué a saber de manera clara y efectiva. Lo cierto es que Margarito González y el hombre del tiki-tiki confluyeron en mañanas frescas en la Avenida de Visvique o de La Charca, mucho antes de que regresaran los pasos de peatones tradicionales y olvidados por mor de la presencia incesante y continua de los coches. Allí entablaron cierta amistad hasta que uno de ellos desapareció: el hombre de pasos cortos ya casi nunca salía de su casa de Lomo de San Pedro hasta que las aguas se calmaran. Como nadie recelaba de él, sobrevivió algún tiempo mientras seguía con sus acostumbrados paseos que ahora pisaban terrenos, sobre todo, de tierra casi virgen. Para cuando llegó a sus oídos el terrible suceso, él no solo no lo relacionó, sino que llegó a exculparse de todo: nunca lo había tratado ni sabía quién era el infortunado joven. Cuando comprendió que la víctima era hijo de su mejor amigo de la lejana infancia desaparecida, apenas lo pudo aguantar: tanto era su desquiciamiento que confesó a Margarito González su crimen. A partir de ahí, todo se desencadenó y acabó como ustedes están imaginando. Pues eso.

 

“Como tuve la sensación de amenaza inminente, declaré la verdad ante Margarito, nunca ante la policía”, dijo el hombre del tiki-tiki ante su caminar tranquilo y sosegado, lleno de pachorra isleña, por la Presa de Pinto, como medio escondido, adonde solía ir en tardes sobrevenidas y acuciantes. Nunca llegó a entender del todo lo que había hecho, más que nada porque aquel muchacho del ambulatorio que un día le extrajo sangre lo había convertido en casi una piltrafa humana: le dejó la mano derecha que parecía la de un drogadicto. Nunca supimos si sostuvo un verdadero y auténtico arrepentimiento.

 

Juan FERRERA GIL

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