Eulalio J. Sosa GuillénEn el parque de Santa Catalina, en la zona más sombreada, una linda muchacha mulata dejaba cada tarde al hombre de barba de astracán y piel de betún en un banco público.
El octogenario pasaba las horas platicando con marinos africanos y, cuando no, sacaba de la faltriquera de la guayabera la bolsa de las migas y hacía las delicias de palomas y gorriones. A veces, en soledad, golpeaba con la contera del bastón el suelo, arrancando ritmos lejanos.
Me ausenté de la ciudad un año y, a mi vuelta, al pasar por el parque, lo vi irreconocible: no hablaba con los de su raza, no advertía la presencia de las aves y apenas sostenía la garrota de avellano entre las manos.
Me armé de valor y, un día en que la joven mulata iba a recogerlo, le pregunté:
—¿Es su abuelo?
—Sí —dijo ella, saliendo al paso.
—Es Alzheimer, ¿verdad?
—No. El neurólogo nos dijo que una tarde abrió la ventana de la cocina y se escapó por ella a su casa.
Eulalio J. Sosa Guillén
































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