Candidito Ortega en el salón de su casa, con la grabadora para las coplasEl 11 de noviembre de 1977, a los 92 años, fallecía en Teror un carpintero de buen hacer, excelentes dotes para la música, profundamente relacionado con los fastos y el quehacer diario de la Basílica del Pino, tan cercana su casa que se diría predestinado a realzar tronos, vestir cruces en mayo o cantar himnos en honor a la Virgen.
Pero no. Candidito Ortega Hernández era también mucho más; director de la Banda de Música de la Villa, vividor persistente de todo lo popular, un verdadero custodio de sones y tradiciones de la tierra que gracias a él pervivieron hasta el último tercio del pasado siglo. Por ello, la Escuela Municipal de Música de Teror que lleva su nombre y que pronto cumplirá su cuarto de siglo; es una buena muestra de que su presencia sigue ahí, enlazando el hoy por hoy pujante presente de la música en la villa con las más profundas raíces de la cultura canaria.
Hicieron falta en su momento cauces para que sus saberes no se perdieran
A fines de los años sesenta, y como continuación de una tradición parrandera que venía de años, cosa casi obvia en Teror; una efervescencia por lo popular y la defensa de las tradiciones, que también se estaba plasmando en otros muchos lugares de la geografía insular con la aparición de diferentes grupos folclóricos, sirvieron de crisol para que las voluntades de unos cuantos preocupados por dar nueva vida a esas maneras y mañas de ser canario que estaban aún latentes, volvieran a revivir.
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En Teror, ese resurgir se plasmó la noche del 11 de julio de 1970 en las fiestas de San José de aquel año; en el patio del Colegio Diocesano (prontamente remozada sede del Consistorio terorense) un grupo de jóvenes -Solangel de Sancho, Sarito Sánchez, José Rafael Sarmiento, Vicente Guevara, Tano Alfonso,….- interpretaron uno de los “Monólogos Canarios” de Pancho Guerra; luego, Pilar Arencibia, la esposa del alcalde Manuel Ortega, encuadró la figura de los padres, en cuyo homenaje se celebraba la fiesta. Y al final como festivo colofón, tuvo lugar la primera actuación de “Los Roneros”, aún exiguo grupo formado las semanas anteriores.
Tal como plasmara la crónica de entonces, eran “unos muchachos decididos que se han unido para cantar… Unos son estudiantes, trabajadores otros, pero todos igualmente responsables de su cometido como grupo”
Esta diferenciación surgida desde un principio (estudiantes-obreros, jóvenes-mayores) marcaría muchas de las circunstancias de su posterior camino y daría lugar a escisiones y separaciones en los siguientes años, en las que personas destacadas en este mundillo como Pepe Dávila, crearon otras sendas.
Estaba dirigido musicalmente en sus inicios por uno de los principales valedores del folclore en la Villa desde mucho tiempo antes, José Santana García, y en aquel verano del 70 otras muchas personas interesadas por difundir nuestra música -los hermanos Vallejo, entre otros- les mostraron su apoyo. Así fue, que tan sólo un mes más tarde, tal como aparece en su primera fotografía como grupo, el número de componentes había aumentado y la indumentaria que habían elegido ya estaba definida, aunque alguno aún apareciera con zapatillas deportivas de entonces.
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Los años siguientes, con algunas divergencias, y nuevos grupos que surgían a su socaire, los llevaron por toda la geografía isleña, pasando por las fiestas de El Palmar, La Aldea, El Pino, San Pedro Mártir en Las Palmas, Guía, Gáldar, Arucas, …, consolidando poco a poco su estilo y permitiendo a algunos de sus miembros y colaboradores -Carlos Domínguez Iglesias y sus coplas, o Eduardo Vallejo Cabrera con otras obras- crear para ellos canciones y sones. Precisamente, la pieza que éste último tenía dedicada desde los años 50 a la fiesta del barrio terorense de San Isidro y su pervivencia hasta la actualidad, es una buena muestra de ello.
“Vamos pa San Isidro,
vámonos todos que ya es la fiesta.
Vamos a ver al santo
de las cosechas.
Que me gusta la fiesta
de San Isidro, junto a la era.
Que me gusta, Dios mío,
por parrandera.
San Isidro, labra, labra,
quita el sol y pon el agua.
San Isidro, labrador,
quita el agua y pon el sol”
Cándido Manuel de Jesús Ortega Hernández había nacido en Teror el 8 de febrero de 1885, hijo de Francisco Mª Ortega y Rafaela Hernández. En pleno Recinto y perteneciente a destacadas familias de la sociedad terorense de fines del XIX, mostró desde siempre una especial predisposición hacia la música, que se manifestaba desde la mañana a la noche, que le cogía tocando la guitarra en la cama; cantando instintivamente y memorizando cualquier melodía que le viniera a la cabeza, o viviendo la música en todas las oportunidades que el discurrir de la Villa Mariana permitía, finiquitando el siglo XIX. Cuando tenía 13 años, en 1898, la presencia durante varios meses en la Villa de una verdadera invasión de intelectuales, políticos y familias burguesas de Las Palmas llegadas a Teror ante el temor de una posible invasión norteamericana de las islas, trajo también al pianista y profesor del Conservatorio de Ginebra, Eduardo Bonny, que no tardó mucho en apreciar estas innatas cualidades en el muchacho y quiso llevarlo al Conservatorio de Milán para terminar de formarlo musicalmente. Pero chocó frontalmente con la negativa de su madre, Rafaela Hernández Suárez, que no entendía esos alejamientos de su progenie para ganarse el futuro, que, por otras muchas razones, tenía asegurado en Teror.
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Con ello, doña Rafaela marcó el porvenir de Candidito, ligado desde entonces al valle terorense y, en mayor medida, a la vida musical que rodeaba las celebraciones religiosas del Santuario y a la Banda Municipal –creada el mismo año de su nacimiento- y que, con distintos vaivenes motivados por razones políticas y familiares, dirigió desde 1928 hasta 1956.
Por todo ello, cuando sobre 1975, un grupo de jóvenes interesados por las raíces profundas de nuestro folclore y tradiciones que Candidito atesoraba, llegaron hasta él buscando saberes con los que ganarse unas perras con el turismo en el mediodía, entre el turno de mañana y tarde del instituto. Él no los defraudó.
A ese grupo, luego bautizado como “Los Chicharones”, debemos la primera recogida y configuración de esa excepcional muestra de la cultura musical terorense que es la “Isa a Candidito”, recopilada con otras muchas obras gracias a la paciencia, el tesón y la colaboración del ya nonagenario Candidito. Uno de esos jóvenes, Peyo Benítez, escribió años más tarde que la isa surgió de una jota y que donde decía Aragón, Candidito puso Teror; y los sones canarios, la referencia a la cercana Calle de Correos junto al buen hacer tanto del anciano como de sus jóvenes alumnos pusieron el resto, consiguiendo recuperar y construir una verdadera pieza maestra del folclore musical de las islas.
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En 1977, parte de los jóvenes que formaban “Los Chicharones” se unieron a lo que restaba de los antiguos roneros y formaron nuevamente el grupo que, con esta sangre nueva, perdurarían, ya cada vez más desganados por motivos varios, hasta comienzos de los 80.
Y pese a que, en 1978 con la fuerza pujante e innovadora de la transición social y política que se vivía, llegaron a interpretar la “Misa Sabandeña” en la Solemne Función del Día del Pino, “Los Roneros” fueron languideciendo poco a poco en los siguientes años, hasta desaparecer, tal como dijera en su día el mismo Peyo Benítez por “causas ridículas”.
Pero dejaron el año de su resurgir, un recuerdo imperecedero del respeto que debían al maestro, al hombre que tantos valores aunara y que les había brindado su sabiduría y tradición en un homenaje que, para los amantes de la tierra y sensibilidad hacia lo que nos definía como pueblo, era ya una deuda de honor de Teror para con la figura y obra de Candidito Ortega. El 4 de septiembre de 1977, en La Alameda, a un tiro de piedra de su casa, la juventud terorense, representada por “Los Roneros” cantó sus Aires de Lima, sus sones, sus coplas, y la Isa a él dedicada con lo que de su memoria había surgido. Ya enfermo, Candidito pudo disfrutar de aquel homenaje como una última muestra del cariño, el respeto y la distinción con que el pueblo donde había nacido le honraba al final de su vida.
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Vida que se apagó tan sólo dos meses más tarde, en noviembre de aquel mismo año.
Candidito murió cuando su famosa isa comenzaba a vivir. Según el propio Peyo Benítez; algunos chicharones, cuando terminaban sus tocatas para el turismo, se reunían con Candidito para aprender canciones o coplas antiguas que él recordara. Después de 1977, a la isa se le hicieron arreglos solamente en la introducción musical, realizados por Santiago Nuez y se mantienen los dos solistas con estilos diferentes: Juan Morales o Alfonso de Sancho, la primera, y Manolo García o Peyo Benítez, la segunda.
Fueron en realidad Los Roneros, los que más dan a conocer esta isa pero nunca llegaron a grabarla; aunque sí fueron los primeros en interpretarla en un extraordinario ámbito público. Hace casi medio siglo, el 7 de septiembre de 1977 la cantaron ante la Virgen del Pino en la Romería de aquel año.
Con el paso del tiempo el grupo fue desapareciendo y Santiago Nuez, que ya formaba parte del grupo Los Gofiones, lleva consigo esta popular isa a la que se le suman algunos arreglos: modifican la introducción musical y el primer coro en que el lucero que te ronda es el sol de la mañana; se mantienen el estilo y la letra en el primer solo, pero en el segundo se cambia: Dos besos guardo en el alma que no se apartan de mí, el último de mi madre y el primero que te di por el que después cantara Pedro Glez. Lino.
También desapareció el último coro: Run ran rin ran ron me voy pa La Habana run ran rin ran ron María Sebastiana Run ran rin ran ron me voy pa La Habana run ran rin ran ron a buscar un querer.
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El periplo es ya conocido: Santiago Nuez, último director musical de Los Roneros, la llevó en su equipaje cuando pasó a Los Gofiones, y éstos la grabaron por primera vez en 1982 en su disco “500 años de historia”; aunque no les gustó como quedó -el tempo de la canción era muy lento- por lo que la volvieron a grabar en el siguiente disco “Volumen V” y esa es la versión, un tanto variada con respecto al original, que se pincha en la actualidad y que se ha difundido por el mundo entero.
Y así, los aires musicales que Candidito custodiara, recuperara y enseñara a la juventud terorense para el acervo cultural de toda Canarias pudieron seguir escuchándose, aún después de su ausencia. Y ahora más aún, cuando las recién abiertas aulas de la Escuela Municipal que lleva su nombre forman musicalmente a tantas personas, tan sólo a unos metros de la casa donde Candidito las cantó por primera vez:
¡Vivan las canciones de Teror!
¡Viva la alegría! Que en la calle de correos
te compré unas zapatillas,
Zapatillas de charol y el delantal
y el vestido blanco y la pañoleta
para el carnaval.
José Luis Yánez Rodríguez
Cronista Oficial de Teror
































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