Oscar Wilde, víctima de una amistad tóxica (1)

Juan Ramón Hernández Valerón.

[Img #32956]Seguramente habrá muchas personas que han sufrido a lo largo de su vida la influencia tóxica de algún familiar, amigo o conocido, pero nadie sufrió tanto el influjo tóxico de un amigo como el poeta, dramaturgo y novelista Oscar Wilde. Pocas han sentido en sus carnes tanta humillación y tanta vergüenza como él, pues pocos terminaron viviendo en la calle, marginado, vilipendiado, olvidado por su esposa e hijos, la mayoría de su amigos y conocidos, como el poeta, que fue uno de los genios más brillantes e influyente de su tiempo.
 
Y todo por tropezarse en su vida a un individuo que vivió a su costa como un verdadero parásito unos cuantos años, del cual nunca supo desprenderse a tiempo, ignorando los consejos de amigos y personas queridas que le prevenían de aquella mala influencia. ¡Qué lástima y qué pérdida tan sensible para la literatura! 
 
¡Cuánta rabia y cuánta animadversión siento dos siglos después contra aquel amante vanidoso mientras leo “De profundis”!, una larguísima carta en forma de libro que el poeta escribió estando en prisión por culpa de este energúmeno que lo llevó a la ruina en todos los aspectos.
 
En medio de tanta rabia y dolor que, como un veneno se ha introducido en mi organismo y que tanto escozor me produce, vislumbro que, tal vez, este escrito sea un pequeño homenaje; una manera de solidarizarme con el poeta; un lamento profundo ante tanta desgracia; una forma de aliviar mi pena y mi amargura; una manera de protestar ante las injusticias ocurridas en el presente y en el pasado; una forma de sentirme a su lado a pesar del tiempo pasado, de imaginar que me hubiera gustado ser uno más de los pocos que tuvieron el valor y el coraje de ir a visitarlo en la prisión, haber sido uno de esos pocos amigos o, al menos, el haber tenido el pequeño gran gesto de quitarme el sombrero ante él mientras el poeta, escoltado por dos policías y con la cabeza gacha, recorría aquel largo pasillo, sin que me importara en absoluto lo que pensara de mí el público asistente. ¡Qué orgulloso me hubiera sentido y qué a gusto me hubiera quedado!
 
Lo llevó a la ruina el amor de alguien que no lo merecía, el de una sanguijuela inmunda que destruyó su vida. La repugnancia que siento en estos momentos se une a la rabia que se ha apoderado de mí nada más comenzar este escrito.
 
¿Influenciado por la lectura se puede sentir tanto dolor y tanta rabia después de pasados dos siglos por la suerte que corrió? Si me lo preguntaran a mí les diría que sí sin dudarlo un segundo. ¿Será el valor que tiene la literatura? Seguramente. Mientras lees, el pasado se hace presente, cercano, cotidiano, permitiendo que los sentimientos afloren tan de repente que dan la impresión de que están ocurriendo ahora. Y este, amigos míos, es el inmenso poder que tiene la literatura.
 
¡Cuántos infortunios, cuántas enfermedades, cuántos disgustos, cuántas vidas segadas por las llamadas bajas pasiones! (expresión que parece indicar un lugar geográfico localizado en nuestro mapa corporal situado al sur del ombligo, donde el intelecto estaría en el norte, como si estuviesen enfrentados.
 
Mi amigo Miguel, el ferretero más ilustre que he conocido, el que hizo de la literatura su pasatiempo preferido que lo libra del embrutecimiento de la vida diaria y que lo hace sentirse un personaje de novela cada vez que abre un libro; que se sumerge en sus páginas buscando el elixir de la vida segura y confortable que lo libre de tanta estupidez humana, me prestó “De profundis” y nunca podré agradecérselo lo suficiente, pues debo confesar que no conocía el libro de Oscar Wilde y tengo que admitir mi vasta ignorancia, pues solo había leído “El retrato de Dorian Gray”, su celebérrima obra.
 
Llegados a este punto, me veo en la necesidad de poner un punto y aparte en mi narración, porque, y me tienen que disculpar, no puedo seguir contándoles todo lo que quería sobre la caída en el más absoluto olvido y degradación que sufrió este poeta y dramaturgo, pues el dolor y la rabia me corroen. Este es el poder que tiene la literatura si te metes de lleno en ella, sin importar que los hechos hayan ocurrido en el pasado o en el presente. Te influyen por igual. Y yo me he dejado llevar por mis sentimientos. Espero poder continuar la semana próxima. Hasta entonces, procuren librarse de esas personas que, en nombre de la amistad verdadera, del amor más inmenso, del cariño más profundo, terminan arruinando la vida del que las acogen.
 
Juan Ramón Hernández Valerón.
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