Fiestas Populares

La Enconada se miró al corazón en el pregón de sus Fiestas del Camello 2026

José Antonio Mederos Alonso convirtió la apertura de las fiestas en un viaje por la memoria, la identidad y el orgullo de un barrio que continúa reconociéndose en su gente

Vidal Bolaños Betancort Sábado, 01 de Agosto de 2026 Tiempo de lectura:

La plaza de La Enconada no fue, durante la noche del pasado viernes 31 de julio, únicamente el lugar en el que comenzó un programa festivo. Se convirtió en punto de encuentro, en álbum compartido y en refugio de una memoria que permanece viva entre sus casas, sus calles y las laderas de Amagro.

 

A las 20:30 horas comenzaron oficialmente las Fiestas del Camello 2026. Las artistas galdenses Ana Gil y Aridia Ramos Rodríguez fueron las encargadas de abrir un acto que tuvo como protagonista al vecino José Antonio Mederos Alonso, elegido para pronunciar el pregón. Tras su intervención, la cantante aruquense Fabiola Trujillo puso música a una noche marcada por la emoción, los recuerdos y el sentimiento de pertenencia.

 

Nacido en Gáldar el 5 de marzo de 1979, Mederos no necesitó recurrir a grandes artificios para acercarse al público. Le bastó con hablar desde el lugar más sincero: la memoria de quien ha vivido el barrio, conoce a sus vecinos y entiende que La Enconada no es solamente un grupo de viviendas, sino una forma de sentirse acompañado.

 

«La Enconada no se explica con un plano. La Enconada se recuerda con el corazón», expresó al comienzo de una intervención que fue dibujando escenas en las que muchos de los presentes pudieron reconocerse.

 

Una infancia que todavía juega en la plaza

 

El pregonero recordó aquellos años en los que no hacía falta quedar con nadie para encontrar compañía. Bastaba con bajar a la plaza. Siempre aparecía alguien con una pelota bajo el brazo, dos piedras se convertían en porterías y las reglas cambiaban dependiendo de quién estuviera perdiendo.

 

También regresaron las voces de las madres llamando desde las ventanas, aquel «¡sube ya!» al que los niños respondían con un «¡ya voy!» que, en realidad, significaba pedir cinco minutos más. Cinco minutos que a veces contenían una tarde entera y que hoy guardan una parte irrepetible de la infancia.

 

Aquellos recuerdos, contados con cercanía y pequeñas pinceladas de humor, provocaron sonrisas, pero también una reflexión necesaria. Muchos barrios han cambiado. Las ventanas permanecen más tiempo cerradas, los niños juegan menos en la calle y las prisas han reducido esas conversaciones espontáneas que antes nacían junto a una puerta, en una tienda o alrededor de un banco.

 

Por eso, el pregón no fue únicamente un ejercicio de nostalgia. Fue también una invitación a preguntarnos cuánto de aquella convivencia somos capaces de conservar.

 

El patrimonio que no aparece en los mapas

 

José Antonio Mederos habló de la historia de La Enconada antes de que muchas de sus viviendas existieran. Recordó el esfuerzo de quienes trabajaron la tierra, las plataneras, las aparcerías, el cultivo del tomate, los muros de piedra y las manos que se endurecieron para sacar adelante a sus familias.

 

En sus palabras hubo un reconocimiento especial hacia las aparceras, mujeres que construyeron una parte fundamental de la historia social y agrícola del entorno desde el esfuerzo silencioso. El monumento situado a la entrada del barrio representa, según recordó, una manera colectiva de decirles que su sacrificio no ha sido olvidado.

 

También aparecieron las antiguas tiendas de Francisco, Jacob , Isidro Martín y Mariquita la de las golosinas . Establecimientos que eran mucho más que lugares en los que comprar. Allí se preguntaba por la salud de las familias, se compartían noticias, se aconsejaba y, cuando era necesario, se dejaba la compra apuntada porque la palabra de una persona todavía tenía valor.

 

Ese fue uno de los grandes mensajes de la noche: el patrimonio no se encuentra únicamente en los edificios históricos, en los documentos o en los museos. También está en una vecina que toca la puerta para preguntar si alguien necesita ayuda; en quien comparte un plato; en los mayores que cuidaban el barrio desde los bancos; en las familias que se conocían por sus nombres y no por el número de sus viviendas.

 

Amagro, la montaña que señala el camino de regreso

 

Sobre La Enconada permanece la presencia de Amagro. La montaña fue presentada como una guardiana antigua, testigo del paso de generaciones, del trabajo agrícola, de las primeras casas, de las fiestas, de los niños corriendo y de quienes se marcharon, pero continuaron llevando al barrio dentro de sí.

 

Hay paisajes que no son únicamente una imagen. Son una brújula emocional. Basta con contemplarlos para entender que se ha regresado a casa. Amagro representa esa certeza para muchas personas vinculadas a La Enconada.

 

El pregón recordó igualmente que este pequeño rincón forma parte de una tierra de enorme profundidad histórica: Gáldar, la antigua Agáldar, heredera de una memoria que continúa hablando a través de la Cueva Pintada, sus tradiciones y sus barrios.

 

La fiesta como declaración de vida

 

Las Fiestas del Camello son uno de esos momentos en los que el barrio se contempla a sí mismo y proclama: «Aquí seguimos».

 

Siguen los reencuentros, las mesas compartidas, los pasacalles, los papagüevos, las verbenas, los juegos y el recuerdo de actos que dejaron una huella especial, como la Subida al Camello, los Scala en Hi-Fi o el Belén Viviente. Pero, sobre todo, continúa la disposición de quienes cargan sillas, preparan escenarios, venden rifas, limpian la plaza, buscan recursos y ofrecen su tiempo para que los demás disfruten.

 

Una fiesta popular no se sostiene solamente con un programa. Se mantiene gracias a personas dispuestas a participar. Personas que, aunque estén cansadas, continúan arrimando el hombro porque comprenden que el barrio también se construye celebrando juntos.

 

Los que siguen estando

 

El momento más emotivo llegó al recordar a quienes ya no pueden ocupar físicamente la plaza. Padres que volvían cansados del trabajo, madres que llamaban desde las ventanas, mayores que conversaban en los bancos y vecinos cuya presencia parecía eterna.

 

Las ausencias también forman parte de los barrios. Permanecen en las frases que repetimos, en las recetas, en una esquina, en una canción o en una silla que todavía parece esperarlos. Mientras alguien siga contando sus historias, ninguna de esas personas desaparecerá completamente.

 

Mederos también tuvo palabras de agradecimiento para su mujer, Beatriz Sosa; sus hijos, José Joel, Aithamy y Alejandro Aday; y sus padres, reconociendo en ellos una parte esencial del camino que lo llevó hasta aquella noche.

 

El pregón terminó combinando emoción, orgullo y humor. Después de proclamar vivas a La Enconada, San Isidro, Gáldar y su gente, dejó una última reflexión que despertó la sonrisa del público: «¡Que tenga que morirse uno, con lo bien que se está aquí!».

 

Una frase sencilla, pero llena de significado. Porque detrás de la broma se escondía una verdad profunda: la vida merece ser celebrada cuando se comparte, cuando se recuerda y cuando se vive en comunidad.

 

El pasado viernes comenzó una nueva edición de las Fiestas del Camello. Pero también ocurrió algo mucho más importante. La Enconada se detuvo durante unos instantes, miró hacia Amagro, recordó a quienes abrieron camino y volvió a reconocerse en su gente.

 

Y mientras permanezca ese sentimiento, mientras continúen escuchándose risas en la plaza y alguien siga diciendo con orgullo «yo soy de La Enconada», el barrio seguirá vivo.

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