El segundo golpe también se comparte

Vidal Bolaños Betancort

La agresión sufrida por una menor en Moguer no terminó cuando dejaron de golpearla. Continuó en cada teléfono que reprodujo el vídeo, en cada perfil que lo difundió y en cada usuario que convirtió su humillación en entretenimiento.

 

[Img #38239]Hay golpes que duran unos segundos y humillaciones que permanecen años.

 

En las últimas horas, un vídeo protagonizado por varias menores en Moguer, Huelva, ha recorrido teléfonos móviles, perfiles sociales, grupos de mensajería y medios de comunicación. Las imágenes muestran una agresión física y verbal contra otra menor mientras algunas de las implicadas graban lo ocurrido.

 

La Guardia Civil ha identificado a las menores que aparecen en la grabación, mantiene abierta la investigación y ha remitido las diligencias a la Fiscalía de Menores de Huelva. El Ayuntamiento de Moguer ha abierto un expediente, ha condenado los hechos y ha puesto a disposición de las personas afectadas recursos municipales de atención psicológica y social.

 

Por el momento, el rigor obliga a hablar de una agresión entre menores investigada por las autoridades. Para calificar jurídicamente lo ocurrido como acoso escolar sería necesario determinar, entre otros elementos, si existía una conducta reiterada y prolongada en el tiempo. El bullying no se define únicamente por la gravedad de un episodio, sino también por la repetición, la intención de causar daño y el desequilibrio de poder entre la víctima y quienes la acosan.

 

Pero existe algo que ya podemos afirmar.

La violencia no terminó en el lugar donde se produjo.

Continuó en las redes sociales.

 

Una agresión convertida en contenido

 

Alguien decidió sacar un teléfono.

Alguien encuadró a la víctima.

Alguien conservó la grabación.

Alguien la envió.

 

Después llegaron los reenvíos, las publicaciones, los comentarios, las reacciones y los perfiles que utilizaron las imágenes para obtener atención.

 

El vídeo dejó de ser solamente la prueba de una agresión para convertirse en un espectáculo consumido por miles de personas.

 

El Consejo Audiovisual de Andalucía ha trasladado el caso a la Fiscalía de Criminalidad Informática y ha solicitado a TikTok la retirada del contenido. El organismo considera que su difusión masiva puede vulnerar gravemente los derechos de las menores y advierte de que la permanencia del vídeo en la plataforma continúa amplificando el daño causado a la víctima.

 

Esta última idea debería obligarnos a detener el dedo antes de pulsar el botón de compartir.

Porque compartir una agresión no siempre ayuda a denunciarla.

A veces la reproduce.

A veces multiplica el número de espectadores de una humillación que la víctima jamás eligió hacer pública.

A veces convierte su miedo, su llanto y su indefensión en una pieza de consumo rápido que pasa de un teléfono a otro mientras ella pierde el control sobre su propia imagen.

El primer golpe puede dejar una marca en el cuerpo.

El segundo puede permanecer indefinidamente en internet.

 

No necesitamos ver el vídeo para condenarlo

 

Durante las últimas horas, muchas personas han compartido las imágenes acompañándolas de mensajes de indignación. Probablemente lo hicieron convencidas de que contribuían a denunciar los hechos, identificar a las responsables o exigir justicia.

 

Pero una buena intención no elimina necesariamente el daño.

 

No hace falta volver a publicar una agresión para demostrar que estamos en contra de ella. No necesitamos observar repetidamente el sufrimiento de una menor para comprender que golpear, intimidar y humillar está mal.

 

Las autoridades ya investigan los hechos. Las menores implicadas han sido identificadas. La difusión masiva deja entonces de tener una posible función de colaboración y comienza a parecerse demasiado a una segunda exposición pública.

 

Cada reproducción devuelve a la víctima al instante en que fue agredida.

 

Cada comentario sobre su reacción, su cuerpo, su manera de defenderse o su aparente pasividad puede convertirse en una nueva humillación.

 

Cada captura de pantalla dificulta que las imágenes desaparezcan por completo.

 

Y cada cuenta que publica el vídeo para conseguir visitas transforma el sufrimiento de una niña en una oportunidad para aumentar seguidores.

 

Hemos llegado a un punto en el que una agresión parece no existir socialmente hasta que se graba. Pero cuando se graba, corremos el riesgo de olvidar que detrás de la pantalla no hay personajes.

 

Hay menores.

Hay familias.

Hay consecuencias.

 

Hay una víctima que algún día tendrá que regresar a clase, caminar por su localidad y convivir con la posibilidad de que cualquier persona haya visto uno de los momentos más dolorosos de su vida.

 

¿Qué clase de sociedad estamos enseñando?

 

El vídeo de Moguer no debería servir únicamente para señalar a las menores directamente implicadas. También debería obligarnos a mirar hacia los adultos.

 

¿Qué aprenden nuestros hijos cuando comprueban que la violencia genera popularidad?

 

¿Qué mensaje reciben cuando un vídeo humillante obtiene miles de reproducciones?

 

¿Qué responsabilidad tienen las familias cuando entregan un teléfono con acceso ilimitado a las redes sin acompañamiento, límites ni educación?

 

¿Qué están haciendo los centros educativos para enseñar que grabar, animar, reír, difundir o permanecer en silencio también puede contribuir al daño?

 

¿Y qué responsabilidad tienen unas plataformas cuyos sistemas recompensan aquello que provoca más impacto, aunque ese impacto nazca de la violencia sufrida por una menor?

 

No podemos entregar tecnología y desentendernos de la educación necesaria para utilizarla.

 

Un teléfono no es solamente un dispositivo.

 

Es una cámara, un medio de comunicación, un archivo, una ventana hacia miles de personas y, en manos equivocadas, una herramienta capaz de perseguir a una víctima incluso dentro de su dormitorio.

 

Antes, un episodio de violencia podía quedar limitado al patio, a una calle o a un grupo reducido de estudiantes. Hoy puede atravesar el país en cuestión de horas.

 

La víctima ya no teme únicamente encontrarse con quienes participaron en la agresión.

 

Puede sentir que todo el mundo la ha visto.

 

Los espectadores también eligen

 

La violencia entre menores no siempre se sostiene únicamente por quienes golpean.

 

También puede alimentarse de quienes observan, ríen, animan, graban o deciden no intervenir.

 

El último informe de la Fundación ANAR y la Fundación Mutua Madrileña sobre la percepción del acoso escolar recogió las respuestas de 8.781 estudiantes y 355 docentes. Un 12,3 % del alumnado consultado afirmó que él mismo o algún compañero estaba sufriendo acoso presencial, ciberacoso o ambas formas. El estudio también señaló que el 47,9 % de los estudiantes no actuaba aunque conociera una situación de acoso.

 

Casi la mitad permanece inmóvil.

 

No siempre por crueldad. A veces por miedo a convertirse en la siguiente víctima. Otras veces porque no sabe a quién acudir, porque piensa que nadie hará nada o porque ha normalizado determinadas conductas como bromas.

 

Por eso no basta con repetir a los estudiantes que deben denunciar.

 

También tenemos que garantizarles que, cuando lo hagan, encontrarán adultos preparados para escuchar, proteger y actuar.

 

Un menor no puede cargar en solitario con la obligación de detener una situación de violencia.

 

Necesita familias presentes, profesorado formado, protocolos eficaces, orientación psicológica, coordinación institucional y compañeros que sepan que ayudar no significa enfrentarse físicamente al agresor.

 

Puede significar buscar a un adulto.

Acompañar a la víctima.

No reír.

No grabar.

No reenviar.

Guardar las pruebas sin divulgarlas.

Comunicar lo sucedido.

Romper el silencio.

 

Cuando la indignación se convierte en otro linchamiento

 

La reacción social ante el vídeo también ha generado insultos, amenazas y peticiones de castigos extremos contra las menores implicadas.

 

La indignación es comprensible.

 

La violencia debe tener consecuencias, las responsabilidades deben aclararse y la víctima necesita protección, atención y reparación.

 

Pero combatir una agresión mediante otra forma de violencia no educa ni repara.

 

Publicar fotografías, nombres, domicilios, datos familiares o amenazas contra menores no convierte a nadie en defensor de la víctima. Solo amplía el círculo del daño.

 

Las personas implicadas son menores de edad. Esto no significa que los hechos deban minimizarse. Significa que cualquier actuación debe buscar responsabilidades, protección, intervención educativa y prevención de nuevas conductas, no alimentar una persecución digital.

 

No podemos exigir que los adolescentes aprendan empatía mientras los adultos responden desde las redes con deseos de venganza.

 

No podemos denunciar la humillación pública de una menor y, al mismo tiempo, organizar la humillación pública de otras.

 

La justicia no se imparte en los comentarios de una red social.

 

No son cosas de niños

 

Durante décadas, muchas situaciones de acoso y violencia escolar fueron reducidas a una frase peligrosa:

 

“Son cosas de niños”.

 

No lo son.

No es una broma cuando alguien siente miedo de entrar en clase.

No es un conflicto entre iguales cuando existe un grupo contra una persona incapaz de defenderse.

No es una travesura grabar una agresión para exhibirla.

No es una exageración cuando una víctima cambia sus hábitos, deja de hablar, pierde el apetito, duerme mal, baja su rendimiento, se aísla o pide no ir al centro educativo.

 

Los datos recopilados por ANAR muestran que la violencia física ha aumentado dentro de los casos de acoso escolar presencial percibidos por los estudiantes. Los golpes y patadas estaban presentes en el 30,9 % de esos casos. El informe también identifica WhatsApp, Instagram y TikTok entre las principales plataformas utilizadas para difundir el ciberacoso.

 

La violencia no desaparece cuando suena el timbre de salida.

Viaja en el bolsillo.

Entra en la casa.

Se sienta a la mesa.

Acompaña a la víctima durante la noche.

Puede aparecer en cualquier momento mediante una notificación, un comentario o un nuevo reenvío.

 

La víctima debe ocupar el centro

 

En medio del ruido provocado por el vídeo, existe el riesgo de que volvamos a cometer uno de los errores más frecuentes: hablar de todo menos de la persona agredida.

 

Discutimos sobre las agresoras.

Sobre sus familias.

Sobre las redes sociales.

Sobre los castigos.

Sobre quién grabó.

Sobre quién compartió.

Pero pocas veces preguntamos qué necesita la víctima.

 

Probablemente necesite protección frente a nuevas agresiones, apoyo psicológico, respeto a su intimidad y garantías para continuar con su vida sin ser reconocida únicamente por lo que le hicieron.

 

Necesita que las imágenes desaparezcan.

Que nadie la obligue a explicar públicamente lo ocurrido.

Que no se utilice su sufrimiento en campañas, tertulias o publicaciones sin consentimiento.

Que las instituciones actúen sin convertirla en un expediente.

Que su entorno la escuche sin culpabilizarla.

Y que la sociedad deje de mirar el vídeo.

La víctima no necesita convertirse en símbolo nacional para merecer protección.

Necesita recuperar el derecho a ser una menor anónima.

 

Antes de compartir, pensemos

 

El caso de Moguer debe investigarse hasta aclarar lo sucedido y establecer las responsabilidades que correspondan.

 

Pero también debe dejarnos una enseñanza colectiva.

 

Cuando recibamos un vídeo semejante, no deberíamos preguntarnos primero si es impactante, si se hará viral o qué comentario podemos escribir.

 

Deberíamos preguntarnos si compartirlo ayuda verdaderamente a la víctima.

 

La respuesta, en la mayoría de los casos, será no.

 

Podemos denunciar el contenido a la plataforma. Podemos informar a las autoridades. Podemos conservar una copia como prueba sin divulgarla. Podemos alertar a una familia o a un centro educativo. Podemos negarnos a participar en la cadena.

 

Lo que no debemos hacer es convertir la dignidad de una menor en moneda de cambio para obtener visitas.

 

No compartamos su rostro.

No repitamos su miedo.

No hagamos eterna su humillación.

La sociedad no se divide solamente entre quienes agreden y quienes protegen.

También están quienes miran.

Quienes graban.

Quienes reenvían.

Quienes callan.

Y quienes deciden detener la cadena.

 

La agresión de Moguer no terminará por completo cuando concluya la investigación. Terminará cuando las imágenes dejen de circular, cuando la víctima pueda reconstruir su vida y cuando aprendamos que denunciar la violencia no consiste en reproducirla.

 

Porque el segundo golpe también se comparte.

 

Y esta vez, antes de pulsar el botón, todos podemos elegir no darlo.

 

Vidal Bolaños Betancort

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